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Full text of "Las Lecturas De Los Trabajadores Metalurgicos"

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COLECCIÓN 


CA 

SSI 

NA 


DANIEL VIDAL 

MARCELO ROSSO - MA. EUGENIA LÓPEZ VERZERO 

LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


A 

V 

EXTENSIÓNUBROS 








A la memoria de 
Washington Tirelli 


COLECCION 
C ASSI N A 

COMITÉ ACADÉMICO 

Yamandú Acosta, Eduardo Álvarez Pe- 
drosián, Duilio Amándola, Eloísa Bordollí, 
Daniel Conde, Pedro de Hegedüs, Elsa Gattí, 
Alfredo Falero, Marila Lázaro, Susana Mallo, 
Gustavo Marísquirena, Alvaro Rico, Susana 
Rostagnol, Susana Rudolf, Samuel Stern, 
Fernando Tomasina, Nilia Viscardi 

Daniel Morena 

Editor 

Tecnicatura Universitaria en Corrección 
de Estilo de la Facultad de Humanidades 
y Ciencias de la Educación 

Corrección 

Tatiana Mesa 

Diseño 


EXTENSIONLIBROS 

CSEAM 

Comisión Sectorial de Extensión y 
Actividades en el Medio 
Universidad de la República 

Brandzen 1956, apto 201 

11200 Montevideo, Uruguay 

T | +598 2409 0286, +598 2402 5427 

F | +598 2408 3122 

editorial@extension.edu.uy 

www.extension.edu.uy 

Montevideo, 2014 


©OTnmons © ® © © 


ISBN | 978-9974-0-1511-1 


COLECCIÓN 


CA 

SSI 

NA 


DANIEL VIDAL (director) 

MARCELO ROSSO - MA. EUGENIA LÓPEZ VERZERO 


LAS LECTURAS DE 
LOS TRABAJADORES 
METALÚRGICOS 


Colaboradores 

Roberto Rafael CUELLO / Sebastián PEREIRA 
Wilson DE LEÓN / Miriam MACIEL / Rafael GIAMBRUNO 
Jorge RODRÍGUEZ / María del Carmen VIDAL 





AGRADECIMIENTOS 

A Daniela Durán, Sebastián Pereira, Wilson De León, Miriam Maciel, María del 
Carmen Vidal, Jorge Rodríguez, Alejandro Meló, Ricardo Trinidad, Claudio Furest, 
Juan Carlos Cedrés, Juan Carlos Fontella, Roberto Cuello, Pablo Salomé y Mónica 
Parodi. 

A los trabajadores de la UNTMRA que participaron de esta convocatoria. 

A Pablo Rocca, por sus aportes y observaciones realizados en 2012 a un primer 
borrador. 

A Ignacio Martínez, secretario del Departamento de Cultura del PIT-CNT. 

A Sylvia Lago y a Ariel Silva, al Consejo Administrativo de la Fundación Mario 
Benedetti. 

A Alfredo Falero y Eduardo Álvarez Pedrosian, evaluadores universitarios designa¬ 
dos por la Comisión Sectorial de Extensión y Actividades en el Medio (CSEAM), por 
las recomendaciones que exigieron ajustes bienvenidos. 

A Karina Puga, Joaquina Giudice y Daniel Somma, estudiantes de la Tecnicatura 
Universitaria en Corrección de Estilo (TUCE) de la Facultad de Humanidades y 
Ciencias de la Educación, por encargarse de una primera y profesional corrección 
del texto y por la amabilidad con la que señalaron errores y sugirieron modifica¬ 
ciones de recibo. 

Ellos apostaron a nosotros. Este libro les pertenece. 


5 


INDICE 



AGRADECIMIENTOS 5 

PRESENTACIÓN 13 

CAPÍTULO UNO: LA ENCUESTA. 17 

1. LAS LECTURAS DEL TRABAJADOR METALÚRGICO. 

UN FORMULARIO Y 311 DEVOLUCIONES. 19 

El libro a un costado.21 

Zona geográfica; economía familiar.27 

«¿Para qué es esto? ¿Para qué sirve?».29 

La mala experiencia.32 

Leer y vivir.37 

Leer y resistir.41 

2. PERFIL DE LOS TRABAJADORES ENCUESTADOS Y 

FRECUENCIA DE LECTURA.44 

¿Usted lee?.46 

Sexo y edad.46 

Estado civil.46 
















47 


Habitantes del hogar. 

Economía familiar e individual.47 

Jornada laboral.48 

Horas de ocio.48 

Nivel de estudios.48 

El 23 % lee libros.49 

Leer en la infancia.51 

Compra de libros.51 

La memoria de los lectores.52 

Grandes lectores.53 

Abandono de la lectura.54 

Leer a los 19.54 

Leer a los 50.55 

Internet.55 

Libros.56 

3. OBRAS Y AUTORES.57 

156 autores, 157 obras.57 

Los autores más citados.57 

Las obras más citadas.58 

Los autores con más obras citadas.58 

Los géneros predilectos.59 

País o región de origen.59 

4. LAS PÁGINAS DE LOS LECTORES.60 

Benedetti y Galeano.60 

Benedetti y Coelho.61 

Benedetti y Quiroga.61 

Benedetti, Allende y otros.62 

Benedetti y el canon latinoamericano.62 

Los lectores de Eduardo Galeano.63 

Lectores de la Biblia.64 

Best sellers y espirituales 


65 

































Marxismo y comunismo.66 

5. NÚCLEOS LITERARIOS.68 

Canon del siglo xx.68 

Dos autores emblemáticos.69 

Boom editorial: latinoamericanos, europeos y anglosajones.69 

Espiritualidad.71 

Doctrina y enseñanza religiosa.71 

Autoayuda y esoterismo.71 

Best sellers.72 

Sistema educativo.73 

Ideología e historia.74 

Doctrina política y económica; marxismo y marxismoleninismo.... 74 

Sindicalismo.75 

Historia, ficción histórica, investigación.75 

Biografía, testimonio, crónica e investigación periodística.75 

Populares.76 

Criollismo.76 

Periodismo cultural y social.76 

Fútbol.77 

Cómics.77 

Novelas.77 

Libros técnicos.77 

Literatura infantil y juvenil.77 

Tendencias.78 

Contemporáneos.78 

6. LOS FRAGMENTOS DEL CANON.80 

¿Un canon de lecturas del universo sindical?.86 


Tendencias 


89 





























CAPÍTULO DOS: UN TALLER .97 

1. EL IMPERIO DE LA FRANQUEZA.99 

CAPÍTULO TRES: LAS BIBLIOTECAS. 119 

1. INTRODUCCIÓN.121 

Las primeras bibliotecas obreras.122 

Realidades dispares en el presente.126 

Rehabilitaciones.128 

2. LA RIQUEZA SIN USO. 

BIBLIOTECA POPULAR UNTMRA-CONCEJO VECINAL. 129 

Sergio López y la lectura a los niños.130 

Internet, cíber, Plan Ceibal... adiós, biblioteca.131 

3. LA LECTURA DEL ACTIVISTA SINDICAL. 134 

La Biblioteca Sindical Gerardo Cuesta del Departamento de Desarrollo 
Social y del comité de base de Cristalpet (UNTMRA-PIT-CNT). 134 

Dos testimonios de lectores obreros.138 

Juan Carlos Cedrés.138 

Juan Carlos Fontella.143 


CAPÍTULO CUATRO: LA PRENSA PERIÓDICA .149 

1. LOS PERIÓDICOS DE LA UNTMRA Y EL ESPACIO PARA LA CULTURA. 151 

Un relevamiento.153 

El sindicato y la cultura.155 

La reflexión sobre la propaganda.157 

El Metalúrgico (1943-1946). 157 

Clase Obrera (1949-1953). 159 

Picnic bajo lluvia.159 

Fiesta aniversario.161 

Entre el cine y los desalojos.161 

El teatro El Galpón y los sindicatos 


164 




























Contra la discriminación racial, la pornografía y la censura.165 

El boletín sindical untmra-pit-cnt-uis del metal (1984-1990).... 166 

Pablo Neruda y Juancito de la Ribera.167 

Informe Metalúrgico; Informe del Metal y Afines (1993-1995). 168 

Forjando (1995-2010). 168 

Galeano, Peloduro, Fried y Brecht.169 

Saramago: lectura para los trabajadores.170 

Las murgas del pueblo.171 

Una obra de Eduardo Sarlós.171 

Entretenimiento cultural.172 

Leer más, escribir con brevedad.173 

CONCLUSIONES ni 

BIBLIOGRAFÍA ísi 














PRESENTACIÓN 



¿Qué leen los obreros? La pregunta surgió de la inquietud académica y, para 
responderla, articulamos una investigación universitaria con el mundo del 
trabajador sindicalizado. 

Presentamos esta iniciativa en las charlas del grupo de docentes convocado en 
2010 por Carlos Santos y Valeria Grabino, responsables del área de extensión 
universitaria de la Universidad de la República (Udelar) y de la Facultad de 
Humanidades y Ciencias de la Educación (fhuce), impulsores de la actividad de los 
profesores universitarios hacia la sociedad. 

Casi en simultáneo —en 2011— colaboramos en el seminario de Literatura 
Uruguaya Las Formas y sus Medios: «Escritores y públicos en Uruguay, 1820-1973» 
(del cual fue responsable y encargado el profesor Pablo Rocca), curso de grado de 
la Licenciatura en Letras de la fhuce. Allí nos informamos de herramientas teóricas 
indispensables para comenzar a indagar sobre la lectura y la vida material del 
libro, asunto sobre el que habíamos tenido una noticia primera pero solitaria en 
el seminario de Literatura Latinoamericana dictado por el profesor Hugo Achugar 
a principios de los 90, también en la fhuce. Entonces, Achugar nos habló sobre la 
relevancia de la historia de los lectores y de las lecturas, citó el volumen Libros, 
lecturas y lectores en la Edad Moderna (1994), de Roger Chartier y, de inmediato, 
puso esas ideas en circulación en su artículo «La biblioteca en ruinas» (en la revista 
Estudios de la Universidad Simón Bolívar, de Venezuela), reeditado en el volumen 
del mismo nombre (Achugar, 1994, pp. 13-24). 

Estos estudios y nuestro deseo de articularlos con el medio social y específicamente 
obrero fructificaron en un proyecto de investigación que denominamos Letra en obra, 


13 


diseñado junto a María Eugenia López y Marcelo Rosso, estudiantes de la Licenciatura 
en Letras. Al principio pretendimos insertarnos en una línea del área de extensión de 
la Universidad, pero las peculiaridades del proyecto y las dificultades para adscribirnos 
al formato universitario nos precipitaron hacia un camino independiente. 

La pregunta inicial sobre los intereses de lectura de los trabajadores quedó 
inmersa en una inquietud mayor. Queríamos indagar acerca de la relación de 
los trabajadores con la literatura y, dentro de ella, con la lectura. Diseñamos un 
plan enfocado hacia los trabajadores de un sector laboral, en coordinación con el 
sindicato correspondiente, sintetizado en cinco acciones: 

1. Una encuesta individual que reflejara la opinión de un porcentaje 
representativo de trabajadores sindicalizados. 

2. Un taller literario de lectura y creación. 

3. El relevamiento de la información cultural y, en especial, literaria 
publicada en la prensa sindical. 

4. El inventario de las bibliotecas obreras. 

5. Entrevistas a lectores. 

Este plan fue entregado al Departamento de Cultura del pit-cnt, encabezado por 
Ignacio Martínez. En esa institución, la Unión Nacional de Trabajadores del Metal y 
de Ramas Afines (untmra) expresó su interés en participar. Con su aval, presentamos 
a la Fundación Mario Benedetti el proyecto Letra en obra, al que aprobó y financió su 
aplicación para el período comprendido entre el 1 de abril y el 31 de agosto de 2011. 

Las cinco acciones del plan de trabajo fueron puestas en marcha. Escribimos 
medio centenar de preguntas y nos contactamos con Rafael Giambruno, entonces 
estudiante de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Sociales, quien se encargó 
de elaborar un formulario que sería llenado por 311 trabajadores. Sobre el final 
del trabajo de campo, Giambruno decidió, por motivos personales, apartarse 
del proyecto. En consecuencia, el procesamiento de los datos surgidos de esta 
encuesta nos corresponde. 

En paralelo, realizamos un taller literario durante tres meses en la sede del Automóvil 
Club del Uruguay (acu), con la concurrencia de unos quince trabajadores, siete de 
ellos de manera constante. 

Relevamos los periódicos sindicales de los gremios metalúrgicos editados entre 
1946 y 2010. Seleccionamos y reprodujimos notas, comentarios y datos sobre las 
actividades culturales, sobre libros y autores. 


14 


Hicimos el inventario de dos bibliotecas sindicales, la primera denominada Biblioteca 
Popular untmra- Concejo Vecinal e instalada en la sede central del sindicato, en 
la calle Luis Alberto de Herrera 3972; la segunda, la biblioteca Gerardo Cuesta, 
organizada y sostenida por el comité de base de los trabajadores de la fábrica de 
plástico Cristalpet, con apoyo logístico del Departamento de Desarrollo Social de 
esta empresa de la calle Servando Gómez 2973, a unas cuadras de camino Carrasco, 
en la zona este de Montevideo. 

Realizamos dos entrevistas a veteranos trabajadores y sindicalistas para testimoniar sus 
respectivas experiencias de lectura, la relación con sus vidas y con la actividad sindical. 

El material surgido de las cinco áreas está compilado en este libro. Se trata 
de un material heterogéneo, que delinea perfiles de lectores de trabajadores 
sindicalizados de una de las más importantes y tradicionales industrias del 
Uruguay, así como de uno de los sindicatos de mayor arraigo e historia. No 
resuelve todas las interrogantes que provocaron una investigación de cuatro 
meses de trabajo de campo y otros tantos de procesamiento de datos, pero 
coloca en un espacio visible la opinión de individuos a quienes nunca se les ha 
consultado con un interés genuino sobre su experiencia en una práctica como 
la lectura. Sus aportes los integran a un grupo inmenso y desconocido, el de los 
lectores, con perfiles singulares y, muchas veces, sorprendentes. 


15 



CAPITULO 1 


LA 

ENCUESTA 


Daniel VIDAL 

E N C U E STA DO R E S : MARÍA EUGENIA 

LÓPEZ VERZERO, Marcelo ROSSO 


y Daniel VIDAL 
Diseño de la encuesta: Rafael 


GIAMBRUNO 




Que la encuesta no se pierda en un cajón. Gradas. 
Trabajador de Gepax (fábrica de la industria del plástico) 




1. LAS LECTURAS DEL TRABAJADOR 
METALÚRGICO. UN FORMULARIO Y 311 
DEVOLUCIONES 


La mayoría de los ocho mil trabajadores de la industria metalúrgica no va a leer este 
libro. A lo sumo, leerá algún pasaje cuando refiera a un sector de la industria que le 
involucra, repasará los guarismos o las referencias propias y las de sus compañeros. 

Esta mayoría no posee el hábito de leer libros. Apenas uno de cada cinco trabaja¬ 
dores confiesa que el libro es su soporte predilecto a la hora de leer. Esta realidad 
del presente se confirma con una historia personal, en la que el libro nunca ocupó 
un lugar de privilegio en sus vidas: poco más de la mitad de los trabajadores con¬ 
sultados en esta investigación pudieron recordar el nombre de, al menos, un autor 
o el título de un libro leído en sus vidas. 

Esto es parte del saldo negativo de las 311 encuestas individuales sobre lectu¬ 
ras y uso del tiempo libre realizadas a trabajadores sindicalizados de la industria 
metalúrgica y de sus ramas afines: la industria metalúrgica propiamente dicha, la 
industria del plástico, la minería, el servicio de auxilio automotor, las estaciones de 
servicio, las industrias del vidrio, electrónica y autopartes. 

En el total de trabajadores encuestados, el vínculo con el volumen impreso es precario. 
Al hablar de soportes de lectura, comprobamos que solo el 23 % confesó elegir el libro. 
A su vez, el 55 % de los trabajadores informó que nunca o casi nunca compra libros. 


19 


Ahora bien, el abandono mayoritario del libro como soporte de lectura no significa 
el respectivo abandono del hábito de leer. El 81 % de los trabajadores dice leer 
en algún momento del año, con diferenciada frecuencia, desde varias horas al día 
(4 %) hasta aquellos que lo hacen solo en vacaciones (1 %). Luego, el 19 % restante 
ha dejado de leer hace meses o años. 

Si reagrupamos los porcentajes de frecuencia de lectura, podemos decir que el 
27 % hace tiempo que no lee o lee muy poco, esto es, dejó de leer hace años o 
meses (19 %), lee solo en vacaciones (1 %) o algunas veces al año (7 %). 

Del otro lado, una frecuencia de lectura intensa o aceptable corresponde al 73 % de 
los trabajadores encuestados. Aquí tenemos a quienes leen varias horas al día (4 %), 
en algún momento del día (27 %), algunas veces a la semana (28 %) o algunas veces 
al mes (14 %). Claro que esta lectura no corresponde mayoritariamente al volumen 
impreso. Además de ser esporádica, esta lectura puede durar unos pocos minutos, 
el tiempo que insume repasar los titulares y una o dos noticias de un periódico, la 
nota de una revista, los párrafos de una página de internet o el correo electrónico. 

Abordamos este universo de poco más de tres centenares de individuos con el 
ánimo de conocer sus inquietudes literarias, culturales y de esparcimiento. Sus 
palabras invitan a pensar sobre la movilidad del hábito lector entre trabajadores 
sindicalizados, en el contexto cotidiano, dinámico y fugaz. Velocidad y con¬ 
densación prevalecen en el discurso social, dominantemente comunicacional y 
sintético, sostenido en tecnologías que alimentan estas cualidades. Frente a ellas, 
la lectura de un volumen impreso aparece como una acción a contrapelo, impen¬ 
sable, casi fuera de la realidad. Desde otro punto de vista, el clima apacible del 
acto de lectura se distingue, sobrevaluado, en tanto contrapeso al estrés abruma¬ 
dor de la jornada, pero, por los indicios aquí recogidos, esta circunstancia opera 
con marcada excepcionalidad. 

La sociedad vive estas novedades; tal vez el trabajador metalúrgico las incorpora a 
un ritmo o con intensidades diferentes a los de otros segmentos sociales. Es posi¬ 
ble que comparta con el trabajador de otras industrias variables que se aminoran 
o desaparecen en otros grupos sociales: la efectiva ausencia de tiempo individual y 
de soledad imprescindibles para una lectura eficaz, el agotamiento al término del 
horario de trabajo, la exigencia de energías que supone la participación sindical 
en la que prevalece, además, la comunicación oral por sobre la escritura. Estas 
dificultades explican —no justifican— la ausencia de la lectura o de la referencia a 
libros en casi la mitad de los trabajadores sindicalizados encuestados. Tal como se 
indicó, en el instante de llenar el papel de la encuesta, el 48 % de los trabajadores 
no pudo recordar el nombre de un autor ni el título de un libro leído en el pasado. 
En contrapartida, el segundo grupo de trabajadores realza la actitud a favor de esta 


20 


misma práctica: el 52 % de los encuestados sí pudo recordar nombres de libros y de 
autores, claro que muchos de estos trabajadores, como dijimos, no leen libros en la 
actualidad, sino que lo hicieron en algún momento de sus vidas. 

La densidad del fenómeno de la lectura debe involucrar otras incursiones fuera de 
la mera consulta del formulario de la encuesta. Datos complementarios surgen de 
los testimonios personales, de los inventarios de las bibliotecas obreras, del taller 
de lectura y creación literaria que realizamos con un puñado de trabajadores. Otras 
indagatorias podrían interceptar experiencias de lectura y de producción literaria 
de índole privada o de mínima circulación grupal, de manera que tanto la encuesta 
como las restantes acciones de nuestra investigación afectaron segmentos de una 
realidad que reconocemos más vasta y multiforme. 

Este mapeo también debe considerar una densidad histórica, describir sus osci¬ 
laciones, sus períodos de auge y los de decadencia, las sinuosidades individuales 
y del colectivo sindical, las tradiciones familiares. Carecemos de esta consistencia 
investigativa porque, hasta donde hemos podido indagar, no existe en Uruguay 
una pesquisa concentrada en la relación entre los hábitos de lectura y los traba¬ 
jadores sindicalizados. 

Los resultados que ofrecemos refieren a un estudio focalizado y limitado en su 
alcance —por el número de individuos afectados, por la selección de singularida¬ 
des abordadas—, que ilumina una franja de un paisaje del que aún no tenemos 
noticias completas. 

A pesar de estas dificultades y estos huecos, las partes intervenidas revelan com¬ 
portamientos en sintonía con otros estudios no sectoriales, pero temáticamente 
afines. En estos casos, el cruce de datos y la consideración de testimonios permiten 
obtener conclusiones enriquecedoras referidas a tendencias y fenómenos sobre 
la lectura y precisar—no solo estadísticamente— la afinidad del trabajador con el 
mundo de la literatura. 


El libro aun costado 

Lo primero es la ausencia. La lectura del libro —nos referimos a la lectura de textos 
que involucren una dimensión simbólica, en especial de la tradicionalmente llama¬ 
da ficción, pero también de textos didácticos y otros— no está presente en la vida 
cotidiana del trabajador. Recuérdese que la opción íibro recibió solo el 23 % de las 
respuestas a las alternativas ofrecidas en la consulta sobre soportes de lectura. Si 
falta ese objeto es porque falta el deseo de poseerlo, y esta carencia involucra tanto 
a quien la padece como al hipotético objeto que ha desaparecido de su horizonte 



LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


de expectativas, así como al universo de realidades que podría ayudar a que reapa- 
reciera y a recomponer aquella relación, hoy ausente. 

¿Por qué el trabajador no lee libros? Las causas que promueven la renuencia a la 
lectura del libro comprometen al trabajador metalúrgico, a los escritores, a los tex¬ 
tos y a la realidad social. 

Antes de realizar la encuesta a los 311 trabajadores, realizamos un primer sondeo 
sobre lecturas, basado en una serie de preguntas que, sin buscarlo, despejaron el 
camino para reordenar el formulario que luego íbamos a utilizar. 

Aquella primera consulta no fue considerada entonces en los resultados estadísti¬ 
cos, pero la preservamos porque tuvo por virtud indagar en inquietudes sobre las 
que el trabajador podía explayarse y ofrecer su testimonio en primera persona. Las 
respuestas revelaron por qué el trabajador metalúrgico dejó de leer; también sir¬ 
vieron para recibir apreciaciones positivas de quienes leen y promueven la lectura. 

Los trabajadores que han descartado la lectura nos cuentan sobre su indiferencia o 
sobre los motivos de su renuncia. En primera fila están los pretextos. «¿Cuándo dejó 
de leer?», les preguntamos a cada uno de ellos y nos respondieron: «cuando nació 
mi hija» (hombre, casado, 47 años); «hace años» (hombre, casado, 38 años; mujer, 
concubina, 44 años); «no recuerdo» (hombre, soltero, 26 años); «cuando empecé a 
trabajar» (hombre, casado, 33 años). 

Enseguida inquirimos: «¿Por qué dejaron de leer?», y tres de los antes citados nos 
dijeron: «por falta de tiempo», «por falta de motivación», «por falta de interés». 

El tiempo de ocio es exiguo, según el testimonio de gran parte de los trabajadores. 
Esta convicción es compartida tanto por aquellos que cumplen jornadas de diez o 
doce horas diarias como por los que trabajan seis horas por día. 

Quienes excusaron su alejamiento de la lectura por falta de tiempo trabajan 44, 
45 o 48 horas semanales. Es cierto que la jornada laboral de ocho o nueve horas 
diarias, en los sectores de producción de las industrias metalúrgica, del plástico 
y otras, supone una exigencia física y mental superior a la de otros trabajadores. 
Pero sucede que la misma carga horaria semanal, de 44 a 48 horas, es la regis¬ 
trada en promedio entre el grupo de trabajadores metalúrgicos que lee con 
asiduidad, de modo que la jornada laboral por sí misma no debería provocar la 
desaparición de la lectura de la vida del trabajador. Ese factor no es descartable, 
pero es necesario conjugarlo con otros para que su incidencia se torne decisiva. 
Entonces, la falta de tiempo refiere tanto a la nula disponibilidad horaria cuando 
la jornada laboral es efectivamente extensa como al estrecho margen de tiempo 
individual cuando la jornada laboral no es prolongada en exceso, pero el resto 


22 



del día está ocupado, y en especial el tiempo de ocio, por otras actividades so¬ 
ciales o recreativas. 

Estos trabajadores deben tener, además de la exigencia laboral, otros requeri¬ 
mientos que limitan sus posibles dedicaciones a la lectura —cuidado de familiares, 
tareas del hogar, otros—, pero ninguno de los trabajadores los explícita. En todo 
caso, la genérica respuesta faíta de tiempo señala más que una dificultad material, 
un relegamiento, voluntario o inconsciente, de la lectura, dentro de un cerrado 
orden de prelación. Es decir, ante el acotamiento diario del tiempo disponible para 
actividades varias, los obreros metalúrgicos eligen primero aquellas ocupaciones 
que otorgan mayor gratificación, y la lectura no está entre ellas. Entonces, estos 
trabajadores cuentan con tiempo suficiente como para enfrentar muchas activida¬ 
des al día y, al final, nunca resguardan siquiera media hora para la lectura. Así, por 
ejemplo, uno de los trabajadores que dejó de leer hace años «por falta de tiempo» 
dedica seis horas al día a mirar tv abierta y por cable, escuchar radio, informativos, 
programas periodísticos y música, navegar por internet, utilizar Facebook y MPB, y 
cumple 45 horas semanales de trabajo. 

Este desplazamiento, constatado en toda la sociedad, desde la lectura en formato 
impreso en papel hacia los medios audiovisuales y electrónicos reubica a la clase 
trabajadora en un universo cultural compartido. 

Dentro del abanico de competidores de la lectura en papel, la televisión gana am¬ 
pliamente. Casi la totalidad de los trabajadores consultados señaló la tv como uno 
de los medios audiovisuales predilectos. Poseemos esta constatación genérica, 
si bien no tenemos resultados estadísticos sobre consumo de televisión y otros 
elementos de esparcimiento cultural entre los trabajadores encuestados. Al en¬ 
frentarnos con los entrevistados, quedó en evidencia la equívoca formulación del 
apartado de la encuesta que atendía este tema y que, en su originaria presentación 
teórica, parecía correcta. Las dudas provocaron sucesivas consultas de parte de los 
entrevistados y, al final, nos obligó a descartar la proyección estadística. Por este 
motivo, otros detalles de este fenómeno son aún una incógnita, si bien las referen¬ 
cias indicadas podrían integrarse a una tendencia relevante. 

Hace un siglo, el entonces diputado José Enrique Rodó —uno de los varios pro¬ 
motores de los proyectos de regulación del trabajo— fundamentó la restricción 
de la jornada laboral en la necesidad de que el trabajador pudiera contar con 
«algún tiempo de reposo de espíritu o de actividad personal», es decir, dedicar¬ 
se a «ciertas elementales expansiones de la inteligencia, las conversaciones, las 
lecturas» (Rodó, 1958, pp. 333, 337 y 338). Tal como ha observado Rocca (2001, 
pp. 19-20), Rodó no concentró su estudio en este punto porque, desde su óptica, 
el trabajador debía ser, primordialmente, un productor manual, no un individuo 


23 


que compaginara su labor física con la actividad intelectual que, a inicios del 
siglo xx, era asignada en exclusividad al letrado, con excepción de reducidos es¬ 
pacios promovidos por organizaciones obreras, por anarquistas y socialistas, por 
comunidades religiosas. De este modo, los nuevos lectores, a lo sumo, podían 
refugiarse en la lectura de la prensa diaria, no de la literatura, reservada para los 
espíritus selectos —según la óptica de Rodó—, aptos para admirar lo bello y lo 
sublime, y esta opción aparecía en tercer lugar, detrás de las «expansiones de la 
inteligencia» y de las «conversaciones». 

Aún así, la preocupación sobre el horario laboral era plausible porque hace un siglo 
eran decenas de miles los trabajadores de distintas ramas de la actividad del país 
que trabajaban entre doce y dieciocho horas por día, y si bien todavía hoy persisten 
amplios renglones de la industria y del comercio donde campean jornadas laborales 
iguales o cercanas a la mitad de un día (la mayoría de los trabajadores del transporte 
colectivo, los porteros de edificios y los trabajadores que mantienen dos empleos 
para mejorar sus magros ingresos, los que han incorporado un segmento fijo de ho¬ 
ras extras diarias), también es cierto que este problema ha sido superado en amplios 
sectores, en los que existe una tradición de convenios y acción sindical vigilante que 
resguarda la limitación de la jornada laboral. Tal es el caso de los metalúrgicos y de 
los trabajadores de los sectores afines, con convenios que establecen el límite en un 
promedio de 45 a 48 horas de trabajo semanal. 

Si observamos los resultados de la encuesta, comprobamos que el horario laboral 
no tiene una incidencia notable en la frecuencia de lectura. El 63 % de los trabaja¬ 
dores que lee con buena o alta frecuencia (varias veces al día, en algún momento 
del día o alguna vez a la semana) trabaja 45 horas o menos por semana; leen con 
esa misma periodicidad el 56 % de quienes trabajan 46 a 48 horas y el 59 % de 
quienes trabajan 49 horas o más. Es decir, entre el mínimo y el máximo de extensión 
de la jornada laboral, la frecuencia de lectura en la franja considerada buena o alta 
disminuye solo en 4 %. 

A pesar del anterior registro, la extensión de la semana laboral sí podría estar inci¬ 
diendo en la escasa lectura o en el abandono de este hábito. Solo el 22 % de quienes 
trabajan 45 horas o menos a la semana lee alguna vez al año, solo en vacaciones o 
abandonó la lectura, mientras que este guarismo trepa al 31 % y al 30 % entre quienes 
trabajan de 46 a 48 horas y entre quienes lo hacen 49 horas o más, respectivamente. 

En cuanto a las horas de ocio, parece admisible pensar que el grupo que declara no 
tener horas libres por día (42 %) encuentra en este hecho una dificultad notoria para 
dedicar su tiempo a la lectura y, así, solo el 42 % lee con alta frecuencia, mientras que, 
en contrapartida, trepa al 38 % el subgrupo de quienes no tienen horas libres y leen 
solo alguna vez al año, en vacaciones o abandonaron la lectura. 


1 


LA 

ENCUESTA 


Luego, la comprobación de horas libres por día para el ocio personal mejora la lec¬ 
tura en todos los subgrupos, pero el aumento de la cantidad de horas disponibles 
no garantiza un incremento correlativo de la frecuencia de lectura. Recuérdese que 
estamos ante un universo de trabajadores sindicalizados, por lo que las horas libres 
son destinadas, presuntamente, a la actividad sindical, además de las demandas 
propias de la vida familiar u otras. 

El problema del horario laboral y del tiempo libre ha estado presente en la mente 
de los legisladores y de los gremios desde hace más de un siglo, como indicamos. 
Pero, en aquel momento, ni unos ni otros podían conjeturar la avasallante trans¬ 
formación que sufriría la vida cotidiana de los ciudadanos durante los decenios 
siguientes, la hegemonía de la imagen, del exitismo sensorial, el retraimiento de 
la escritura como vehículo cognoscitivo y comunicacional, reducido, las más de las 
veces, a la síntesis del eslogan, a la nota breve informativa o reflexiva. 

El trabajador no lee por falta de tiempo. Cuenta con tiempo de ocio diario, pero 
otras actividades —recreativas o sociales— lo absorben. Otras veces, no logra hacer 
coincidir esas horas disponibles con la tranquilidad necesaria que exige la lectura 
de un libro, y ha trocado el acceso al conocimiento y el aprendizaje que brinda 
la lectura por otros canales de información, en apariencia más redituables. En un 
libro comenzamos a informarnos sobre la historia de un personaje o de un pueblo 
luego de 200 o 300 páginas, en dos o tres horas de lectura, o incluso recién des¬ 
pués de leer varios volúmenes sobre un mismo tema, mientras que otros soportes 
discursivos, en especial electrónicos, nos dan «respuestas» en 60 segundos y nos 
mantienen «cultivados» en cuotas diarias de 20 minutos. No se trata de reprobar las 
novedades tecnológicas de la comunicación asociadas a la cultura, sino de visuali¬ 
zarlas como complementos, nunca como sustitutivas o anulatorias de otros medios 
tradicionales. Claro que el factor negativo aparece cuando se trata de una disper¬ 
sión fragmentada de elementos desvinculados de cualquier desarrollo histórico o 
ideológico, un consumo alienante que simula sustituir los vacíos culturales por la 
sobreabundancia inocua de piezas inconexas del saber., modalidad comunicativa 
para la que ha trabajado el periodismo exitista, en correlación con la dominancia 
del mensaje visual. A mediados del siglo xx, este proceso fue observado por Richard 
Hoggart, para quien los intereses de la clase trabajadora y las fuerzas operantes en¬ 
tonces (medios de comunicación, constructores de opinión pública) confluían en el 
disfrute de la fragmentación. Así pues, estos sectores se disponían: «[...] a deleitarse 
con una dieta invariable de pastillas informativas, hechos inconexos y deshilvana¬ 
dos, cada uno con su pequeña dosis de humanidad» (Hoggart, 2013, p. 213). 

Enseguida, está el tiempo psicológico, el tiempo mental apropiado para sumergir¬ 
nos en las páginas de un volumen. Este estado de ánimo parece incidir con mayor 


25 



LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


prevalencia en los trabajadores metalúrgicos. Pese a que muy pocos de ellos lo 
expresan deliberadamente, su presencia puede deducirse tras repasar las varia¬ 
das actividades que desarrollan. Allí aparecen respuestas más convincentes con 
relación al problema del tiempo disponible para enfrentar la lectura, por ejemplo, 
cuando un trabajador confiesa: «Leo salteado, por falta de tiempo» (hombre, casa¬ 
do, de 35 años). O una trabajadora, que comenta: «No leo desde que dejé el liceo 
y comencé a trabajar» (funcionarla de expedición de una empresa de artículos mé¬ 
dicos, 23 años, casada, con un hijo). 

Esta última frontera entre el liceo (y la adolescencia) y el inicio de la vida laboral (y la 
madurez) fue citada por otros dos trabajadores para excusarse sobre su abandono 
de la lectura. Se trata de otra funcionarla de una empresa de artículos médicos, de 
27 años, soltera y sin hijos; el otro es un funcionario de una estación de servicio, 
de 33 años, casado y con tres hijos, quien además observó las consecuencias ne¬ 
gativas producidas por la ausencia total de la práctica de la escritura y de la lectura 
en su formación integral: «Reconosco [que] al faltar [la] literatura en mi vida actual 
siento la diferencia al conversar o discutir con otras personas. En discuciones con la 
empresa donde trabajo nos sentimos de sierta manera inferiores al momento de 
[tener que] usar palabras bonitas». 

Otro trabajador ubicó el nacimiento de su hija como el factor que desestabilizó 
su relación con la lectura, y otro, una causa similar, aunque manifestada desde 
su función estrictamente biológica. Ante la consulta sobre cuándo dejó de leer, 
este chapista de 33 años, «cazado [sic]» y con dos hijos, escribió: «Cuando em¬ 
pese ambarasar ». 

La cruda y machista expresión del último testimonio no invalida su acierto res¬ 
pecto a la notable diferencia entre el universo del trabajador soltero y sin mayor 
responsabilidad familiar y el de aquel que dedica su tiempo libre a las exigencias 
de un hogar y de una familia. El cambio en la composición familiar y, en especial, 
el de los roles de cada integrante de la familia produce variaciones que afectan por 
completo sus vidas. Un maquinista de la industria del plástico, de 47 años, casado 
y con tres hijos, resumió su experiencia: «Los adultos salimos a trabajar a diario 
y los hijos quedan solos algunas horas, provocando preocupaciones y tensiones. 
Cuando estamos juntos nos escuchamos, ya cansados, y no obtamos por la lectura, 
solo en pocas ocasiones al año». 

Otro trabajador, también de la industria del plástico, de 46 años, casado y con un 
hijo, recurrió a una tradicional dicotomía para desmarcarse de la lectura: «No me 
gusta leer ni escribir. Me gustan los números». 


26 



Entonces, existe un contexto que obstruye la posible dedicación a la lectura, rela¬ 
cionado con la disponibilidad temporal del trabajador asalariado, pero en realidad, 
esta dificultad compite en nivel de prevalencia con la actitud y el estado de ánimo 
del mismo trabajador. 


Zona geográfica; economía familiar 

El presente estudio ha abordado trabajadores de la industria metalúrgica y de sec¬ 
tores afines de Montevideo y solo excepcionalmente del interior del país. No hemos 
atendido la posible variación del hábito de la lectura según la zona geográfica de 
trabajo y de residencia del trabajador. Una mejor y mayor accesibilidad física a los 
locales de venta de libros (librerías, supermercados, shoppings), de mayor abun¬ 
dancia en los barrios de la costa de Montevideo, incluido el Centro, debería facilitar 
el hábito de la lectura entre los trabajadores que viven en esas zonas. Sin embar¬ 
go, sospechamos que esta circunstancia no es determinante. Primero, porque si 
bien en la mayoría de los barrios no abundan los comercios de libros, también es 
cierto que sobreviven, combinados con otros ramos comerciales (kioscos, bazares, 
papelerías), en casi todos los barrios de la capital. Segundo, por la presencia de bi¬ 
bliotecas municipales y sociales (incluida la biblioteca de la untmra) en varios puntos 
del departamento, así como de puestos de venta ocasionales o permanentes en 
ferias vecinales. Al fin, podemos convenir que cualquier trabajador que desee leer 
un libro puede adquirirlo si dispone de un poco de tiempo y el dinero equivalente 
a dos boletos para trasladarse unas decenas de cuadras hasta una librería o un 
shopping. O mejor aún, si accede a internet, puede comprarlo por esta vía y recibir 
el volumen en su domicilio, o bajarlo gratis, luego de ubicarlo en la web, donde 
existe una creciente cartera de libros en formato pdf. O puede solicitar su préstamo 
a un familiar, a un amigo. La zona donde habita el trabajador puede estimular o 
desalentar la adquisición de un libro, pero nunca impedirlo. 

Tampoco parece admisible el costo de un ejemplar como impedimento para su 
adquisición. El mercado del libro ofrece productos incluidos en una amplia franja 
de precios, tanto de libros nuevos como de usados, especialmente en este último 
rango, donde pueden encontrarse ofertas y variedades de toda índole, desde su¬ 
mas irrisorias que rondan los cien pesos, menos de cinco dólares en 2011. Varios de 
los títulos citados por los trabajadores en nuestra encuesta se ofrecían a 100 o 150 
pesos en la web. Quien lo desee puede mantener el hábito de la lectura sin condi¬ 
cionar gravemente su economía doméstica. Por otra parte, según se desprende de 
la encuesta, la realidad económica de los hogares de estos trabajadores no refleja 
incidencia alguna en la frecuencia de lectura. 


Claro que también en esta variable incide la percepción individual antes que la 
oferta múltiple del mercado y, en algún caso, cualquier gasto de menor cuantía se 
torna relevante en salarios de sobrevivencia. Una obrera fabril de la industria del 
plástico, de 34 años, soltera, con un niño a cargo y un salario nominal de 14 300 pe¬ 
sos, argumentó su falta de lectura en la imposibilidad de comprar libros porque los 
consideraba caros: «Me gustaría leer más pero no puedo comprar libros por razo¬ 
nes económicas». Otro obrero de la misma industria, divorciado, de 33 años, otorgó 
a la encuesta una incidencia potencial que obviamente no posee, al manifestar su 
deseo de que investigaciones de este tipo contribuyan a que los libros sean más 
accesibles para los trabajadores de bajos ingresos: «Espero que [la encuesta] contri¬ 
buya a bajar los precios y el acceso en general a mayor cantidad de libros». 

La consulta a 311 trabajadores fue realizada cuando varios sectores del gremio 
tenían convenio salarial. A pesar de este contexto favorable, resulta notorio que 
las franjas de bajos ingresos de una parte considerable de estos trabajadores y, 
seguramente, las composiciones familiares, la carestía de la vida —alimentos, al¬ 
quileres, transporte, etc.— eran factores que seguían desestabilizando la economía 
doméstica de sus hogares. En esos contextos, un libro pertenece a la categoría 
objeto suntuario. Tal como acontece con la jornada laboral, el tiempo libre y la 
disponibilidad para la lectura, al referirnos a la realidad económica del trabajador, 
debemos considerar factores medibles y cuantifícables y, en interacción con ellos, 
elementos subjetivos que señalan estados de ánimo, percepciones, que pueden 
dejar sin efecto la incidencia de los primeros. 

Para evaluar la relación entre la economía del trabajador y la frecuencia de lectu¬ 
ra hemos considerado el nivel económico de los hogares del trabajador, en dos 
categorías: en la primera, el número de habitantes iguala al número de quienes 
colaboran con la economía familiar; en la segunda, el número de habitantes supera 
al número de quienes colaboran con la economía doméstica. 

Entonces, vemos que es casi idéntico el porcentaje de quienes mantienen un alto 
nivel de regularidad en la lectura y viven en hogares donde los habitantes igua¬ 
lan al número de colaboradores con la economía doméstica (61 %), al de quienes 
también registran una alta frecuencia de lectura, pero viven en hogares donde los 
habitantes superan a los colaboradores con la economía familiar (60 %). 

Lo mismo acontece al comparar estos dos tipos de hogares en las frecuencias de 
baja o nula lectura: 26 % suman los trabajadores que leen alguna vez al año, solo 
en vacaciones o dejaron de leer y viven en hogares con igual número de habitantes 
que de colaboradores con la economía doméstica, y 25 % suman los trabajadores 
que mantienen esas mismas frecuencias de lectura, pero viven en hogares con ma¬ 
yor número de habitantes que de colaboradores. 


28 


1 


LA 

ENCUESTA 


Luego, la evaluación personal de cada trabajador sobre su realidad económica sí 
tiene incidencia en su actitud hacia la lectura. La periodicidad en la lectura aumen¬ 
ta cuando esta evaluación es buena y disminuye cuando es comprometida o muy 
mala, con una distancia de entre ocho y doce dígitos, según sean considerados los 
subgrupos de alta o de baja y nula frecuencia lectora. 


«¿Para qué es esto? ¿Para qué sirve?» 

Otras variables parecen tener una incidencia relativa en la frecuencia de lectura: las 
mujeres leen con una regularidad algo menor que la de los hombres; los trabaja¬ 
dores menores de 39 años leen menos que los que tienen más de esa edad; los 
casados leen más que los solteros; quienes solo cursaron educación primaria leen 
menos que aquellos que llegaron a la secundaria o a la Universidad del Trabajo del 
Uruguay (utu), menos que los trabajadores que realizaron cursos técnicos especia¬ 
lizados y que aquellos que realizaron cursos de nivel terciario. 

Tal vez la parquedad de las respuestas de quienes no leen o la simpleza y debili¬ 
dad de sus explicaciones —«no tengo tiempo»— estén amparadas por la ajenidad 
que la pregunta implica. Es decir, la mayoría de los trabajadores no se pregunta, y 
mucho menos se cuestiona, por el hecho de no leer. Aquí, la encuesta falla por su 
exotismo. Tal como advierte Pierre Bourdieu, las encuestas conminan al encuestado 
a responder problemas que no se plantea (Bourdieu, 2000). 1 Entre ellos, es factible 
pensar que la lectura sea uno de los más insólitos. La pregunta no solo aparece 
como una molesta conciencia que va a poner en crisis lo que estaba en una apa¬ 
rente legalidad, una administración de la vida individual que, pocas veces, incluye 
la lectura dentro de un programa de vida, sino que indaga sobre algo que no tiene 
cabida en la explicación del universo de motivaciones que lo contiene. Esto es, la 
lectura no interesa, en tiempos en los que la eficacia y, más precisamente, lo útil 
y productivo son valores excluyentes. Es, además, una incursión en una zona que 
el trabajador puede considerar íntima. Muchos trabajadores desistieron de llenar 
el formulario, siquiera de leerlo. En más de una ocasión nos lo devolvieron vacío 
con un «discúlpame, ahora no puedo». En una oportunidad, un trabajador miraba 
alternativamente las hojas del formulario y hacia adelante, al vacío, sentado en una 
de las gradas de la tribuna de un club donde se realizaba una asamblea sindical. 
Los segundos pasaron con lentitud, hasta que uno de sus compañeros, sentado a 
su lado, nos explicó: «Dejalo, este es analfabeto, no te va a escribir ni el nombre», 


1 El pensador francés entiende que la opinión pública manipulada por un régimen de preguntas y encues¬ 
tas que responde a un interés político, «es un simple y puro artefacto y cuya función es disimular que el 
estado de la opinión en un momento dado es un sistema de fuerzas de tensiones, y que no hay nada más 
inadecuado para representar el estado de una opinión que el porcentaje». 


29 




LAS LECTURAS 

DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 

y aflojó el comentario con una risa que logró hacer colectiva. El hombre que mi- 

daniel raba a la nada sintió cierto alivio por la intervención y nos extendió el formulario: 

VIDAL _ . .. ,, ... . , , .. _ 

«Te lo lleno otro día», dijo, y aceptamos la promesa imposible de cumplir. Fue una 
instancia extraordinaria porque otros 311 trabajadores sí llenaban los papeles, al 
menos parcialmente, pero, a pesar de su carácter insólito, es un dato que no se 
puede pasar por alto. 

A su vez, entre quienes sí aceptaron el formulario, existió un alto porcentaje de 
respuestas sin responder y esta opinión, que podríamos llamar silenciosa, activa, 
determinó que desecháramos segmentos enteros de la consulta. Se trata, en primer 
término, de una deslegitimación radical a la motivación política, en amplio sentido, 
que conlleva nuestra inquietud, traducida en un formulario y en una breve presen¬ 
tación ante cada trabajador. Representa una observación pertinente, que asumimos 
al compilar los resultados, ordenarlos y resumirlos en este libro. 

Los cuestionamientos planteados por este grupo de trabajadores desplazaron la 
encuesta hacia la sospecha utilitaria. Muchos la recibieron con sorpresa y, al leerla, 
preguntaron: «¿Para qué es esto?», y otros dos o tres inquirieron: «¿Para qué la vas 
a usar?», y otros: «¿Para qué sirve?». Nosotros respondimos con un argumento que 
aspiraba a construir el hipotético interés o la peregrina utilidad que los propios 
encuestados le darían a sus formularios: el sindicato podría utilizar la encuesta para 
delinear futuras acciones culturales. Aún estamos convencidos de esta utilidad. 

Una trabajadora, divorciada, con tres hijos, que prefirió reservar su edad y la empresa 
en la que trabaja, cuestionó el formulario porque contenía preguntas ajenas al asunto 
principal, la literatura. Por este motivo nos escribió: «Las preguntas no contestadas 
[sobre la realidad económica o familiar del entrevistado, por ejemplo] es porque no 
tienen nada que ver con la lectura, si es lo que realmente les interesa». Otra traba¬ 
jadora, también con edad que prefirió reservar, casada y con cinco hijos, compartió 
la opinión de su colega, pero atenuó la crítica con una aceptación general de la 
encuesta: «Si no contesté alguna pregunta fue porque no entendí la relevancia de 
la misma. Me resultó muy interesante la encuesta». Las dos no solo participaron de 
un cuestionamiento que denuncia la ajenidad apuntada por Bourdieu, sino que, en 
especial, se colocaron en un lugar de equidad respecto a sus interlocutores, con la 
sana posibilidad de hacer valer sus opiniones y sus autoridades. 

Aquella interrogante sobre la utilidad de la encuesta encerraba otra certeza, 
tan negativa como la primera: se trata de temas y preguntas sobre cuestiones 
que hacen al mundo intelectual, en especial, letrado, y ese es el mundo del que 
no participa —quizás solo en alguna ocasión y de manera lateral— el obrero 
metalúrgico. Así, un tornero de 29 años consideró el formulario «extenso e ina¬ 
propiado para el ambiente». 


30 



La relación entre los intelectuales y los sindicatos es un problema que excede 
este ámbito y radica en el histórico rencor de quienes no pudieron acceder a una 
formación profesional hacia aquellos que sí lo hicieron y mejoraron su situación 
económica gracias al esfuerzo individual, pero también al acento en el lucro, trans¬ 
formando el ejercicio de la profesión en un instrumento para alcanzar este último 
objetivo, ahora principal. También, en el movimiento obrero persiste la histórica re¬ 
nuencia a aceptar cualquier injerencia de los intelectuales en los asuntos sindicales. 
Recuérdense, por ejemplo, los debates sobre la participación de los intelectuales en 
las asociaciones de resistencia, a inicios del siglo xx, en Uruguay, polémica reflejo de 
idénticas discusiones surgidas en España e Italia y que, de manera cíclica, resurge 
con inusitada vitalidad. 

La versión radical de quienes rechazan la figura del intelectual que pretende in¬ 
tervenir en la vida sindical se asienta en una epistemología que elude o, al menos, 
traslada a un segundo plano la palabra como vehículo eficaz para la lucha so¬ 
cial. En algún momento, cuando conversamos ligeramente sobre estos temas, 
Juan Murchio, secretario de propaganda de la untmra, aceleró una respuesta casi 
automática ante nuestra inquietud por el mundo de la escritura y de la lectura: 
«Nosotros no leemos, ocupamos fábricas», nos dijo entonces. Claro que, días más 
tarde, volvimos a dialogar con él de estos temas y coincidimos sobre la trascen¬ 
dencia de la lectura en la formación de la conciencia social del obrero. Pero aquella 
primera reacción, picara, provocativa e irónica, refiere a la antigua dicotomía entre 
la llamada propaganda por el hecho, la acción social en su abanico de posibilidades, 
y la propaganda por la palabra o la convicción en la palabra como vehículo determi¬ 
nante para la transformación de conciencias, para la redención de una clase social; 
dicotomía disoluble en una gama de matices y experiencias que interceptan la cul¬ 
tura y la acción, y arrinconan las referencias excluyentes al rango de las caricaturas. 

Al menos dos trabajadores abrieron otro flanco de sospechas hacia el cuestionario. 
Preguntaron por qué debían informar sobre datos personales y, en particular, sobre 
niveles de ingreso, e insinuaron que estas informaciones podían terminar en manos 
equivocadas, ajenas a los promotores de la consulta e incluso llegar a los servicios 
secretos, en directa referencia a una de las tristes funciones de seguimiento y fíchaje 
de activistas sociales por parte de los agentes de inteligencia policial, de profusa 
actividad durante la pasada dictadura y en años posteriores y no tan lejanos. 

Claro que otros trabajadores dieron su bienvenida a la encuesta porque vislumbraron 
un diálogo positivo y productivo para las dos partes, y porque nadie antes se había 
preocupado en detalle sobre sus vidas y sus hábitos culturales por el mero objetivo 
de satisfacer un afán de reflexión y de conocimiento, así como para documentar una 
realidad que pudiera servir de insumo para trazar políticas de formación sindical. 


Estos trabajadores respondieron a la consulta con minuciosidad y demostraron in¬ 
terés por los temas propuestos. Interactuaron con nuestras percepciones sobre la 
relación entre la literatura y el lector sindicalizado, valoraron la incorporación del 
hábito de la lectura en sus vidas, necesidad que expanden a sus familiares y a sus 
compañeros del sindicato. Esta inquietud cultural empalma con una tradición del 
sindicalismo, que ve en la cultura y, en especial, en la circulación de la palabra 
escrita, recitada o representada, un instrumento de liberación. Una operaría de la 
industria del plástico, de 40 años, escribió: «Me parece grandioso que exista una 
forma donde poder expresar lo que sentimos, nuestras vivencias, y más a través de 
la escritura. La encuesta es un poco larga pero bien, es una forma de conocer a la 
persona». Otra obrera de la misma industria, casada, de 43 años, opinó que la en¬ 
cuesta «es muy buena y me encantaría que a los niños yjóvenes se les involucrara 
más [en la lectura] porque es muy interesante para tener las cabezas ocupadas con 
cosas sanas para su formación». 


La mala experiencia 

Otros factores han incidido en el alejamiento de la mayoría de los trabajadores de 
las páginas de un libro. Muchos han vivido experiencias nefastas de lectura. Es po¬ 
sible pensar en efectos negativos, como consecuencia de la imposición de algunos 
ejemplos del canon literario, durante su breve o prolongado pasaje por las aulas 
del sistema educativo. Resulta notorio que los programas de estudio se actualizan 
con desesperante lentitud y mantienen un constante desfasaje con los cambios y 
las novedades que surgen del mundo de la literatura, teniendo que negociar siem¬ 
pre con la visión mayoritaria que considera imprescindible un elenco de obras y 
de autores clásicos e insustituibles. Luego, una segunda discontinuidad atañe a las 
expectativas y a los gustos que los niños y los adolescentes de familias de trabaja¬ 
dores fabriles tienen por la literatura, tampoco atendidos en su exacta dimensión 
por el sistema educativo formal. 

Este asunto señala un segundo aspecto de aquella tetralogía integrada por el au¬ 
tor, el texto, el lector y el contexto social. El autor está muchas veces dislocado 
en relación con la mentalidad de un público obrero con el cual, claro que no en 
todos los casos ni en el mismo grado, está desvinculado. No lo conoce. El texto, 
en especial su lenguaje, pero también el universo que construye y el discurso que 
propone, está distanciado de lo que el trabajador aprecia y reclama. Como resul¬ 
tado, desaparece el sentido de pertenencia esperable cuando abundan las señales 
interpretables y se crea la sintonía emotiva e intelectual entre el autor y el lector 
desde el texto que los intermedia. Hablan otro idioma. 


32 


1 


LA 

ENCUESTA 


El problema de la sintonía entre los escritores y el puebto —nominación genérica 
que atiende, en especial, a los trabajadores, aunque no solamente— preocupó, 
desde fines del siglo xix e inicios del siglo xx, a las nuevas corrientes ideológicas, 
en especial al anarquismo y al socialismo. Los activistas sectoriales, llamados en¬ 
tonces propagandistas, procuraron en los periódicos la expresión simple y directa 
para lograr una efectiva comunicación con el público. Existen ejemplos de esta 
feliz coincidencia entre la retórica, el estilo del escritor y la lectura del público o 
lector cautivo. En 1904, en la revista argentina Martín Fierro, dirigida por el poeta 
anarquista Alberto Ghiraldo, apareció una carta al director de la costurera Mariana 
Riviere, viuda, madre de cuatro hijos, en la que relata su satisfacción por haberse 
encontrado con una literatura que, a su juicio, está escrita «para el pueblo»: 

Yendo esta mañana a la tienda a entregar mis costuras, alguien puso en mis manos 
un papel que tomé distraída. Iba a arrojarlo a la calle creyendo que se trataba de un 
aviso para mí sin importancia, cuando un nombre me llamó la atención, Martín Fierro. 
Revista popular, leí más abajo. ¡Cómo!, pensé, esto quiere decir revista para el pueblo. 
Entonces ¿hay quien se acuerde del pueblo, quien escriba para él? [...] 

¡Cuánto me ha dicho este pequeño papel! ¡Cómo ha hablado a mi cabeza y a 
mi corazón! [...] 

Pienso que escribir para el pueblo es algo muy noble, muy bello. Recuerdo el placer 
que sentía yo leyendo, cuando era muchacha. Entonces trabajaba, pero mucho menos 
que ahora, tenía a veces tiempo para leer, hoy solo lo tengo para entregarme por 
completo a mi tarea. Pienso en todas y en todos los que como yo viven así. ¿Acaso el 
pueblo no necesita leer? [...] 

¡Qué noble, qué hermoso, es llevar una esperanza al pueblo que «sufre, ama y produce»! 
Reciba usted el agradecimiento y el afecto de una mujer que pertenece a ese pueblo . 2 


Es tentador pensar que los periódicos sindicales de la untmra han cumplido esa 
indispensable función vinculante entre propagandistas o periodistas obreros y lec¬ 
tores-trabajadores, la misma que reveló la lectora de Martín Fierro para confirmar la 
comunión entre el público privilegiado por esa revista —asalariados, desocupados, 
sectores medios letrados— y sus hacedores. Hay que observar, sin embargo, que 
aquella era una empatia especifica de lectura entre un semanario de carácter literario, 
dirigido por un connotado intelectual anarquista, y la recepción de una trabajadora. 


2 Riviere, M. (Marzo, 1904). La canción de la aguja. Martín Fierro, (2), p. 14. Un fragmento está reproducido 
en Ansolabehere, (2011, pp. 41-42), lectura que nos advirtió sobre este dato y nos llevó a las páginas de 
la revista argentina. En el n.° 7 de Martín Fierro, el tema está considerado en el editorial «El arte para el 
pueblo», sin firma pero seguramente escrito por Alberto Ghiraldo (Abril, 1904. El arte para el pueblo. Martín 
Fierro (7), p. 3). 


33 




LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


La oferta cultural, la industria y la vida del trabajador han variado, pero algunos proble¬ 
mas subsisten: cómo sincronizar las frecuencias expresivas y lexicales, los temas y los 
sentimientos, cómo instalar el diálogo entre el autor, el texto y el público. No se trata 
necesariamente de que el narrador o los personajes hablen como lo hace una posible 
mayoría de trabajadores, sino de calzar desde varios espacios con su sensibilidad. 

En la década de los 30, Antonio Gramsci se quejaba de la ausencia de una literatura 
popular en Italia y de la «falta de una identidad de concepción del mundo entre 
escritores y pueblo» 3 . Atacaba el sentimiento de casta de los intelectuales, su falta 
de articulación con el pueblo en tanto conjunto de clases subalternas, y apuntaba 
el acierto de la novela de folletín que conquistaba multitudes. La novela de folletín 
ya no existe, pero sobrevive el espacio literario que satisface aquella demanda de 
emociones. Podemos pensar que la sólida presencia del best seller, el esplritualismo 
y la autoayuda dentro de las preferencias lectoras de los obreros metalúrgicos, tal 
como se desprende del repertorio detallado en la próxima sección de este capítulo, 
tiene que ver con aquella avidez. Luego, el contexto poco ayuda. Otros lenguajes, 
otros canales, otros sistemas simbólicos dominan la vida cotidiana y el ocio del 
siglo xxi, tal como ya hemos apuntado. 

Otros cambios atentan contra el hábito de la lectura de libros. La lectura y la escritura 
se visualizan como vías de ascenso social y la figura del escritor ha dejado de ser mo¬ 
délica para inmensas capas de la sociedad. A pesar de este proceso, y en parte desde 
la articulación entre literatura y política, en Uruguay hemos vivido en los últimos 
años algún ejemplo de popularidad de escritores fuera de los restringidos círculos 
de letrados. Así, por ejemplo, en 2009 los montevideanos pudieron protagonizar una 
manifestación popular cuando la muerte de Mario Benedetti, pero el episodio estu¬ 
vo teñido de reconocible excepcionalidad. A su vez, no son comunes los puntos de 
encuentro entre el escritor de sectores medios y letrados, y el público obrero. Hay 
escritores integrados a algún sindicato —Ignacio Martínez y Eduardo Labraga son 
dos buenos ejemplos— que participan de comisiones de cultura o incluso colaboran 
con sus medios de difusión. Pero este vínculo no es frecuente ni extendido. Menos, 
a la inversa, vemos obreros de talleres o de fábricas concurrir a presentaciones de li¬ 
bros, talleres o lecturas literarias, actividades de por sí con escasa concurrencia y a las 
que tampoco asistimos masivamente los intelectuales ni los literatos de los sectores 
medios. Es un lugar común hablar de la depresión, en la sociedad, de los hábitos y las 
prácticas tradicionales del universo de la literatura, por lo que no podemos exigirle 
a los trabajadores metalúrgicos que sean la excepción. 4 Acaso la lectura señala otro 


3 Gramsci, 1961, pp. 123 y ss 

4 El auge de páginas, revistas y blogs en internet de y sobre literatura ofrece, en contraste, un horizonte 
promisorio en este mismo campo de la cultura. 


34 




desgarro que, en las últimas épocas, se ha sumado a las fracturas múltiples de una 
sociedad no solo estratificada, sino también diseminada y divergente. 

Si abrimos el lente hacia la sociedad, resulta difícil precisar el lugar que ocupa la 
lectura hoy como valor en el relacionamiento, en particular en la conversación en¬ 
tre amigos, pero sin mayor margen de error, podemos pensar que ha disminuido 
drásticamente en el último siglo, acosada por otros sistemas de comunicación. Para 
corroborar esta genérica percepción basta con reparar en que, a fines del siglo xix 
y principios del siglo xx, proliferaban los espacios para la lectura: bibliotecas y salas 
de lectura sindicales, por ejemplo. Claro que era un tiempo en el que no había 
competidores electrónicos (la radio comenzó a inicios de la década de los 20 y la 
televisión, a inicios de los 60). 

Otro factor alimenta el lodazal donde encallan las posibilidades de la literatura 
como aspirante a ocupar el centro de expectativas del trabajador. Nos referimos a 
la condición del acto de lectura en tanto recepción de lo escrito y de la autoridad 
de la palabra, de la lectura entendida como «vehículo que impone una autoridad» 
porque, según Chartier, «el texto transmite en su lectura un orden, una disciplina, 
una forma de coacción» al tiempo que la escritura «procura la posibilidad de una 
libertad» (Chartier, 2006, p. 27). Tal vez la deserción de lectores contenga un voto 
de desautorización al autor como vehículo de orden y de verdad, en tiempos en 
que el concepto de autoridad está en transformación y no es patrimonio fijo ni ex¬ 
clusivo de un tipo ni de una función social, al menos en su aspiración totalizadora, 
unidireccional e impositiva. 

Detrás, resulta notorio el fracaso, o al menos el retroceso, de un proyecto cultural. 
Era el «proyecto ilustrado» al que refiere Chartier (2006, p. 179), el de las sociedades 
europeas, al que las élites gobernantes americanas —burguesas y cosmopolitas— 
adoptaron como decálogo áureo. Ese proyecto de tinte liberal tuvo por centro y 
respaldo la palabra escrita y la lectura. Haciendo confluir a intelectuales y a tra¬ 
bajadores, descansaba en la confianza plena de la instrucción de las masas como 
garantía democrática del avance social. 

El declive fue pausado, pero constante. Uno de sus puntos de inflexión se remon¬ 
ta a los primeros años de la segunda mitad del siglo xx. Antes de la Revolución 
cubana (1959) y de la sobrecuota de optimismo irradiada con ella hacia todo el 
continente sureño, Carlos Real de Azúa había advertido la descomposición del sitial 
de privilegio cultural que Uruguay había ocupado dentro del contexto latinoame¬ 
ricano. Observó el divorcio entre la cultura desinteresada y Ubre y la profesional 
y reglamentada, visualizó el deslinde entre las artes superiores del espíritu y su 
polícromo repertorio de valores y la cultura de masas, con su crecimiento desme¬ 
surado, a grupas de la tecnología y de la propaganda. El deterioro afectaba también 


35 


a la literatura, que viviría todavía algunos años más de auge, a consecuencia de 
la expansión de la escolaridad en la enseñanza secundaria y a ingentes esfuerzos 
editoriales en la década de los 60. Sin embargo, según Real de Azúa: 

La cultura, en sentido «intelectual», ha seguido viviendo entre forcejeos, sostenida en 
la vocación sacrificada de unos pocos y apoyada (a lo más) en dotaciones presupues¬ 
tarias del Estado siempre crecientes y siempre insuficientes. No es posible ocultar 
que como una comunidad se hace normalmente más densa, más enmarañada y más 
«seccional», pese a millones y a vocaciones, nuestra cultura pierde cada día influencia 
en la comunidad y cada día se ve reducida un poco más a los ambientes especiali¬ 
zados (y aun profesionalizados). La otra Cultura en sentido amplio, como en todas 
partes aparece de más en más enfundada a las consignas y a los intereses de los 
grupos dominantes: capital, castas políticas, poderes nacionales del Mundo (no solo 
de Occidente, con ser lo occidental lo prevalente). Opera a través de la avasallante 
masiflcaclón de los medios de propaganda y publicidad que el maqumismo y la téc¬ 
nica han puesto en manos de los fuertes . 5 


Aquel proyecto cultural y político-estatal tuvo por soporte el aparato institucio- 
nal-educativo —vareliano, batllista— y dialogó, luego, con programas educativos 
provenientes de fuerzas sociales, entre ellas los sindicatos (recuérdese que muchas 
bibliotecas sindicales de mediados del siglo xx fortalecieron el servicio de prés¬ 
tamo de libros de educación primaria y secundaria). Durante un siglo dibujó su 
nacimiento, auge y declinación. Hoy sobrevive a impulsos espasmódicos. Fracasó. 
O se metamorfoseó en prácticas adyacentes y realzó, enseguida, la oralidad como 
vía de comunicación, conocimiento y aprendizaje. Hemos visto a 1 500 trabaja¬ 
dores metalúrgicos escuchar, con atención y respeto, media hora de disertación y 
arenga de un dirigente, durante una asamblea sindical. De hecho, son cientos los 
activistas que dedican decenas de horas por mes a hablar y a escuchar en reuniones 
de comités de base de fábricas y zonales sindicales, en encuentros de delegados, 
comisiones y asambleas. Esta palabra en circulación transita por las retóricas de la 
arenga y del panfleto, pero está tamizada por la comunicación informativo-expli- 
cativa y por la reflexión. 

Fuera de la vida sindical, estos mismos trabajadores destinan otras decenas de 
horas a recibir mensajes de texto o vía correo electrónico, a interactuar con los 
medios de comunicación modernos, a participar de manera más o menos activa 
de espectáculos musicales y artísticos —Carnaval, rock, folklore, tango, etc.—, en 
los que la poesía cantada goza de óptima salud. Aquí se intercala la lectura, en 
especial, de textos en formato electrónico, mayormente breves, pero pocas veces 

5 Real de Azúa, C. (Octubre, 1957). ¿Adonde va la cultura uruguaya? Marcha, (885), pp. 22-23; (Noviembre, 
1957). ¿Adonde va la cultura uruguaya? Marcha, (886), pp. 21-23. 


36 



el volumen impreso, el libro. Entonces, recuperamos la constatación señalada al 
inicio: el objeto libro ha dejado de ser un soporte privilegiado dentro de la cultura 
del trabajador. Ha quedado relegado y la lectura como práctica ya no es sostenida 
por la estructura sindical. Además, cualquier impulso individual en esta dirección se 
encontrará con la dificultad producida por la condición recesiva del hábito de leer. 
Un hilo se cortó hace un par de generaciones y todo indica que será necesaria la 
suma de muchas voluntades para repararlo. 


Leer y vivir 

Otros trabajadores metalúrgicos practican la lectura como una experiencia de vida. Aquí 
se registran testimonios de variada riqueza. La lectura está presente en la vida de los 
trabajadores, estimula y amplía sus sueños, dibuja sus fantasías, brinda el sustrato con¬ 
ceptual quejustifica sus reflexiones. La literatura es un cauce de pensamiento y de placer, 
ayuda a vivir. Testimonios sobre esta trabazón entre el trabajador y la lectura pueden 
repasarse en el capítulo que informa del taller literario que realizamos con activistas de 
la untmra. Esos testimonios se ampliaron en las respuestas de la encuesta personal sobre 
lecturas y tiempo libre, y en los diálogos que mantuvimos con varios sindicalistas. 

En la hoja de la encuesta preguntamos al trabajador si la literatura ha cambiado sus vidas. 
La mayoría dejó el renglón en blanco. Otros ofrecieron breves pero indicativas respuestas 
y, con ello, explicitaron el grado de intensidad del vínculo que tienen con la lectura. 

Un hombre soltero, de 31 años, operario de una empresa de auxilio automotor, dijo 
que la literatura le ha otorgado «información». Otro trabajador, de 64 años, puntualizó 
que el cambio que ha vivido por la lectura de libros ha sido «sicológico». Una operaría 
del área de mantenimiento de una firma metalúrgica, de 61 años, divorciada, es lectora 
de la Biblia y de La décima revelación, de James Redfíeld, libros que —confiesa— han 
cambiado su vida «internamente». Un hombre de 31 años dijo que la lectura «arroja 
más sabiduría», y una mujer soltera, de 25 años, reveló que la literatura la ha cambiado 
«en mucho. Me ayuda a superar malos momentos». Un operario de máquina de una 
empresa electrónica, de 21 años, dijo de la literatura: «me ha ayudado a formarme 
como persona». 

En otras preguntas, el trabajador podía extenderse en señalar virtudes de la literatura y 
en hablar de sus autores predilectos. Una vez más, los espacios en blanco dominan, pero 
otros compartieron sus experiencias y opiniones. 

Un hombre soltero, de 44 años, definió la literatura como «una forma de expresión que 
une el arte, la imaginación, los cuentos, la ficción y nos puede mostrar la cultura de un 
país». Un peón especializado, de 32 años, que se desempeña en la industria del plástico, 



LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


dice de la lectura: «me lleva a donde aún no he podido ir y también me trae épocas que 
no conoceré». Un pintor, soltero, registrado en una fábrica del rubro electrónica, de 34 

VIDAL r 3 

años, otorga a la literatura la responsabilidad de haber cambiado su vida con un efecto 
«principalmente ideológico». 

Los testimonios de estos trabajadores sobre la lectura y la incidencia en sus vidas 
están signados por la transparencia del tono confesional: 

Me ha abierto la cabeza y veo las cosas con otra perspectiva (operario de soplado en 
fábrica de plástico, 37 años, concubino, dos hijos). 

Me llena el alma (telefonista de empresa de auxilio automotor, divorciada, 45 años). 

Mente abierta. Vocabulario. Faltas ortográficas (funcionaría del acu, 24 años, soltera). 

La lectura ha mejorado la perspectiva sobre algunos temas (administrativo contable, 
41 años, casado, dos hijos). 

La lectura ha cambiado en mucho mi vida. Abre los ojos, me muestra otra manera de 
ver las cosas (operario de mantenimiento, 22 años, concubino). 

La lectura me ayuda a incrementar el intelecto y el conocimiento del entorno (medio 
oficial pintor, 32 años, casado, un hijo). 

La lectura me ha ayudado a mirar la vida con otros recursos e imaginación (operario 
de armado en empresa metalúrgica, 28 años, soltero). 

La lectura me entretiene, me saca de las preocupaciones (administrativa, 44 años, 
divorciada, dos hijos). 

Otro hombre, casado y de 56 años, que cursa la carrera de abogacía, reconoció 
que la literatura «alimenta el alma; forma como individuo, afirma la persona¬ 
lidad y aumenta los conocimientos». Este trabajador hizo su ranking personal 
de los autores que evalúa como más importantes y, en cada caso, señaló los 
motivos de su elección: 

Benedetti. Emblemático autor nacional, realista e imaginativo. 

Galeano. Amplia berborragea, y utiliza muchas metáforas. 

Barbagelata. Claridad en la exposición de los temas. 

Jorge Amado. Capacidad de captar la idloáncraúa del pueblo, de Salvador de Bahía 
en especial y transmitirla en sus libros. 

El suyo es un caso singular, por tratarse de un trabajador que ha elegido realizar 
una carrera humanística que implica la lectura. Además, no enfrenta dificultades 
materiales para acceder al libro —posee un ingreso decente, trabaja 44 horas a la 
semana— y, sin embargo, condicionado por los requerimientos familiares y por la 


38 



especificidad de sus estudios, arguye falta de tiempo para practicar la lectura como 
ocio o placer. Dice: «No compro libros porque actualmente no tengo todo el tiem¬ 
po que necesito para disfrutarlos». 

Su lista de favoritos tiene puntos en común con las de gran parte de los lectores de 
la industria metalúrgica. Tal como sintetiza la encuesta —ver capítulo siguiente—, 
Benedetti y Eduardo Galeano son los dos autores más leídos por los 311 encues- 
tados. Héctor Hugo Barbagelata, quien fuera profesor de Derecho Laboral de la 
Facultad de Derecho de la Udelar, autor de numerosos libros sobre legislación del 
trabajo, solo fue mencionado en esta oportunidad y resulta evidente que se corres¬ 
ponde con la carrera elegida por el lector aquí citado. La referencia a Jorge Amado, 
autor compartido por otros trabajadores, queda explicada por las cualidades que 
este mismo lector señala en su argumentación. 

Otros trabajadores detallaron sus predilecciones literarias: 

Gabriel García Márquez me enamora (mujer divorciada, de 43 años). 

Me gusta [Edgar] Alian Poe. Por lo atrapante de sus narraciones (impresor de la indus¬ 
tria del plástico, soltero, 33 años). 

Me gusta Quiroga. Por la forma de describir y expresar (maquinista de Gepax, 32 
años, casado, tres hijos). 

Leo a Julio Verne debido al poder de imaginación, de narración, sin haber estado o 
vivido por esas situaciones (funcionario del sector limpieza en empresa de la industria 
del plástico, casado, 52 años, dos hijos). 

Me gusta Galeano por lo imaginativo en plantear la realidad social (operario de la 
industria del plástico, 46 años, soltero, sin hijos). 

Mi escritor favorito es Arturo Pérez-Reverte. Escritor histórico, novelista que atrapa 
(medio oficial electricista en industria metalúrgica, 31 años, soltero, sin hijos). 

[Elijo a] Roy Berocay, porque complementa la escritura con música (técnico de campo 
en empresa de micromecánica, 36 años, casado, sin hijos). 

Mario Benedetti [es mi escritor favorito] porque fue, es y será uno de los mejores 
escritores nacionales (operario asignado a la preparación de compuestos químicos 
en industria del plástico, 30 años, casado, un hijo). 

Me gusta leer [a] Sherlock Holmes (operario de alarmas en empresa de seguridad 
electrónica, 35 años, soltero, un hijo). 

J. R. R. Tolkien [es mi escritor favorito]. Atrapa con la narración, no se confunde al 
crear historias (operario de electrónica de ccc del Uruguay, 27 años, soltero, sin hijos). 


39 


En nuestra incursión en el gremio metalúrgico, no hallamos un trabajador que ma¬ 
nifestara el deseo incontrolable hacia la lectura. Quizás lo haya, pero en caso de 
que así fuera, nadie nos informó acerca de él. Los tiempos contemporáneos mues¬ 
tran que estamos lejos de los testimonios heroicos de los lectores obreros del siglo 
xix, en Europa. Aquí no hay un Thomas Wood, como en Inglaterra, quien leía a la 
luz de una lumbre de su humilde morada porque no se podía permitir una vela o 
un Jean-Baptiste Dumay que solía leer junto a las brasas de su estufa de carbón 
(Lyons, 1998, pp. 506 y 510). Aquella pasión por la lectura respondió a la prime¬ 
ra modernidad, a una sociedad que depositaba en el libro —y en el teatro— la 
responsabilidad de satisfacer el anhelo de ficción. Claro que muchos trabajadores 
metalúrgicos contemporáneos han hecho esfuerzos encomiables en procura de 
concluir un curso o una carrera y, por esa vía, han robado horas al descanso diario 
para leer un libro. Quizás otros hayan destinado ese mismo esfuerzo a saciar una 
lectura placentera o de expansión. 

Testimonios sobre lecturas productivas y esfuerzos encomiables de parte de obre¬ 
ros uruguayos para realizarlas existen, aderezados con el aroma que envuelve al 
modelo del lector —instruido, dedicado, sabedor de su oficio— a contrapelo de la 
vida gris y hasta ruin asociada al trabajo rutinario. 

Hace una década, el Uruguay conoció el ejemplo creativo de Richard Santana y 
sus fantásticas esculturas en miniatura, con las que aún hoy asombra al público. Su 
testimonio viene al caso porque se trata de un exempleado de un taller mecánico 
que imbricó su pericia manual con la fantasía que le brindaba la lectura. 

Santana inició su carrera como artista autodidacta haciendo un uso creativo de la 
hora libre del descanso del mediodía. Entonces se dedicaba a pulir y cortar los hue¬ 
sos que dejaba el perro del dueño del taller. Primero fabricó colgantes y caravanas. 
Con el tiempo, se hizo de alambres, cueros, cuerdas y mucho ingenio para repro¬ 
ducir esculturas griegas en miniatura y, finalmente, idear una galería de personajes 
imaginarios con estructuras de cables, resina y tela. 

En ese segundo estadio creativo, alimentó su imaginación con la lectura de histo¬ 
rias de otras civilizaciones y otras épocas: «Siempre me gustó leer desde chico, y 
me quedaron rastros de literatura celta, oriental, egipcia. Me gusta crear personajes 
de distintas épocas». 6 

Su ejemplo es excepcional, es cierto, pero la readecuación de la lectura como fuente 
de inspiración no lo es y nos alerta sobre la necesidad de no perder de vista las múlti¬ 
ples derivaciones que el mero acto de leer puede adoptar en la vida de un trabajador. 


6 (Diciembre, 2004) Richard Santana crea. Revista Elemento (2), p. 25. 


40 



1 


LA 

ENCUESTA 


Leer y resistir 

Es seguro que la lectura ha estado presente en momentos cruciales de la vida sindi¬ 
cal de los metalúrgicos. Muchos de quienes hoy rondan la media centuria vivieron 
experiencias de lectura de boletines clandestinos, de folletos de doctrina política y pen¬ 
samiento revolucionario durante las reuniones realizadas en la infame década de la 
dictadura civil-militar. 7 Otros tuvieron sus experiencias de lectura en la cárcel y, a su vez, 
muchos fortalecieron el delgado pero firme vínculo entre la clandestinidad y el encierro 
gracias al goteo de esquelas, comunicaciones, cartas y, desde el exilio, algún que otro 
documento que eran leídos con premura y emoción. 

Cuando estos escritos incorporaban una dimensión literaria —un poema, la frase de 
un personaje o de un autor conocido, el breve relato de una anécdota que aspiraba a 
transformarse en cuento—, entonces la sintonía estaba reforzada por una dimensión 
simbólica y metafórica, por el brillo intrínseco de la expresión artística. 

La literatura es un preciado instrumento para enfrentar adversidades. En tiempos de 
represión, cierta literatura enfrentó al fascismo, fue un espacio donde el discurso libe¬ 
rador y colectivo recobraba su oxígeno. 

Así ocurrió en la empresa Delne durante la Huelga General decretada por la Convención 
Nacional de Trabajadores (cnt) el 27 de junio de 1973. A aquella ocupación asistió una 
noche un trabajador del periódico El Día, devoto de la poesía de Miguel Hernández. Su 
presencia y su devoción provocaron el interés de los trabajadores metalúrgicos, que pi¬ 
dieron la lectura de un poema, finalmente leído por un obrero del taller. Reunidos a su 
alrededor, los trabajadores ocupantes escucharon la voz profunda y consustanciada del 
recitado del poema «Sentado sobre los muertos», del poeta español víctima del fascis¬ 
mo. El trabajador de El Día eligió la pieza a leer, y todo indica que acertó en la sintonía 
entre las imágenes y el sentido del poema, y el espíritu de resistencia y la conciencia 
social de los trabajadores, puestos a prueba en aquellas horas. Se trataba, además, de 
un poema popularizado en la versión musical de Los Olimareños —dúo integrado por 
José Luis Guerra y Braulio López— en el disco ¡Qué pena!, de 1972. 

El testimonio de aquel extrabajador de El Día sobre la lectura, por parte de un obrero 
metalúrgico, del poema de Hernández en la empresa Delne ocupada fue confiado a 
María Eugenia López y compartido en el taller literario. 

María Eugenia nos contactó con el extrabajador de El Día, le relatamos nuestra in¬ 
vestigación sobre las lecturas de los trabajadores metalúrgicos y le propusimos que 


7 Adoptamos la terminología propuesta por Rodolfo Porrini, quien especifica que la dictadura no fue 
cívico-militar porque no tuvo vocación civilista, sino que arrasó con esta y, en todo caso, contó en la in¬ 
tegración de sus cúpulas con elementos civiles que usurparon el poder de las instituciones democráticas, 
junto a los militares (R. Porrini, comunicación personal, s.f.)- 


4 1 




LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


escribiera sobre aquella experiencia para incluirla en el libro que entonces proyec¬ 
tábamos. Nos contó la historia por correo electrónico, pero declinó hacer un relato 
más extenso en primera persona e incluso se negó a que apareciera su nombre, 
siquiera sus iniciales, por entender que su protagonismo había sido lateral y que 
no aspiraba a lograr presencia alguna en este renglón de la historia sindical de los 
trabajadores uruguayos. 

Comprendimos su decisión, pero insistimos en la importancia de que se diera a co¬ 
nocer aquel episodio, explicable en la trama cultural acumulada en el movimiento 
obrero uruguayo durante un siglo de existencia en el país. 

Nuestro interlocutor consintió en comunicar aquella lectura y nos envió los de¬ 
talles de lo sucedido la noche del 27 de junio de 1973 en los talleres de Delne. 
Transcribimos su mensaje, en el que comienza haciendo alusión a «aquella expe¬ 
riencia», es decir, a la lectura de poesía durante la ocupación de los citados talleres. 

Hola Daniel: 

Te paso los datos principales de aquella experiencia, [...] 

Fue en los primeros días de julio de 1973, cerca de los hechos violentos del 9 de ese 
mes en la avenida 18 de Julio. 

Recuerdo que el Ministro del Interior, el coronel Bolentini, había conminado y dado 
un ultimátum para que se desalojaran todos los lugares ocupados, pues sino las fuer¬ 
zas armadas procederían en consecuencia. 

En aquel entonces yo sentía muy fuerte tanto la obra como la vida de Miguel 
Hernández y llevaba conmigo poemas de él. 

En la ocupación de Delne recuerdo que se me preguntó acerca del libro y conté anéc¬ 
dotas, para mí impresionantes de Miguel Hernández, desde la génesis de los poemas 
«Elegía» y «Nanas de la Cebolla», que canta Serrat, hasta su actitud de los últimos días 
en las cárceles franquistas y su muerte tan temprana. 

Así surgió casi espontáneamente la idea de leer el poema «Sentado sobre los muer¬ 
tos» (creo que fue ¡dea de un compañero que le decían «El Muía», el poema lo elegí 
yo dadas las circunstancias especiales y tensas que vivíamos). El que lo leyó fue un tal 
Heriberto, o algo semejante, que con el tiempo fue nombrado capataz y me parece 
que se transformó en alcahuete de la empresa, con lo cual sé que le quito encanto a 
la anécdota, pero es la verdad. 

Esa fue la única y excepcional noche que pernocté en Delne, pues mi lugar natural era 
en el diario El Día, donde trabajaba. 

Lo único que te puedo agregar es que yo viví aquello muy intensamente y cual si 
fuera mágico, con el convencimiento que Miguel Hernández estaría muy feliz que su 


42 



poema fuera leído en aquella fábrica ocupada, sin grandes declamaciones, pero con 
tanta autenticidad y sentimiento. 

Un abrazo 

[Firma] 

El poema de Hernández está provisto de una carga emotiva avasallante, reforzada 
por la subjetividad de una primera persona lírica y testimonial, tal como lo paten¬ 
tizan los primeros versos: 

Sentado sobre los muertos 
que se han callado en dos meses, 
beso zapatos vacíos 
y empuño rabiosamente 
la mano del corazón 
y el alma que lo mantiene. 

Que mi voz suba a los montes 
y baje a la tierra y truene, 
eso pide mi garganta 
desde ahora y desde siempre. 


8 Hernández, 1997, pp. 315-317 



2. PERFIL DE LOS TRABAJADORES 
ENCUESTADOS Y FRECUENCIA DE LECTURA 


La encuesta sobre lectura y tiempo libre fue realizada a 311 trabajadores afiliados 
a la untmra, entre abril y agosto de 2011. Los formularios de la encuesta fueron lle¬ 
nados por cada trabajador ante la presencia de un encuestador, quien, a veces, fue 
consultado para evacuar dudas. 

Realizamos la encuesta en las puertas de las dos sedes del taller metalúrgico Julio 
Berkes, en el taller de James, en el acu, en los talleres instalados en el predio de la 
refinería de la Administración Nacional de Combustibles, Alcohol y Portland (ancap) 
—empresa del Estado para la que trabajan varias empresas privadas—, en las sedes 
de los zonales sindicales de La Teja y Aguada, en la sede de la untmra, en coinciden¬ 
cia con asambleas sectoriales, reuniones de la directiva nacional y de delegados de 
sector—de las industrias metalúrgica, electrónica y plástica, empresas de servicio 
de auxilio automotor, estaciones de servicio, de los comités de base del interior del 
país—, y en dos asambleas generales del gremio celebradas en el club Aguada y 
en la sede de la Asociación de Obreros y Empleados de Conaprole (aoec), en la calle 
Suárez casi Agraciada. 

En marzo de 2011 el sindicato tenía 7 748 afiliados. 9 De ellos, el 35 % pertenecía 
a la industria metalúrgica; el 21 %, a la industria del plástico; el 19 %, al sector de 
autopartes; el 10 %, a estaciones de servicio; el 7 %, a talleres y empresas de auxilio 
automotor; el 3,9 %, al sector de electrónica; el 4 %, a la industria minera, y el 0,1 %, 
a la industria del vidrio. La muestra de la encuesta cubrió el 4 % de los afiliados. 

Esa condición, ser afiliado al sindicato, es común a todos los encuestados. Sin 
embargo, entre los trabajadores sindícalizados resultan diferencias evidentes de 
participación y compromiso gremial, desde la dedicación diaria y de horario com¬ 
pleto de parte de los integrantes de la directiva nacional, delegados de zona o de 
comités de base, hasta la asistencia esporádica del obrero de fábrica o taller a una 
asamblea general o del sector industrial en el que trabaja. Varios de estos últimos 
trabajadores no consideran relevante su participación en actividades gremiales, al 
punto que no refieren a ella en el formulario. De hecho, el 21 % de los encuestados 
dejó en blanco todas las opciones de respuesta ante la consulta sobre su parti¬ 
cipación en ámbitos políticos o gremiales, incluido el propio sindicato. Este alto 

9 En 2011 la untmra realizó una campaña de afiliación que tuvo un momento relevante durante la huelga 
general efectuada por este sindicato en el mes de octubre y logró así aumentar en unos 1 500 el total de 
trabajadores afiliados. Tanto el total de trabajadores de la industria metalúrgica y de ramas afines como el 
de los afiliados al sindicato sufren variaciones permanentes, producto de las fluctuaciones industriales, ade¬ 
más de las oscilaciones propias de las nuevas afiliaciones o de las desafiliaciones de algunos trabajadores. 


44 



porcentaje de respuestas en blanco invalidó la lectura estadística confiable de este 
aspecto de la pesquisa. Sin embargo, conviene reparar en un dato que, posible¬ 
mente, indique una novedad respecto a la relación del trabajador contemporáneo 
con el gremio al que pertenece: siete trabajadores (2 % de quienes respondieron la 
pregunta) indicaron el ámbito religioso como el predilecto para su acción social, un 
fenómeno minoritario, pero que puede llamar la atención en un gremio con mayo¬ 
ría de activistas de confesa adhesión ideológica comunista, realidad que persiste 
desde su fundación, en 1941. 

Los 311 trabajadores encuestados tienen, al menos, otro elemento en común: son 
trabajadores dependientes con ingreso fijo. Si bien la investigación no previo el 
detalle del ingreso del trabajador, sabemos, por información brindada por los pro¬ 
pios sindicalistas que, a marzo de 2011, el gremio ofrecía una heterogeneidad de 
ingresos que iba desde los magros 8 000 pesos líquidos hasta los 60 000 pesos por 
mes. En marzo de 2011, el dólar se vendía en pizarras a 19,50 pesos uruguayos, el 
boleto de transporte urbano costaba 17 pesos y una flauta de pan, 18 pesos. Son 
solo tres datos, pero resultan relevantes, y es seguro que un estudio que relacione 
el costo de la vida con los salarios podría constatar que el ingreso de un peón de 
la industria metalúrgica no cubría —ni cubre aún— mínimamente las necesidades 
básicas de un individuo, mucho menos de una familia. 

El grupo de encuestados vive en distintas zonas de Montevideo, mayoritaria- 
mente en los barrios periféricos, alejados de la costa, incluso en asentamientos 
(asentamiento El Monarca, por ejemplo). En algunos casos, el lugar de residencia 
corresponde a barrios más céntricos de la capital (La Blanqueada) o a Ciudad de la 
Costa, en Canelones. De todas maneras, también en este caso los datos relevados 
corresponden a un primer sondeo, y el tema no fue considerado para la pesquisa 
estadística final, de modo que no corresponde ofrecer información global que pre¬ 
cise las tendencias recién indicadas. 

Otros datos del conjunto sí pudieron ser procesados y delinean perfiles de los tra¬ 
bajadores consultados: el 11 % es de sexo femenino; el 89 %, masculino. Las edades 
oscilan entre los 19 y los 64 años. El 28 % tiene de 19 a 29 años; el 40 %, de 30 a 
39 años; el 22 %, de 40 a 49 años; el 10 % tiene 50 años o más. El 10 % de estos 
trabajadores vive solo; el 15 %, en hogares de dos personas; el 51 %, en hogares de 
tres o cuatro personas; el 24 %, en hogares de cinco personas o más. 

El 49 % considera su situación económica personal como excelente (1 %) o buena 
(48 %); el 51 %, comprometida (47 %) o muy mala (4%). El 51 % confiesa sentirse 
excelente (4 %) o bien (47 %) al término de la jornada laboral; el 49 % restante se 
siente cansado (43 %) o agotado (6 %). 



LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


El 42 % de estos trabajadores cumple semanas laborales de menos de 45 horas; 
el 44 %, de 46 a 48 horas, y el 14 %, de 49 horas o más. En cuanto al tiempo libre 
diario individual, el 21 % dice no contar con ninguna hora de ocio por día; el 28 %, 
con una a dos horas libres por día; el 36 %, con tres a cuatro horas libres por día, y 
el 15 %, con cinco o más horas libres. 

¿Usted lee? 

Preguntamos a cada trabajador la frecuencia con la que lee, sin discriminar formato 
o soporte de lectura. El 81 % dijo mantener el hábito de la lectura; el 19 % lo aban¬ 
donó hace años (6 %) o meses (13 %). 

Entre los lectores, el 59 % dijo leer con asiduidad: algunas veces a la semana (28 %), 
en algún momento del día (27 %) o varias horas al día (4 %). Otros leen algunas 
veces al mes (14 %), alguna vez al año (7 %) o solo en vacaciones (1 %). 

Sexo y edad 

Las mujeres trabajadoras y sindicalizadas en la untmra mantienen una periodicidad 
en la lectura menor a la de los hombres. El 67 % de ellas lee varias horas al día, en 
algún momento del día o algunas veces a la semana o al mes; en esas mismas fre¬ 
cuencias se ubica el 74 % de los hombres. El 33 % de las mujeres lee algunas veces 
al año, solo en vacaciones o ha abandonado la lectura hace años o meses; en esas 
mismas frecuencias se encuentra el 26 % de los hombres. 

En cuanto a las edades, puede constatarse una mejora sustancial de la periodicidad 
de lectura en las franjas etarias más avanzadas. El 67 % de los jóvenes de 19 a 29 
años y el 69 % de quienes tienen entre 30 y 39 años leen con frecuencia diaria, se¬ 
manal o mensual. Para esas mismas frecuencias de lectura, el guarismo salta al 83 % 
entre los trabajadores de 40 a 49 años y al 90 % entre quienes tienen 50 años o más. 

A su vez, el 33 % de los jóvenes de 19 a 29 años y el 31 % de quienes tienen de 30 
a 39 años leen algunas veces al año, solo en vacaciones o abandonaron la lectura 
hace años o meses. El 17 % de los trabajadores de 40 a 49 años y el 10 % de quienes 
tienen 50 años o más leen algunas veces al año, solo en vacaciones o abandonaron 
la lectura hace años o meses. 


Estado civil 

Los trabajadores casados o en concubinato muestran una frecuencia de lectura 
mayor que la de los solteros y casi igual que la de los divorciados. El 82 % lee con 
aceptable regularidad: varias horas al día, en algún momento del día o algunas 


46 




veces a la semana o al mes, mientras que en esas mismas frecuencias se ubica el 
66 % de los solteros. 

En contrapartida, la baja frecuencia de lectura afecta al 34 % de los solteros y al 
18 % de los casados o en concubinato. Entre los divorciados, el 79 % lee con acep¬ 
table o alta frecuencia; el restante 21 %, con baja frecuencia o ya no lee. 

Habitantes del hogar 

Existe una leve mejoría en el hábito de lectura entre aquellos trabajadores que 
viven solos, en comparación con aquellos que viven en hogares con tres o más ha¬ 
bitantes. Este indicio puede profundizarse al indagar elementos complementarios 
a esta realidad, en apariencia secundaria, pero, a efectos de la lectura individual y 
solitaria, sustantiva. 

Hoggart ha observado la excepcionalidad de la soledad en el hogar del trabajador: 
«Estar solo, pensar en soledad o leer en silencio no son actividades muy corrientes» 
(2013, p. 63). Se trata de hogares con alto número de integrantes, de parejas con 
numerosos hijos, de convivencia con abuelos, tíos, primos, en contraste con la baja 
cantidad de integrantes de las familias de los sectores medios o altos, en especial 
en la zona urbana. La dominancia de familias numerosas entre la clase trabajadora 
es determinante respecto a la lectura: es casi impensable acceder a un espacio de 
silencio y privacidad en un hogar masivo, con horarios laborales superpuestos, inte¬ 
racción constante y presencia dominante de los aparatos reproductores de música, 
la televisión, la radio, los celulares y el teléfono fijo, donde este aún subsiste. 

Entonces, entre quienes viven solos, el porcentaje de alta frecuencia de lectura 
llega al 80 % (en forma diaria, semanal o mensual). El 74 % de los trabajadores que 
comparten el hogar con otro habitante lee con alta frecuencia y, en los hogares 
con tres o más habitantes, el 74 % de los trabajadores mantiene ese buen nivel de 
hábito de lectura. 


Economía familiar e individual 

No existe diferencia en la periodicidad de lectura entre los hogares en los que to¬ 
dos los habitantes aportan para la economía familiar y aquellos en los que existen 
más habitantes que colaboradores económicos. 

Por el contrario, la evaluación de la situación económica personal sí incide en la 
habitualidad de la lectura. El 75 % de quienes evalúan como excelente su situación 
económica y el 78 % de quienes la evalúan como buena leen varias horas al día, en 
algún momento del día o algunas veces a la semana o al mes. A su vez, el 69 % de 


quienes consideran su realidad económica comprometida y el 64 % de quienes la 
consideran muy mala también leen con esas mismas frecuencias. 

El porcentaje de trabajadores con baja o nula frecuencia de lectura aumenta a me¬ 
dida que consideran que es peor su condición económica individual: el 31 % de 
quienes consideran que su realidad económica es mala lee algunas veces al año, solo 
en vacaciones o no lee hace años o meses. En esas frecuencias de lectura se ubica el 
36 % de los trabajadores que evalúan como muy mala su realidad económica. 


Jornada laboral 

El 78 % de quienes trabajan 45 horas o menos por semana lee con buena o alta 
frecuencia (diaria, semanal o mensual). El 69 % de quienes trabajan de 46 a 48 horas 
por semana y el 70 % de quienes trabajan 49 horas o más leen con esas frecuencias. 

La baja frecuencia (anual o en vacaciones) o el abandono de la lectura afectan al 
22 % de los trabajadores que cumplen 45 horas o menos de labor semanal. Entre 
quienes trabajan 46 horas o más por semana, la baja frecuencia de lectura o el 
abandono del hábito de leer trepan al 31 %. 


Horas de ocio 

Existe una diferencia sustantiva en la habitualidad en la lectura entre quienes no 
tienen horas libres por día y quienes sí las tienen. 

El 62 % de los trabajadores sin horas libres diarias lee con buena o alta frecuencia; 
el 75 % de los trabajadores con una o dos horas libres lo hace con la misma re¬ 
gularidad, y llegan al 80 % los trabajadores que leen con hábito diario, semanal o 
mensual y cuentan con tres o más horas libres por día. 


Nivel de estudios 

Existe una diferencia importante en la frecuencia de lectura entre los trabajadores con 
estudios primarios, técnicos o secundarios y aquellos que tienen estudios terciarios. 

El 60 % de los trabajadores que cuentan con la educación primaria como último ni¬ 
vel de estudios alcanzado lee con frecuencia diaria, semanal o mensual, así como el 
70 % de quienes tienen educación secundaria o de utu, el 78 % de quienes cuentan 
con cursos de formación técnica y el 95 % de quienes accedieron a cursos terciarios. 

En contrapartida, el 40 % de quienes tienen exclusivamente estudios primarios lee 
alguna vez al año, solo en vacaciones o abandonó la lectura hace meses o años; en 


48 


esas frecuencias se ubican el 22 % de quienes tienen estudios técnicos, el 30 % de 
quienes llegaron a la enseñanza secundaria o a la utu y el 5 % de quienes alcanza¬ 
ron los estudios terciarios. 


El 23 % lee libros 

Recuérdese que la frecuencia de lectura refiere a textos en todo tipo de formato y 
soporte. Otra pregunta planteó al trabajador que marcara las opciones de soporte 
de lectura predilectas entre cinco posibles: libros, diarios o semanarios, revistas, 
internet y materiales de estudio. Esta consulta ofrecía la posibilidad de respuesta 
múltiple: el trabajador podía marcar una o más de las opciones disponibles, de 
modo que, al final, hubo más opciones marcadas que trabajadores encuestados. 

Al especificar soportes de lectura, el libro recibió el 23 % del total de opciones mar¬ 
cadas; el 28 % marcó diarios y semanarios; el 22 %, internet; el 14 %, materiales de 
estudio, y el 13 %, revistas. 

La exigua elección del libro como formato de lectura señala una tendencia menor 
a la constatada en la sociedad. En 2002 fue realizado el estudio de campo para el 
primer informe sobre consumo y comportamiento cultural, estudio denominado 
Imaginarios y consumo cultural, dirigido por Hugo Achugar, Sandra Rapetti, Susana 
Dominzain y Rosario Radakovich (2003). La pesquisa repasó los hábitos de lectu¬ 
ra de los uruguayos. Fue realizado desde el Centro de Estudios Interdisciplinarios 
Latinoamericanos (ceil) de la fhuce (Udelar), con la participación del Banco de Datos 
(Área Sociodemográfica) de la Unidad Multidisciplinaria de la Facultad de Ciencias 
Sociales, con la asistencia de Óscar Roba, Ornar Prats, Mariana Cabrera, Daniel 
Macadar, Giorgina Piani y 82 encuestadores profesionales en todo el país. 

Esta consulta abarcó ciudadanos desde 16 hasta más de 60 años, e indagó sobre 
la percepción que los uruguayos tenemos del Uruguay, a partir de preguntas 
sobre ideas instaladas en la conciencia social: ¿Tiene futuro el Uruguay ?; Basta 
ya de Maracaná, hay que mirar para delante ; A ios uruguayos Íes cuesta cambiar, 
Los uruguayos se quejan demasiado; Viveza criolla, y Garra charrúa; también 
sobre la religión, la reconstrucción del Teatro Solís y del Auditorio Nacional del 
Servicio Oficial de Difusión, Radiotelevisión y Espectáculos (sodre), los costos 
y las políticas culturales, la televisión, lo nuestro y lo local, lo viejo y lo nuevo, 
etc. La encuesta sobre consumo cultural abarcó la música, la lectura, la radio y 
la televisión, el cine, el video, el Carnaval y el teatro, los recitales de poesía, las 
conferencias y las presentaciones de libros, las artes plásticas, internet. Se hizo 
extensiva a todo el país y agregó un estudio particular en el departamento de 
Salto y otro sobre la televisión pública. 



LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


En cuanto a nuestra encuesta, recordemos que se concentró en una muestra de 
trabajadores metalúrgicos y en la literatura, con especial énfasis en la lectura, y 
consideró datos complementarios sobre la realidad económica y educativa. 

Al comparar el segmento reservado para la lectura, los abordajes de cada una de 
estas dos encuestas fueron diferentes. Imaginarios y consumo cultural preguntó a 
los uruguayos cuántos libros leían al año, mientras que nosotros preguntamos — 
solo a trabajadores sindicalizados en la untmra — qué tipo de soportes de lectura 
eran sus predilectos. Aquella encuesta constató que el 57 % de los uruguayos lee 
varios o algún libro al año, mientras que el 43 % restante casi nunca o nunca lee 
libros (Achugar et. al., p. 55). En nuestra investigación encontramos solo 23 % de 
trabajadores que elige el libro a la hora de leer. 

La encuesta Imaginarios y consumo cultural brindó un espacio particular a cada 
soporte de lectura (libros, diarios, semanarios, revistas y otras publicaciones). El 
estudio comprobó que el 9 % de la población lee diarios todos los días; el 18 %, 
lo hace algunas veces por semana; el 15 %, solamente los domingos, y el 27 %, 
ocasionalmente, totalizando una performance de lectura de periódicos del 69 % 
entre diaria y ocasional. A su vez, el 29 % lee semanarios, el 53 % lee revistas, el 
47 % nunca las lee. El 31 % utiliza internet; el 69 % nunca lo hace (Achugar et. al., 
pp. 58, 62 y 101). 

A diferencia de este estudio, en nuestro abordaje no analizamos el comportamien¬ 
to individual hacia cada uno de los soportes de lectura, a excepción del libro. Solo 
atendimos la elección del soporte de lectura en comparación con los restantes. Y 
aquí, la casi igualdad porcentual entre quienes leen en formato libro y quienes leen 
en internet se explica, en parte, por el aumento exponencial del acceso a medios 
electrónicos y uso de internet entre 2002 (año de la encuesta de Achugar) y 2011 
(año de nuestra investigación). 

Luego de tomar en cuenta lo anterior, cabe destacar que tanto la regularidad en la 
lectura como la cantidad de referencias a soportes de lectura aumentan entre los 
trabajadores que citan libros o autores, es decir, entre aquellos que han tenido o 
tienen al libro como referencia a la hora de leer. 

El 85 % de quienes recuerdan títulos de libros o nombres de autores declaran una 
buena o alta frecuencia de lectura. Entre quienes no recuerdan libros ni autores el 
porcentaje para esas frecuencias baja al 61 %. 

A su vez, el abandono de la lectura afecta al 11 % de los trabajadores que recuerdan 
el título de un libro o el nombre de un autor, pero aumenta al 26 % entre quienes 
no recuerdan libros ni autores. 


50 



Sobre la base de lo anterior, es posible pensar que el vínculo del trabajador con la 
lectura del volumen impreso repercute en una centralidad y un desarrollo del hábi¬ 
to de la lectura en su vida y, además, que esta práctica se expande hacia soportes 
diversos, en especial periódicos y semanarios, pero también internet y materiales 
de estudio. Es precisamente el libro el eje del que depende, en gran medida, el 
hábito sostenido de la lectura por parte del trabajador. Cuando el libro desaparece 
de su vida, la frecuencia de lectura decae y esta desarticulación se transforma en un 
factor generalizado, de modo que, en caso de mantener un hábito lector en otros 
soportes, los registros se ven afectados de manera negativa, si los comparamos con 
los ofrecidos por trabajadores que sí mantienen la lectura en libro. 


Leer en la infancia 

Le preguntamos al trabajador si solía leer durante la infancia. El 57 % respondió 
que sí lo hacía; el 33 %, que leía muy poco; el 10 %, que no tuvo ese hábito cuan¬ 
do niño. El 69 % de las mujeres leía durante su infancia; el 31 % no leía o leía muy 
poco. El 55 % de los hombres tenía el hábito de leer durante su niñez; el 45 % no 
lo tenía o leía muy poco. 

La lectura durante la infancia incrementa en los grupos de edad madura. El 53 % de 
quienes tienen de 19 a 29 años, el 54 % de quienes tienen de 30 a 39 años, el 62 % 
de quienes tienen de 40 a 49 años y el 68 % de quienes tienen 50 años o más leían 
durante su infancia. 


Compra de libros 

El 55 % de los trabajadores encuestados nunca o casi nunca compra libros. El 45 % 
restante compra libros con frecuencia mensual o anual. 

Este último guarismo es superior al que puede encontrarse en la sociedad. La en¬ 
cuesta de Achugary sus colaboradores registró que el 31 % compra libros, mientras 
que el 47 % los obtiene por préstamo, el 16 % los recibe como regalo, el 3 % los 
fotocopia, el 2 % los consigue por otros medios y el 1 % no respondió la consulta, 
con importantes variaciones de acuerdo al nivel del ingresos y otras condiciones 
de la persona abordada (Achugar et. al., 2003, p. 57). Nuestro estudio no discriminó 
formas de adquisición del libro, tampoco si el libro era adquirido para uso personal, 
para regalo a terceros, si se trataba de material educativo para niños o adolescen¬ 
tes, etc., sino que se concentró en determinar las frecuencias de compra. 

Los resultados de nuestra consulta muestran que el 50 % de las mujeres trabaja¬ 
doras sindicalizadas en la untmra nunca o casi nunca compra libros; el otro 50 % 


compra libros con periodicidad anual —mayormente— o mensual —excepcional¬ 
mente—. El 56 % de los hombres nunca o casi nunca compra libros; el 44 % compra 
libros con frecuencia anual o mensual. 

La compra de libros es menor entre los jóvenes que entre los trabajadores de mayor 
edad. El 63 % de los jóvenes de 19 a 29 años nunca o casi nunca compra libros; ese 
comportamiento es practicado por el 57 % de quienes tienen de 30 a 39 años, el 
47 % de quienes tienen de 40 a 49 años y el 54 % de quienes tienen 50 años o más. 

A su vez, compran libros alguna vez al año o al mes: el 37 % de los jóvenes de 19 a 
29 años; el 43 % de quienes tienen de 30 a 39 años; el 53 % de quienes tienen de 
40 a 49 años, y el 46 % de quienes tienen 50 años o más. 

La formación educativa institucional incide en la compra de libros. El 65 % de quienes 
alcanzaron la enseñanza primaria como último nivel educativo nunca o casi nunca 
compra libros, lo mismo que el 58 % de quienes llegaron a la educación secundaria o 
a la utu, el 30 % de quienes realizaron cursos de formación técnica en otros servicios 
del sistema educativo y el 56 % de quienes cursaron estudios terciarios. 


La memoria de los lectores 

Recordemos que el formulario solicita al trabajador que escriba los nombres de 
hasta tres autores y hasta tres libros que haya leído en algún momento de su vida. 
El 48 % de los trabajadores encuestados no pudo documentar la lectura de libros, 
mientras el 52 % sí pudo hacerlo y citó entre uno y seis nombres de autores y títu¬ 
los de volúmenes. El análisis sobre los títulos y los nombres de los autores citados 
puede observarse en las siguientes secciones de este capítulo. Apuntamos, antes, 
algunos resultados relevantes. 

Cada uno de los dos subgrupos elegidos de acuerdo a esta capacidad de recordar 
los nombres de autores o libros ofrece composiciones diferenciadas. Los trabaja¬ 
dores que no citan libros ni autores son más jóvenes que los trabajadores que citan 
nombres de algún libro o de algún autor. La encuesta revela que un tercio de los 
trabajadores que no citan libros ni autores tienen menos de 30 años, mientras que 
solo un cuarto de quienes sí citan libros y autores tienen esa edad. 

Los trabajadores que no citan libros ni autores son predominantemente solteros 
(51 %), evalúan su realidad económica como comprometida o muy mala (56 %) y 
casi la mitad de ellos (48 %) se considera cansado o agotado al término de la jor¬ 
nada laboral. A su vez, estos trabajadores cumplen horarios de: 45 horas o menos 
(38 %), entre 46 y 48 horas (46 %) o más de 49 horas de trabajo por semana (16 %). 
No tienen horas de ocio diario (34 %), tienen entre una y cuatro horas de ocio por 


52 


1 


LA 

ENCUESTA 


día (51 %) o más de cinco horas para actividades extra laborales (15 %). Por últi¬ 
mo, el nivel educativo formal de estos trabajadores alcanza la enseñanza primaria 
(15 %), secundaria o utu (63 %), otras formaciones técnicas (20 %) o el nivel terciario, 
completo o incompleto (2 %). 

El 56 % de los trabajadores que sí citan nombres de autores y libros está casado, 
vive en concubinato o se ha divorciado; el restante 44 % es soltero. El 53 % evalúa 
su realidad económica como excelente o buena, el 47 % la evalúa como compro¬ 
metida o muy mala. El 51 % de quienes citan autores o textos se siente excelente o 
bien al término de la jornada laboral. El 46 % trabaja 45 horas o menos por semana; 
el 41 % lo hace entre 46 y 48 horas; el 13 % restante trabaja 49 horas o más. Las 
horas de ocio diario varían entre cero (11 %), de una a cuatro horas (74 %) y cinco 
horas o más (15 %). El 4% cuenta con la enseñanza primaria como último nivel de 
estudios alcanzado; el 58 %, con educación secundaria o utu; el 29 %, con otras 
formaciones técnicas, y el 9 %, con la educación terciaria. 


Grandes lectores 

El 31 % de los trabajadores encuestados declara tener una alta frecuencia de lec¬ 
tura, igual a varias horas diarias o de algún momento del día. Recuérdese que la 
consulta sobre frecuencia de lectura involucró todo tipo de soportes de texto. 

Dentro de este subgrupo de lectores, el 95 % son hombres y el 5 %, mujeres. 
El 66 % de estos trabajadores tiene 39 años o menos; el 34 % restante tiene 40 
años o más. 

El 47 % de quienes leen a diario son solteros; el 46 % está casado o en concubinato; 
el 7 %, divorciado. El 25 % vive en hogares de uno o dos habitantes; el 75 % restan¬ 
te, en hogares de tres habitantes o más. 

El 56 % evalúa como excelente o buena su realidad económica personal; el 44 % la 
considera comprometida o muy mala. El 63 % se siente excelente o bien al término 
de la jornada laboral; el 37 % se siente cansado o agotado al concluir su horario de 
trabajo. El 45 % cumple una semana laboral de 45 horas o menos; el 43 % trabaja 
entre 46 y 48 horas por semana, y el 12 % restante lo hace 49 horas o más. El 16 % 
no tiene horas libres por día para el ocio personal; el 37 % tiene entre una y dos 
horas libres al día, y el 47 % restante cuenta con tres y más horas libres a diario para 
su ocio individual. 


El 8 % de los trabajadores que lee a diario cuenta con la educación primaria como 
último nivel de estudios alcanzado; el 57 %, con enseñanza secundaria o la utu; el 
22 %, con cursos de formación técnica, y el 13 %, con estudios terciarios. 


53 



LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


Abandono de la lectura 

DANIEL 

VIDAL El 19 % de los trabajadores encuestados declara haber abandonado la lectura hace 

meses o años. Dentro de este grupo, el 89 % son hombres; 11 % son mujeres. El 
80 % tiene 39 años o menos; el 20 % restante tiene 40 años o más. 

El 64 % de quienes abandonaron la lectura son solteros, el 28 % está casado o en 
concubinato, el 8 % se ha divorciado. El 27 % vive en hogares de uno o dos habi¬ 
tantes; el 73 %, en hogares de tres o más habitantes. 

El 42 % evalúa como excelente o buena su realidad económica personal; el 58 % la 
considera comprometida o muy mala. El 44 % se siente excelente o bien al término 
de la jornada laboral; el 56 % se siente cansado o agotado al concluir su horario de 
trabajo. El 39 % cumple una semana laboral de 45 horas o menos; el 48 % trabaja 
entre 46 y 48 horas por semana, y el 13 % restante lo hace 49 horas o más. El 26 % 
no tiene horas libres por día para el ocio personal, el 40 % tiene entre una y dos 
horas libres al día y el 34 % restante cuenta con tres y más horas libres a diario para 
su ocio individual. 

El 16 % de los trabajadores que abandonó la lectura hace meses o años cuenta 
con la enseñanza primaria como último nivel de estudios alcanzado; el 64 %, con 
estudios secundarios o la utu, y el 20 %, con cursos de formación técnica. Ninguno 
de ellos realizó estudios de nivel terciario. 


Leer a los 19 

El 67 % de los trabajadores más jóvenes, de 19 a 29 años, lee con frecuencia diaria, 
semanal o mensual; el 33 % lee alguna vez al año, solo en vacaciones o abandonó 
la lectura hace años o meses. Leen en: internet (30 %), diarios y semanarios (25 %), 
libros (18 %), revistas (14 %) y materiales de estudio (13 %). 

Este grupo de jóvenes es mayormente soltero (83 %); está casado o vive en con¬ 
cubinato (16 %), o está divorciado (1 %). El 24 % vive en hogares de uno a dos 
habitantes; el 49 %, en hogares de tres a cuatro habitantes; el 27 %, en hogares de 
cinco habitantes o más. El 56 % considera que su realidad económica personal es 
buena; el 44 % la considera comprometida o muy mala. 

El 46 % termina la jornada laboral excelente o bien; el 54 %, al término de su jor¬ 
nada laboral, se siente cansado o agotado. El 34 % de estos jóvenes trabajadores 
cumple 45 horas o menos por semana; el 48 % lo hace de 46 a 48 horas, y el 18 % 
trabaja 49 horas o más. 


54 



El 16 % declara no contar con horas libres por día para su ocio personal, el 76 % 
tiene de una a cuatro horas libres por día y el 8 % tiene cinco horas libres o más. El 
6 % cuenta con la enseñanza primaria como último nivel de estudios alcanzado; el 
68 %, con educación secundaria o utu; el 23 %, con estudios técnicos; el 3 %, con 
estudios terciarios. 


Leer a los 50 

El 91 % de los trabajadores más veteranos, de 50 años a 65 años, lee con frecuencia 
diaria, semanal o mensual; el 9 % lee alguna vez al año, solo en vacaciones o aban¬ 
donó la lectura hace años o meses. Leen diarios y semanarios (34 %), libros (21 %), 
revistas (21 %) internet (12 %) o materiales de estudio (12 %). 

El 56 % de los trabajadores en la edad recién indicada es casado o vive en concu¬ 
binato; el 3 %, soltero, y el 41 %, divorciado. El 37 % vive en hogares de uno a dos 
habitantes; el 50 %, en hogares de tres a cuatro habitantes; el 13 %, en hogares de 
cinco habitantes o más. El 80 % considera que su realidad económica personal es 
excelente o buena; el 20 % la considera comprometida o muy mala. 

El 53 % se siente bien al término de su jornada laboral; el 47 % se siente cansado o 
agotado al finalizar el día. El 50 % de estos trabajadores de 50 años o más trabaja 
45 horas o menos por semana; el 40 % lo hace de 46 a 48 horas, y el 10 % trabaja 

49 horas o más. 

El 13 % declara no contar con horas libres por día para su ocio personal, el 70 % 
tiene entre una y cuatro horas libres por día y el 17 % tiene cinco horas libres o más. 
El 19 % cuenta con educación primaria como último nivel de estudios alcanzado; el 

50 %, con la enseñanza secundaria o utu; el 28 %, con estudios técnicos diversos; el 
3 %, con estudios terciarios. 


Internet 

El 7 % de los trabajadores que respondieron la consulta sobre los soportes de lec¬ 
tura predilectos solo utilizan internet, de modo que ese grupo no lee libros, diarios 
o semanarios, revistas ni material de estudio en soporte de papel. Ninguno de ellos 
lee varias horas al día; el 48 % lee con frecuencia semanal o mensual, y el 52 %, 
alguna vez al año, solo en vacaciones o abandonó la lectura hace años o meses. 

El 42 % de ellos tiene entre 19 y 29 años; el 48 %, entre 30 y 39 años; el 5 %, entre 
40 y 49, y el 5 % tiene 50 años o más. El 71 % está soltero; el 24 %, casado, y el 5 %, 
divorciado. El 30 % vive en hogares con uno o dos habitantes; el 55 %, en hogares 
de tres a cuatro habitantes, y el 15 %, en hogares de cinco habitantes o más. 


55 


El 43 % evalúa su realidad económica como excelente o buena; el 57 % la considera 
comprometida o muy mala. El 55 % termina la jornada laboral excelente o bien; 
el 45 % al término de su jornada laboral se siente cansado o agotado. El 14 % de 
estos trabajadores trabaja 45 horas o menos por semana; el 72 % lo hace de 46 a 
48 horas, y el 14 % trabaja 49 horas o más. 

El 10 % declara no contar con horas libres por día para su ocio personal, el 65 % 
tiene entre una y cuatro horas libres por día y el 25 % tiene cinco horas libres o más. 
El 14 % cuenta con enseñanza primaria como último nivel de estudios alcanzado; 
el 76 %, con educación secundaria o utu; el 10 %, con estudios técnicos diversos; 
ninguno de ellos accedió a cursos de nivel terciario. 


Libros 

De los 311 trabajadores encuestados, 25 (8,5 %) eligieron de manera exclusiva la 
opción íibros ante la consulta sobre tipos o soportes de lectura habituales. El 75 % 
de ellos lee con frecuencia diaria, semanal o mensual y el 25 % lo hace alguna vez 
al año, solo en vacaciones o abandonó la lectura hace años o meses. 

El 4 % tiene entre 19 y 29 años; el 75 %, entre 30 y 39; el 13 %, entre 40 y 49 años, y 
el 8 % tiene 50 años o más. El 48 % está soltero; el 36 %, casado, y el 16 %, divorcia¬ 
do. El 35 % vive en hogares con uno a dos habitantes; el 39 %, en hogares de tres a 
cuatro habitantes, y el 26 %, en hogares de cinco habitantes o más. 

El 50 % evalúa su realidad económica como excelente o buena; el 50 % restante la 
considera comprometida o muy mala. El 52 % termina la jornada laboral sintién¬ 
dose bien; el 48 % al término de su jornada laboral se siente cansado. El 56 % de 
estos trabajadores trabaja 45 horas o menos por semana; el 32 % lo hace de 46 a 
48 horas, y el 12 % trabaja 49 horas o más. 

El 29 % declara no contar con horas libres por día para su ocio personal; el 67 % 
tiene entre una y cuatro horas libres por día, y el 4 % tiene cinco horas libres o más. 
El 8 % cuenta con la educación primaria como último nivel de estudios alcanzado; 
el 67 %, con enseñanza secundaria o utu; el 21 %, con estudios técnicos diversos; el 
4 % accedió a cursos de nivel terciario. 


56 


1 


LA 

ENCUESTA 

3. OBRAS Y AUTORES 


La encuesta sobre lecturas solicita al trabajador que escriba los nombres de uno y 
hasta tres autores, así como los títulos de uno y hasta tres libros que haya leído en 
algún momento de su vida. 

Este registro de lectura quedó circunscripto al volumen impreso. Dejamos abierta la 
categoría a cualquier tipo de lectura, por ejemplo, literaria o no literaria, de modo 
que, si bien las referencias abarcan mayormente el libro de ficción, también am¬ 
pararon otras disciplinas y otros registros como la historia, el ensayo, la economía 
política, la autoayuda, etc. 

El 52 % de los encuestados —161 trabajadores— pudo citar un autor o un libro; el 
48 % —150 trabajadores— no pudo recordar el nombre de un autor o de un volu¬ 
men leído en algún momento de sus vidas. El 53 % del primer grupo citó entre uno 
y tres autores o títulos de libros; el 47 % pudo citar entre cuatro y seis nombres de 
autores o títulos de libros. 


156 autores, 157 obras 

El primero de estos dos grupos de trabajadores logra, con sus respectivas citas, una 
lista de 156 autores y 157 obras (libros, cuentos o poemas). 

Los trabajadores citaron de manera directa los nombres de 104 autores. Además, 
mencionaron el título de las obras de otros 52 escritores, aunque no pudieron re¬ 
cordar sus nombres. Así, por las dos vías indicadas, los autores citados o referidos 
suman 156. 


Los autores más citados 

La pregunta sobre nombres de autores y de libros permitía incluir hasta seis res¬ 
puestas, tal como se indicó. Así, la cantidad de citas sumadas de escritores y de 
libros supera a los 161 trabajadores que respondieron positivamente esta consulta. 

Los nombres de escritores recordados directamente por los trabajadores fueron 
104, pero estos mismos nombres fueron mencionados 332 veces. Los que siguen 
son los 11 escritores más citados de manera directa por sus nombres: Benedetti, 
quien recibió 19 % de las menciones a autores; Galeano, 11,7 %; Paulo Coelho, 
7,8 %; Horacio Quiroga, 5,7 %; Gabriel García Márquez, 4,8 %; Isabel Allende, 3,3 %; 
Jorge Bucay, 2,1 %; Pablo Neruda, 2,1 %; Juana de Ibarbourou, 1,8 %; Mario Vargas 
Llosa, 1,5 %, y Roy Berocay, 1,5 %. 


57 



LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


Las obras más citadas 

DANIEL 

VIDAL Los títulos de obras citados por estos trabajadores suman 157 y la cantidad de citas 

de estas mismas obras asciende a 231. Los 12 títulos más recurridos por los obreros 
metalúrgicos son los siguientes: Las venas abiertas de América Latina, de Galeano, 
9,5 %; El alquimista, de Coelho, 4,3 %; La casa de los espíritus, de Allende, 2,6 %; 
Gracias por el fuego, de Benedetti, 2,2 %; Cien años de soledad, de García Márquez, 

2.2 %; Cuentos de amor, de locura y de muerte, de Quiroga, 2,2 %; ¡Viven! La tragedia 
de los Andes, de Piers Paul Read, 1,7 %; Manual para entender quién vacía el sobre de 
la quincena, de José Luis Massera, 1,7 %; Mi planta de naranja lima, de José Mauro 
de Vasconcelos, 1,7 %; la Biblia, 1,3 %; El principito, de Antoine de Saint-Exupéry, 

1.3 %, y Martín Fierro, de José Hernández, 1,3 %. 


Los autores con más obras citadas 

Algunos escritores se destacan del resto porque los trabajadores han podido citar 
dos o más de sus obras. 

Benedetti es el autor con mayor número de obras y textos citados, diez en total: la 
novela Gracias por el fuego fue nombrada en cinco oportunidades; Montevideanos, 
en dos ocasiones; el cuento «Los pocilios» de Montevideanos, Andamios, Antología 
poética, Inventario, La borra del café, La tregua, Preguntas al azar y Poemas de la 
oficina se mencionaron en una oportunidad cada uno. 

Coelho es citado por cinco libros: El alquimista, en diez oportunidades; Verónika 
decide morir y Once minutos, cada uno en dos oportunidades; El vencedor está solo 
y El zahir, una vez cada uno. 

Quiroga es recordado por cinco de sus libros o de sus cuentos: Cuentos de amor, 
de locura y de muerte, cinco veces; «A la deriva», dos veces; «El almohadón de plu¬ 
mas», dos veces; Cuentos de la selva y Anaconda, una vez cada uno. 

Galeano es leído por cuatro de sus obras: Las venas abiertas de América Latina, 
citada en veintidós oportunidades; El fútbol a sol y sombra, dos veces; Memoria del 
fuego, una vez, y Patas arriba. La escuela del mundo al revés, una vez. 

Allende también cuenta con cuatro libros citados: La casa de los espíritus, mencio¬ 
nado en seis oportunidades; Paula, dos veces; Retrato en sepia, una vez, y La suma 
de los días, una vez. 

García Márquez tiene tres obras citadas: Cien años de soledad, en cinco ocasiones, 
El amor en los tiempos del cólera y Ojos de perro azul, cada una en una oportunidad. 


58 



Carlos Marx también cuenta con tres obras citadas, todas en una ocasión: El capital, 
Obras escogidas y El manifiesto comunista (en coautoría con Friedrich Engels). 

Otros autores son recordados por dos de sus obras: De Vasconcelos por Mi planta 
de naranja lima (cuatro veces) y Rosinha, mi canoa (una vez); Fiódor Dostoievski 
por Crimen y castigo y El jugador, una vez cada una; Umberto Eco por El nombre de 
la rosa (una vez) y El péndulo de Foucault (dos veces); Neruda por Veinte poemas 
de amor y una canción desesperada y «Si tú me olvidas», en una oportunidad cada 
obra; Mauricio Rosencof por Memorias del calabozo y Las cartas que no llegaron, 
una vez por cada obra; José Saramago por Ensayo sobre la ceguera y El evangelio 
según Jesucristo, una vez por cada obra; Wenceslao Varela por Vinchas y Candiles, 
en una oportunidad por cada título. 

El resto de los escritores fueron recordados por solo una de sus obras. 


Los géneros predilectos 

Los autores y las obras citados por los 161 trabajadores metalúrgicos pueden agru¬ 
parse de acuerdo a los géneros literarios tradicionales: prosa, poesía y dramaturgia, 
y en ese orden han sido los predilectos. 

El 51 % de las obras citadas corresponde a prosa de ficción; el 38 %, a prosa no 
ficcional; el 10 %, a poesía, y el 1 %, a dramaturgia. Si discriminamos por autores 
citados o referidos se trata de: 91 % de autores con mayoría de obras en prosa 
(ficción o no ficción); 8 %, de poesía; 1 %, de dramaturgia. 

Las subdivisiones aquí elegidas no son las mismas que las planteadas por la encues¬ 
ta a escala nacional de Imaginarios y consumos culturales. Sin embargo, conviene 
recordar que, respecto a las predilecciones de lectura por géneros, temas o áreas, 
aquel estudio recogió las siguientes preferencias de los uruguayos: novelas/cuen¬ 
tos, 59 %; ensayos/estudios, 34 %; biografía, 21 %; poesía/teatro, 15 %; cocina/ 
jardinería/manualidades, 9 %; salud, 9 %; autoayuda, 9 %; humor, 8 %; religión, 7 %; 
otros, 6 %; arte/cine/fotografía, 4 % (Achugar et. al., 2003, pp. 56-57). 


País o región de origen 

Casi un tercio (32 %) de los autores elegidos por los metalúrgicos son europeos; 
luego, menos de un cuarto de los autores (23 %) nacieron o viven en países lati¬ 
noamericanos, a excepción de Uruguay. En tercer lugar de preferencia se ubican 
los autores nacidos en nuestro país (22 %) y, por debajo, con el 20 % del total, 
encontramos a los autores nacidos o radicados en Estados Unidos. Solo el 3 % de 
los autores leídos por los metalúrgicos nació o vive en otras regiones del planeta. 


4. LAS PÁGINAS DE LOS LECTORES 


El corpus de lecturas en formato libro mencionado por los lectores metalúrgicos 
es heterogéneo y con apreciables tendencias internas. Esta diversidad puede con¬ 
siderarse desde las predilecciones temáticas o de autores por parte de grupos de 
lectores obreros, tal como desglosamos enseguida, siempre con relación a los 161 
trabajadores que citan autores o libros. Interesa, en este caso, mostrar algunos 
cruces de lecturas, copresencias de autores y de títulos en uno o en varios lectores. 


Benedetti y Galeano 

Veinte lectores confiesan compartir sus preferencias por las obras de Benedetti y de 
Galeano. Cinco de ellos escribieron solo los apellidos de estos dos escritores com¬ 
patriotas. Los restantes quince lectores recordaron, además de ellos, los nombres 
de otros escritores y, a veces, de sus obras. 

Un grupo de cinco de estos lectores comparten la lectura de los dos uruguayos con la de 
otros autores de nuestro país, de Latinoamérica o de Europa, en todos los casos de origen 
hispano y del universo letrado y canónico, a veces provenientes de la izquierda política. 

Un lector, además de Benedetti y Galeano, recordó a Quiroga —sin especificar 
obra—, y los libros Memorias del calabozo y Las cartas que no llegaron, de Rosencof, 
y Algo habrán hecho, de Elena Cabrejas. Otro lector agrega entre sus referencias a 
Vargas Llosa; otro, a Quiroga, y otro más, a Berocay y su libro El sapo Ruperto. Por 
último, un lector agregó a Mario Delgado Aparaín —sin obra referida— y al poeta 
Antonio Machado con sus Obras completas. 

Cuatro lectores de Benedetti y Galeano abrieron el abanico de lecturas hacia otras 
predilecciones. Uno de ellos citó Veinte mil leguas de viaje submarino, de Julio 
Verne y El camino de las lágrimas, de Bucay. Otro lector agregó Los bienes terrena¬ 
les del hombre, de Leo Huberman. Otro, la Biblia y otro, a Danielle Steel, de quien 
no citó título de libro. 

Hubo dos lectores que, junto a Benedetti y Galeano, mencionaron a Allende y coin¬ 
cidieron en nombrar su libro La casa de los espíritus. 

Otros dos citaron a los escritores uruguayos y, además, a Coelho, en un caso, con 
Verónika decide morir, el otro lector agregó La parábola de Pablo. Auge y caída de 
un gran capo del narcotráfico, de Alonso Salazar Jaramillo. 

Por último, dos lectores de estos veinte que citaron a Benedetti y Galeano dieron 
cuenta de lecturas de autores de la izquierda y, de manera especifica, del campo 


60 


1 


LA 

ENCUESTA 


comunista. Uno de ellos citó a Massera y su obra Manual para entender quién vacía 
el sobre de la quincena; el otro, a los narradores: Saramago con Ensayo sobre la 
ceguera, y Máximo Gorki con La madre. 

Estos veinte lectores son un ejemplo, entre muchos, de simultaneidad entre la 
búsqueda de una identidad y de puntos de apertura hacia otras direcciones coinci¬ 
dentes o discordes con la primera. 


Benedetti y Coelho 

Hay quince lectores que tienen en común la elección de las obras de Benedetti y de 
Coelho; dos de ellos fueron mencionados más arriba, ya que, además, comparten 
otra dirección de lectura, que involucra a Galeano. 

De estos quince lectores, siete solo indicaron los nombres de los dos escritores en 
cuestión. Los ocho restantes agregaron otros textos o autores y, por tanto, otros 
horizontes de lectura. 

Cuatro lectores incluyen a Benedetti y Coelho y a autores uruguayos o latinoameri¬ 
canos en sus menciones: Julio Cortázar, Alejandro Figueredo con Yo estuve ahí, Juan 
José Morosoli y Berocay, en una oportunidad cada uno. 

Los cuatro lectores restantes aquí considerados agregan: Las cuitas del joven Werther, 
de Johann Wolfgang von Goethe, nombrado en un caso; otro lector cita a Neruda y 
Amado (este último autor con Gabriela, clavo y canela)] otro, La conspiración, de Dan 
Brown, y el restante menciona a Paula y La suma de los días, de Allende. 

En este universo acotado de quince lectores, resulta aventurado arriesgar conclu¬ 
siones, salvo la evidente compatibilidad de las obras de Benedetti y de Coelho ante 
los ojos de estos trabajadores metalúrgicos y la reiteración de zonas de ampliación 
de esos mundos literarios hacia zonas del canon literario nacional y latinoamerica¬ 
no, más otros ejemplos que no desarticulan aquel eje estético-ideológico, por lo 
demás, bastante amplio. 


Benedetti y Quiroga 

Nueve lectores comparten sus gustos por la obra de Benedetti y de Quiroga. Tres 
de ellos solo mencionan los nombres de estos dos escritores compatriotas. Los 
otros seis agregan los siguientes autores y, a veces, obras, uno por cada lector 
metalúrgico: García Márquez; Idea Vilariño; Berocay; Diez días que estremecieron al 
mundo, de John Reed; Ignacio Martínez, y Guillermo Lockhart. 


61 



LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


Benedetti, Allende y otros 

DANIEL 

VIDAL Como se observó, un trabajador era lector de la obra de Benedetti, Coelho y 

Allende. Pues bien, otros tres lectores comparten en sus recuerdos el gusto por la 
obra del primero y el tercero de estos escritores. 

Y los tres, si bien descartan en esta consulta puntual a Coelho, agregan otros: uno 
de ellos nombra a Gustavo Adolfo Bécquer; otro, El amor en los tiempos del cólera 
y Cien años de soledad, de Garda Márquez, y el restante, La tierra purpúrea, de 
William Henry Hudson y El péndulo de Foucault, de Eco. 


Benedetti y el canon latinoamericano 

Otros nueve lectores comparten su gusto por la obra de Benedetti y escritores del 
canon uruguayo (Ibarbourou, Quiroga) y latinoamericano (García Márquez, Vargas 
Llosa), con alguna mirada hacia España (Federico García Lorca), siempre preser¬ 
vando cierto esteticismo de obras y autores circulantes entre los sectores medios 
y letrados, y el agregado de otros escritores contemporáneos (Truman Capote), en 
algún caso de un escritor de amplia difusión (Horacio Castellanos Moya). 

Los ejemplos de estas lecturas combinadas se empalman con ejemplos anteriores 
del grupo de lectores que sumaban en sus predilecciones a Benedetti y a Galeano, 
por ejemplo, o a Benedetti y a Quiroga, y que aquí no retomaremos. 

Si volvemos a la obra de Benedetti como único pivot, encontramos los canales de 
salida en los siguientes ejemplos de otros autores que lo acompañan en la mención 
de los respectivos lectores: 

• García Márquez y Vargas Llosa. 

• Ibarbourou y Neruda. 

• Capote y Vargas Llosa. 

• Vargas Llosa. 

• Ernest Hemingway ( El viejo y el mar), García Márquez ( Ojos de perro azul) 
y De Vasconcelos (Mí planta de naranja lima). 

• Vargas Llosa y José Pedro Charlo, Aldo Garay y Virginia Martínez ( El círcu¬ 
lo. Las vidas de Henry Engler). 

• Neruda. 

• Ibarbourou. 


62 



Federico García Lorca. 


• Neruda («Si tú me olvidas») y Castellanos Moya [El arma en el hombre). 

• Tom Clancy. 

Los lectores de Eduardo Galeano 

Si tomamos los lectores que citan a Galeano como punto de partida o articulación 
de lecturas, encontramos, además, lectores que leen libros de Allende y de los 
siguientes autores: 

• Rosencof. 

• García Márquez y Quiroga. 

• Saramago [El evangelio según Jesucristo) y Alejandro Dolina [El libro del fantasma). 

• J. K. Rowling [Harry Potter y la piedra filosofal) y Eleuterio Fernández 
Huidobro [La fuga de Punta Carretas). 

• Bucay; Walter Graziano [Nadie vio MatrN); J. Patrice McSherry [Los Estados 
depredadores: la Operación Cóndor y la guerra encubierta en América 
Latina), y Sara Méndez y Raúl Olivera. 

• Rosencof y Horacio Tato López. 

• Neruda y Vargas Llosa. 

• Ibarbourou, Quiroga [Cuentos de amor, de locura y de muerte) y Virginia 
Woolf (su cuento «La mancha en la pared»). 

A estas combinaciones se agregan otras, también con Galeano como autor en co¬ 
mún, que corresponden a los siguientes escritores, en varios casos provenientes del 
universo marxista y comunista, pero en un arco ideológico y estético que abarca 
latitudes divergentes y opuestas: 

• Massera (Manual para entender quién vacía el sobre de la quincena) y 
Enrique Rodríguez (Un movimiento obrero maduro). 

• Gorki (La madre) y Marx (Obras escogidas). 

• Massera (Manual para entender quién vacía el sobre de la quincena) y Engels. 

• Fernández Huidobro, Alfonso Lessa (Estado de guerra) y Fernando Amado 
(En penumbras. La masonería uruguaya [1973-2008]). 

• Francisco Gerardo Haghenbeck (Trago amargo) y Ettore Pierri (Vida, pa¬ 
sión y muerte de Emiliano Zapata). 


• Jorge Luis Borges y Miguel de Cervantes. 

• Antonio Gramsci y José María Arguedas. 

• Hermann Hesse, Walt Whitman y Antonin Artaud. 

• Nicolás Maquiavelo (El príncipe). 

Otros lectores de Galeano amplían el campo estético e ideológico con los siguien¬ 
tes ejemplos de autores y libros citados: 

• Jacques Bergier {El libro de lo inexplicable), Read (¡Viven! La tragedia de los 
Andes), Hugo Barreto, Gustavo Ekroth y García Márquez ( Cien años de soledad). 

• Viktor Frankl {El hombre en busca de sentido), De Vasconcelos y Massera 
(.Manual para entender quién vacía el sobre de la quincena). 

• Sé fiel a ti mismo, libro de espiritualidad escrito por varios autores. 

• Sidney Sheldon, Viktor Kravchenko {Yo elegí la libertad) y Juan Carlos Onetti. 

Otros ejemplos de lectores de Galeano pueden repasarse en el espacio dedi¬ 
cado a las lecturas combinadas de este escritor y de Benedetti, ya indicadas. 
Allí se encontrarán ratificaciones de las tendencias ya ofrecidas en los últi¬ 
mos párrafos. 

En este grupo de lectores de Galeano son notorias las predilecciones de lectura. 
Si comparamos este grupo con los lectores de la obra de Benedetti, podríamos 
entablar coincidencias en la elección de otros temas y autores, con diferencias 
solo de acento. Los dos grupos confirman una sensibilidad estética y social 
relacionada con un segmento del canon literario latinoamericano del siglo xx. 
Luego, registramos otros dos movimientos: primero, la agudización ideológica 
de ese canon, al incluir autores y obras del campo socialista; en otro sentido, el 
alejamiento de este registro hacia temas relacionados con la espiritualidad, el 
entretenimiento desideologizado o, incluso, textos que cuestionan de manera 
directa las tendencias marxistas. 


Lectores de la Biblia 

Tres lectores citaron la Biblia como lectura predilecta. Uno de ellos citó, además de la 
Biblia, el libro La segunda guerra mundial, sin indicar autor, y a Homero, seguramente 
por La llíada, leída por su inclusión en los programas de enseñanza secundaria. 

Otro lector de la Biblia citó, además: Autoridad espiritual, de Watchman Nee, tam¬ 
bién a Peter Youngren y ¡Corre, Nicky, corre! (1968), del reverendo Nicky Cruz. El 


64 


tercer lector de la Biblia fue citado más arriba porque lee, además, a Galeano ( Las 
venas abiertas de América Latina ) y a Benedetti. 

Tenemos entonces lectores de la Biblia que, junto a este texto religioso, manifiestan 
sus gustos por la historia, por la nueva espiritualidad y por dos de los escritores 
contemporáneos y canónicos más populares y vendidos del Uruguay en las últi¬ 
mas décadas. Los tres son hombres; los tres leían cuando eran niños; los tres son 
casados, tienen 31, 44 y 46 años; los tres leen con frecuencia diaria; dos de ellos 
reservan un momento del día para leer libros a sus hijos. 


Best sellers y espirituales 

Un grupo de lectores revela una preferencia puntual o francamente decisiva por los 
best sellers y por la literatura espiritual. 

Un lector recordó a Wilbur Smith; Stieg Larsson (trilogía Millennium); Frankl; Eí país 
de /as cosas perdidas, de Ángela Ionescu, y La bondad de tas mujeres, de James 
Graham Ballard. Es una mujer de 34 años, soltera, que trabaja 45 horas por semana, 
con actividad en el ámbito social y que dice leer varias horas por día. 

Otro lector citó a Verne y su libro Veinte mil leguas de viaje submarino y a Papillon, 
de Henri Charriére. Es un hombre de 36 años, que trabaja 48 horas, realiza actividad 
sindical, dice leer en algún momento del día y, además, lee libros a su hijo. 

Una operadora de máquinas, soltera —reserva su edad—, con 48 horas de trabajo 
semanal y frecuencia de lectura anual, mencionó: El lado activo del infinito, de Carlos 
Castañeda; Recuentos para Demián, de Bucay, y Lobo estepario, de Hermann Hesse. 

Un soldador de 42 años, casado y con cuatro hijos, lee o leyó Aeropuerto, de 
Arthur Hailey; El quinto jinete, de Dominique Lapierre y Larry Collins, y Desde el 
jardín, de Jerzy Kosinski. 

Un electricista de 46 años, casado, con 52 horas de trabajo semanal, lee libros que 
—a él y a su esposa— «nos prestan nuestros amigos», por ejemplo: Cómo vivir cien 
años, de Clement G. Martin; La novena revelación, de Redfíeld; El ingenioso hidalgo 
Don Quijote de la Mancha, de Cervantes, y libros de Coelho. 

Un peón de la industria del aluminio, soltero, de 21 años, lector mensual de al¬ 
gún libro, prefiere: Muchas vidas, muchos maestros, de Brian Weiss; Recuentos para 
Demián, de Bucay, y El alquimista, de Coelho. 

Un oficial de la misma industria, de 49 años, lee alguna vez a la semana libros como 
El camino de las lágrimas, de Bucay; El caballero de la armadura oxidada, de Robert 
Fisher, y El hombre que calculaba, de Malba Tahan. 



LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


Un peón de taller metalúrgico de 37 años, soltero, leyó El evangelio del mal, de 
Patrick Graham; Once minutos, de Coelho, y Veinte poemas de amor y una canción 

VIDAL 3 r 3 

desesperada, de Neruda. 

Un operario de máquina sopladora de envases, de 25 años, soltero, sin hijos, nunca 
compra libros, pero a veces consigue alguno prestado, como los de Stephen King y 
de Coelho, autores que recordó en el formulario. 

Una administrativa de una empresa metalúrgica, de 24 años, soltera, ha leído: ¡Viva 
la diferencia!, de Pilar Sordo; El secreto del poder, de Bob Doyle; El psicoanalista, de 
John Katzenbach, y libros de Coelho. 

Un obrero metalúrgico de 41 años, con 45 horas de trabajo semanal, confiesa 
sentirse cansado al final de la jornada laboral y, alguna vez al día, leer a Gerald 
Messadié, a Brown y a Samuel Blixen. 

Un obrero de una fábrica de la industria del plástico, de 26 años, soltero, lee o ha 
leído libros de Jimmy Swaggart, de Luis Palau y del matemático Walter Fernández Val. 

También en este pequeño grupo es arriesgado determinar conclusiones, aunque 
parece notorio que, si aceptamos la existencia de un destacable universo de lec¬ 
tores dirigido hacia los textos espirituales y los best sellers, podemos apreciar que 
lo son de manera exclusiva o con escuetas incursiones en otros espacios literarios 
y, casi sin error, que expulsan de sus horizontes las lecturas de espesor ideológico 
del campo socialista o marxista-leninista, como también las narraciones sobre el 
revisionismo histórico, la historia sindical y el testimonio revolucionario, temas que 
sí aparecen en otros lectores del gremio, como veremos enseguida. 


Marxismo y comunismo 

Un grupo de lectores refiere a obras del campo socialista y comunista, tanto doc¬ 
trinarias como de ficción. 

Ya vimos que algunos de ellos comparten lecturas con la obra de Benedetti, quizás 
con mayor frecuencia con la obra de Galeano, mientras que es casi nula la convi¬ 
vencia con obras relacionadas con la espiritualidad o con el best seller. 

Además de los ejemplos ya citados, podemos agregar cinco más, seleccionados 
porque muestran indicios de ser lectores para los que las temáticas provenientes 
de este segmento ideológico o de los autores identificados con las corrientes so¬ 
cialistas son prioritarias. 

Un oficial cañista, casado, de 44 años, con 45 horas de trabajo semanal, citó entre 
sus lecturas recordadas a El capital, de Marx; El Estado y la revolución, de Vladimir 


66 



Ilich Uliánov, Leniir, Cien años de soledad, de García Márquez, y a Borges, sin men¬ 
cionar titulo de alguna de sus obras. 

Un obrero pañolero de la industria naval, casado y de 31 años, recordó El manifiesto 
comunista, de Marx y Engels, y dos libros de historia: Historia del arte e Historia 
antigua, de los que no especificó autor. 

Otro oficial cañista de la industria metalúrgica, casado y de 48 años, citó a Marx, 
Lenin, Ernesto Che Guevara, Massera ( Manual para entender quién vacía el sobre de 
la quincena ) y, de manera general, las ediciones de la Biblioteca Cuba. 

Un peón de 33 años, soltero, refirió a Guevara —sin citar libro— y a Richard Bach y 
su volumen Juan Salvador Gaviota. 

Por último, un carrocero de una empresa de auxilio mecánico, de 28 años, casado, 
sin hijos, citó a Lenin {¿Qué hacer7) y a Marcos Ana {Decidme cómo es un árbol. 
Memoria de la prisión y la vida). 

Estos cinco lectores ofrecen indicios de un considerable acercamiento al libro como 
objeto. Tres de ellos compran libros alguna vez al año; otro, alguna vez al mes. Solo 
uno no compra libros, pero posee más de 100 volúmenes en su domicilio, cifra 
indicada por otros dos de sus colegas. Otro trabajador tiene entre 30 y 50 libros en 
su casa; el quinto trabajador, menos de 10 libros. Los cinco son lectores con buena 
y alta frecuencia de lectura: tres de ellos leen alguna vez al día, otro en algún mo¬ 
mento de la semana y el quinto alguna vez al mes. 

Por tratarse de un grupo aún más pequeño que los anteriores, resulta imposible 
establecer proyecciones estadísticas hacia el resto de los encuestados. Por ahora 
alcanza con referir ejemplos de lecturas cerradas dentro de un circuito o temática 
ideológica, y aperturas hacia lecturas ficcionales (García Márquez) o ajenas al signo 
ideológico explícito (Borges, Bach) que, en principio, identifica a estos lectores. 

En resumen: en todos los grupos seleccionados podemos identificar tendencias de 
lectura más o menos dominantes, nunca solitarias. Siempre coexisten con otras ten¬ 
dencias que interceptan a las primeras, provocando desvíos y, a veces, contradicciones. 


67 


5. NÚCLEOS LITERARIOS 


Los 156 autores y las 157 obras mencionados por los lectores metalúrgicos pueden 
reagruparse en varios núcleos de afinidad, con puntos de contacto entre sí—libros 
que comparten características con dos o más grupos—, y que referiremos ense¬ 
guida. Los criterios son amplios y solo ilustrativos, habilitan posibles tendencias de 
lectura. Hemos elegido los siguientes subgrupos: canon del siglo xx; espiritualidad; 
best sellers; sistema educativo; ideología e historia; biografía; testimonio; crónica e 
investigación periodística; populares; literatura infantil yjuvenil. 


Canon del siglo xx 

En este espacio ubicamos a 26 autores y 35 obras de ficción. Comparten el contar 
historias con fluidez y seducción, el alcanzar una buena respuesta de públicos que 
exceden las fronteras nacionales e incluso las lingüísticas, que no condescienden 
con facilismos escritúrales ni estéticos, sino que, por el contrario, mantienen un 
nivel de exigencia hacia el lector que es convocado en un espacio participativo. Las 
ofertas temáticas y los estilos son distintos, pero la convicción en los beneficios de 
la literatura, quizás en un concepto del estatuto literario, los vincula. 

Varios de estos autores han sido integrados a los programas de enseñanza secun¬ 
daria —Benedetti, Galeano, Neruda, García Márquez, Cortázar, Borges y Delgado 
Aparaín—, 10 pero aquí se destacan porque sus libros exceden el circuito educativo 
y mantienen una circulación comercial reciente. En muchos casos agregan el perfil 
latinoamericanista y el hecho de ser narradores —el género más leído a nivel so¬ 
cial—, elementos suficientes para desprenderlos de la mera lectura de la época liceal, 
a la que, además, no accedieron todos los obreros metalúrgicos en su segundo ci¬ 
clo. Por otro lado, no todos los autores de los programas de literatura del segundo 
ciclo de enseñanza secundaria o de la utu son efectivamente dictados en cada cur¬ 
so. Reconocemos que los nombres de Benedetti y Galeano, por sus afinidades con 
grupos y pensamientos de la izquierda política, fueron por décadas afines y bien 
recibidos en ámbitos politizados y sindicalizados. Además, yjunto con sus respectivas 
calidades literarias, los libros de estos autores han conquistado públicos que no ne¬ 
cesariamente pasaron por el sistema educativo y, sin embargo, accedieron a ellos, ya 
fuera por recomendación, por iniciativa personal o debido a las promociones comer¬ 
ciales, de modo que el aula fue un espacio de conocimiento central, pero no único. 

10 Ejemplos surgidos de los «Contenidos programáticos: Literatura» de primer, segundo y tercer año del 
Ciclo Básico de Enseñanza Secundaria, reformulación 2006 (Consejo de Educación Secundaria, Administra¬ 
ción Nacional de Educación Pública, Consejo Directivo Central), aunque con seguridad la lista se amplíe 
al repasar los programas a los que accedieron los lectores de mayor edad considerados en esta encuesta. 


68 



1 


LA 

ENCUESTA 


En las siguientes secciones detallamos los 26 autores y las 35 obras. 

Dos autores emblemáticos 

Los libros de Benedetti y Galeano son los predilectos de los lectores obreros del 
sindicato metalúrgico, siempre dentro del primer recorte de autores y obras que 
asociamos, de manera genérica, por haber producido la mayor parte de su obra y 
logrado su consagración durante el siglo xx. 

Benedetti fue citado 63 veces. 11 Los lectores de este autor recordaron diez de sus 
libros y textos: Gradas por el fuego (1965, cinco veces), Montevideanos (1959, tres 
veces), el cuento «Los pocilios» ( Montevideanos, 1959, una vez), Andamios (1996, 
una vez), Antología poética (1984, una vez), Inventario (1963, una vez), La borra del 
café (1992, una vez), La tregua (1960, una vez), Poemas de la oficina (1956, una vez), 
Preguntas al azar (1986, una vez). 

Galeano fue citado 39 veces, como autor o por sus libros. Veintidós trabajadores 
recordaron Las venas abiertas de América Latina (1971); otros mencionaron El fútbol 
a sol y sombra (1995, dos veces), Memorias del fuego (1986, una vez), Patas arriba. 
La escuela del mundo al revés (1998, una vez). 

Boom editorial: latinoamericanos, europeos y anglosajones 

Un puñado de autores comparten con Benedetti y Galeano el perfil latinoamerica- 
nista y, a veces, un público identificado con la izquierda política, etiqueta simple y 
reduccionista que se ha impuesto para señalar a quienes profesan ideas liberales: 
marxismo, marxismo-leninismo y otros ismos pertenecientes al pensamiento revo¬ 
lucionario moderno. 

Aparecen autores con más de medio siglo de producción y reconocimiento insti¬ 
tucional e internacional. García Márquez fue mencionado 16 veces: cinco de ellas, 
con Cien años de soledad (1967); una, con Ojos de perro azul (1973); otra, con El 
amor en los tiempos del cólera (1985); las restantes, sin obra. Neruda, siete veces: 
una de ellas, con Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924); otra, 
con el poema «Si tú me olvidas» ( Los versos del capitán, 1952, una mención); las 
restantes, sin obra. César Vallejo, una vez, pero sin obra. Otros dos obreros recor¬ 
daron las obras Bahía de Todos los Santos (1945) y Gabriela, clavo y canela (1958), 


11 Cabe advertir que al abordar a cada trabajador nos referimos —aunque no siempre— a la Fundación 
Mario Benedetti, lo que seguramente condicionó o alentó la inclusión de este autor en la lista de nombres 
de escritores. Empero, consideramos que este fenómeno ha quedado absorbido por las evidentes tenden¬ 
cias mayoritarias respecto de los temas consultados y por la cita de una cantidad considerable de títulos 
de sus obras. 


69 




LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


pero no a su autor, Jorge Amado. Ernesto Sábato fue nombrado dos veces, una de 
ellas con Sobre héroes y tumbas (1961). Cortázar, dos veces, sin obra ninguna de las 
dos. Arguedas, una vez, sin obra. Vargas Llosa, cinco veces, pero solo una con libro, 
Conversación en la catedral (1969). Borges, una vez, sin obra. 

Ya no centralmente vinculado a las izquierdas políticas o con circuitos de legiti¬ 
mación editorial y el universo latinoamericano, aunque no siempre desvinculado 
de esa señal —para algunos lectores este puede ser el motivo principal de acer¬ 
camiento—, aparece otro grupo de autores. Este grupo está identificado con la 
consagración literaria, a veces canónica, y, en especial, con una propuesta temática 
que transita la crítica y el análisis social, y lo hace con una escritura que puede 
parecer simple, pero sin facilismos ni clisés, con una prosa elegante que, a veces, 
propone la experimentación. 

Gorki, nombrado dos veces con su novela La madre (1907), y Saramago, también 
dos veces, una de ellas con El evangelio según Jesucristo (1991) y la otra con Ensayo 
sobre la ceguera (1995), se encargan de establecer el evidente vínculo con esta gran 
familia de escritores que relacionamos por tener una fuerte recepción por parte de 
públicos de la izquierda política, aunque ambos casos exceden esta circunscripción. 

No ocurre necesariamente lo mismo con los restantes autores. En estos se desta¬ 
can otras cualidades, como la de ofrecer una escritura y a veces una temática que 
convoca a la participación del lector. Son escritores que provienen de las poderosas 
industrias editoriales de Estados Unidos y Europa, con dominancia anglosajona, y 
que a veces son reeditados en México, Argentina o España, principalmente. 

Charles Bukowski, William Faulkner y Truman Capote fueron citados una vez, sin 
obras. También fueron citados una vez, pero con obra, Anthony Burgess, con La 
naranja mecánica (1962, una cita), y Hemingway, con El viejo y el mar (1952, una 
cita); ambos trabajadores recordaron también a Hermann Hesse, con su novela El 
lobo estepario (1927). Eco fue citado una vez, con El nombre de la rosa (1980), y su 
libro El péndulo de Foucault, dos veces, (1988), pero sin autor. Fueron citados sin 
autor el cuento «La mancha en la pared» (1917), de Woolf, Un mundo feliz (1932), 
de Aldous Huxley, y Desde el jardín (1971), de Kosinski, todos ellos una vez. También 
registramos una cita a Artaud, pero sin obra. 

Por último, Delgado Aparaín y Onetti nos quedaron como únicos representantes 
de la literatura nacional y contemporánea; esto sin tener en cuenta otros aspec¬ 
tos que podrían hacerlos emigrar a agrupamientos aledaños. Delgado Aparaín fue 
mencionado en una oportunidad, sin obra, y Onetti, en cuatro, en una de ellas con 
su novela Cuando ya no importe (1993). 



Espiritualidad 

Los temas religiosos tradicionales, las nuevas corrientes espirituales, la dimensión 
esotérica, los fenómenos inexplicables y la autoayuda congregan a 25 autores y 23 
obras referidos por los trabajadores metalúrgicos, según el detalle que ofrecemos 
enseguida. 

Doctrina y enseñanza religiosa 

Además de los tres trabajadores metalúrgicos lectores de la Biblia —que no es¬ 
pecificaron libros del Viejo o del Nuevo Testamento—, un trabajador mencionó 
al pastor evangélico Jimmy Swaggart; otro, a Luis Palau, y otro, al ministro Peter 
Youngren. Ninguno de los tres recordó alguno de los títulos de estos predicadores 
cristianos. El escritor Watchman Nee fue citado una vez, con su libro Autoridad es¬ 
piritual, 12 y Nicky Cruz y David Wilkerson, con Corre, Nicky, corre (1968) y La cruz y 
el puñal (1963), respectivamente. 

También fue citado En penumbras. La masonería uruguaya (1973-2008) (2008), de 
Fernando Amado, libro asociado a las temáticas religiosas, pero como investigación. 

Autoayuda y esoterismo 

Un espacio destacado lo ocupan las literaturas de autoayuda, esotéricas, de re¬ 
flexiones y consejos espirituales para enfrentar las dificultades de la vida y textos 
que atienden fenómenos inexplicables para la razón (espíritus y aparecidos, extra- 
terrestres y otros). 

En este segmento, entre la literatura espiritual y el best seller, se destaca Coelho, 
considerado 26 veces, ya sea por su nombre o por sus libros. Los trabajadores cita¬ 
ron los siguientes cinco libros: El alquimista (1988, diez menciones), Verónika decide 
morir (1998, dos), Once minutos (2003, dos), El zahir (2005, una) y El vencedor no 
está solo (2008, una). 

Bucay fue mencionado siete veces, pero solo dos trabajadores recordaron alguno 
de sus libros: Recuentos para Demián (1994) y El camino de las lágrimas (2008). Leo 
Buscaglia, dos veces, una de ellas con Vivir, amar y aprender (1982). También fue¬ 
ron citados dos veces Castañeda, una de ellas con El lado activo del infinito (1999), 
y Enrique Ortega Salinas, una de ellas con Inteligencia extrema (2008). Hubo dos 
menciones al libro Muchas vidas, muchos maestros (1988), una de ellas con el nom¬ 
bre de su autor, el psiquiatra Brian Weiss. Amanda del Carmen Fernández Díaz fue 
citada una vez, con El perrito del mendigo (2010). 


12 No he podido ubicar fecha de la primera edición, ni en inglés ni en español. 



Fueron mencionados una vez, pero sin el nombre de sus autores, los libros Juan 
Salvador Gaviota (1970), de Richard Bach, El secreto del poder (2011), de Bob Doyle, 
Voces anónimas (2008), de Guillermo Lockhart, Cómo vivir cien años (1963), de 
Clement G. Martin, La novena revelación (1993), de James Redfield, y Sé fiel a ti 
mismo (2009), de varios autores. 

Sin títulos de libros, con una cita en cada caso, fueron recordados Gustavo Ekroth, 
Gustavo Tato López, Gerald Messadié y Nicholas Sparks. 


Best sel lers 

En diálogo con el segmento anterior ubicamos los best sellers. Se trata, como se 
sabe, de libros que han obtenido un éxito de superventas en el circuito comercial 
articulado en varios países del mundo, y están asociados a una condición estética 
empobrecedora, condescendiente con supuestos requerimientos de un público sa¬ 
tisfecho con el efectismo, el divertimento intrascendente y el lugar común, aunque 
recostados en la novedad, la acción y el ingenio. 

El best seller es respaldado y promovido por la industria editorial, que elabora listas 
de libros más vendidos, generosos espacios de publicidad de la obra, la imagen y la 
vida del autor, con reglas de comercialización y venta aplicables a cualquier produc¬ 
to del mercado, realidad que se enfrenta con los criterios intrínsecamente literarios 
defendidos por los escritores de la media y la alta cultura. Así, las páginas web 
resaltan el meteórico éxito comercial de la obra de Isabel Allende, con 51 millones 
de libros vendidos hasta 2010, traducidos a 27 idiomas. Sin embargo, para Harold 
Bloom, la autora de Paula es una «muy mala escritora»; para Elena Poniatowska, es 
dependiente del fenómeno comercial y explota estereotipos femeninos caducos, y 
para Roberto Bolaño (Suárez Anturi, 2010), no es una escritora, es una escribido¬ 
ra. En definitiva, es un producto del mercado y la industria editorial. Estas críticas 
encuadran una polémica que dirime segmentos del universo ideológico-literario. 

Este grupo lo integran 22 autores y 20 libros citados por los metalúrgicos, como se 
detalla a continuación. 

Allende es, por lejos, la autora de best sellers más leída por los metalúrgicos. Pero, 
a pesar de la gran cantidad de veces que fue mencionada, 27 en total, solo cuatro 
de sus libros fueron recordados por los trabajadores de la untmra: La casa de los 
espíritus (1982, seis menciones), Paula (1994, dos), La suma de los días (2007, una) 
y Retrato en sepia (2000, una). 

Un trabajador recordó al autor Dan Brown, con su libro La conspiración (2001); otro, 
a Santiago Camacho, con 20 grandes conspiraciones de la historia (2005), y un terce- 


72 


1 


LA 

ENCUESTA 


ro, a Stieg Larsson, con su trilogía Millennium (formada por los títulos Los hombres 
que no amaban a tas mujeres, 2005, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón 
de gasolina, 2006, y La reina en el palacio de las corrientes de aire, 2007, traducidas 
y editadas en español entre 2008 y 2009). Un obrero metalúrgico citó a Pilar Sordo, 
con su obra ¡Viva la diferencia! (2005). 

Fueron mencionados una vez y sin el nombre del autor La bondad de las mujeres 
(2000), de James G. Ballard, El libro de lo inexplicable (edición en español de 1974), 
de Jacques Bergier, El caballero de la armadura oxidada (1989), de Robert Fischer, 
El evangelio del mal (2007), de Graham, Nadie vio Matrix (2007), de Graziano, 
Aeropuerto (1968), de Hailey, El psicoanalista (2002), de Katzenbach, El quinto jinete 
(1980), de Larry Collins y Dominique Lapierre, Los niños del Brasil (1976), de Ira 
Levin, El hombre que calculaba (1938), de Malba Tañan (seudónimo de Julio César 
de Mello y Souza), Hocus pocus (1990), de Kurt Vonnegut, y Estado versus Justicia 
(1992), de Gallatin Warfield. 

Fueron recordados una vez y sin obra Clancy, King, Smith y Steel. Dos trabajadores 
dijeron leer a Sheldon. 

Sistema educativo 

Son 21 los autores y 23 los títulos integrados a los programas de enseñanza prima¬ 
ria y media convocados por los trabajadores metalúrgicos. 

Varios de los autores citados en los apartados anteriores comparten esta caracterís¬ 
tica, pero, por razones ya indicadas, hemos elegido un grupo que, estimamos, tiene 
una relación más tradicional e intensa con la enseñanza que aquellos. Un ejemplo 
de ello es Martín Fierro, de Hernández, libro con decenas de ediciones y cientos de 
miles de lectores. Sin embargo, desde hace años, este espectacular fenómeno ha 
quedado reducido a segmentos de lectores y, en especial, a un merecido lugar en 
los programas de literatura, en tanto modelo de la poesía gauchesca del siglo xix. Por 
este motivo lo incluimos en este apartado, y no en el que sigue, referido a las lecturas 
populares del criollismo, perfil estético y temático que, obviamente, comparte. 

Las referencias, entonces, son las siguientes. 

Horacio Quiroga fue citado 19 veces. Tres trabajadores escribieron Orado Quiroga. 
Fueron mencionadas sus siguientes obras: Cuentos de amor, de locura y de muerte 
(1917, cinco veces), los cuentos de este volumen «A la deriva» y «El almohadón de 
plumas» (dos cada uno), Cuentos de la selva (1918, una) y Anaconda (1921, una). 

La poeta Juana de Ibarbourou fue mencionada en seis ocasiones, pero en ninguna 
con títulos de sus libros. Cuatro trabajadores citaron las obras Mi planta de naranja 


73 



LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


lima (1968) y Rosinha, mi canoa (1962), tres de ellos también recordaron el nombre 
DANIEL de su autor, José Mauro de Vasconcelos. 

VIDAL 

Fueron citados tres veces Bécquer (en un caso, como Beker), con Rimas y leyendas 
(ediciones en prensa, folletín y libros desde 1854, con decenas de ediciones postumas); 
Cervantes, dos de ellas con El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha (1605), y 
García Lorca, una de ellas con su obra de teatro La casa de Bernarda Alba (1936). 

Fueron mencionados dos veces Dostoievski, una de ellas con El jugador (1867), la 
otra, con Crimen y castigo (1886); Flomero, una de ellas con La llíada (siglo viii a. C.), 
y Whitman, una de ellas con su poemario Hojas de hierba (1855). 

Fueron citados una vez Charles Baudelaire, con su poemario Las flores del mal 
(1857); William H. Hudson, con su libro La tierra purpúrea (1885); Franz Kafka, con 
La metamorfosis (1915); Edgar Alian Poe, con su única novela, Las aventuras de 
Arthur Gordon Pym (1838); Machado, con Obras completas, y Rodó, con Parábolas. 

Una vez y sin obra, fueron citados Morosoli y los poetas Vilariño y Juan Zorrilla de 
San Martín. 

Otros lectores recordaron obras, pero no los nombres de sus autores: Martín Fierro 
(1872), de Flernández, fue citada tres veces; Agamenón (458 a. C.), de Esquilo, y Las 
cuitas del joven Werther (1774), de Goethe, una vez. 


Ideología e historia 

Este núcleo temático contiene 21 autores y 19 obras, discriminados de la si¬ 
guiente manera. 

Doctrina política y económica; marxismo y marxismo-leninismo 

Una decena de autores puede reunirse por su condición ideológica —teóricos o partida¬ 
rios del marxismo o del marxismo-leninismo— o por escribir libros de doctrina política. 

Aquí aparecen los autores clásicos: Lenin, con ¿Qué hacer? (1902, una vez) y El Estado 
y la revolución (1917, una); Marx, nombrado cuatro veces, tres de ellas con los libros 
El manifiesto comunista (1848, una), en coautoría con Engels, El Capital (1867, una 
mención) y Obras escogidas (s. f., una), y Engels, sin obra, aunque seguramente se 
trate, como en el caso anterior, de El manifiesto comunista. 

Fueron citados, además, Rodney Arismendi, en una oportunidad, sin libro, y 
Massera, en cuatro, en todas ellas con su libro Manual para entender quién vacía el 
sobre de la quincena (1973). 



Un lector recordó a Ernesto Che Guevara y otro a Gramsci, en ambos casos sin 
obras. Otro lector citó al filósofo y escritor Tomás Abraham, pero la memoria no le 
alcanzó para nombrar ninguno de sus títulos. Un trabajador leyó Cómo estudiar la 
sociedad (1986), pero no recordó el nombre de su autora, la socióloga marxista-le- 
ninista Marta Harnecker. 

Fuera de las tiendas marxlstas, fue recordado Nicolás Maqulavelo, con 
El Príncipe (1513). 

Sindicalismo 

Dos entrevistados citaron dos obras sobre los movimientos sindicales argentino 
y uruguayo: uno de ellos recordó el libro Sindicalismo y peronismo. Los comienzos 
de un vínculo perdurable (2005), pero no el nombre de su autor, Hugo del Campo; 
otro, el libro Uruguay. Un movimiento obrero maduro (1988), de Enrique Rodríguez. 

Historia, ficción histórica, investigación 

Nueve autores recalan en la historia reciente, investigan y denuncian la corrupción y 
la violencia de Estado durante las dictaduras sudamericanas en la década de los 70. 

Un trabajador citó Algo habrán hecho (1998), pero olvidó el nombre de su auto¬ 
ra, Cabrejas. Otro, Estado de guerra. De la gestación del golpe del 73 a la caída de 
Bordaberry (1996), pero no a su autor, Lessa. Un trabajador citó Los Estados depre¬ 
dadores. La Operación Cóndor y la guerra encubierta en América Latina (2009), pero 
no recordó el nombre de su autora, McSherry. Lo mismo ocurrió con quien citó el 
libro A fin de cuentas (1968), de Boris Polevoi. El trabajador que leyó El arma en el 
hombre (2001) sí recordó el nombre de su autor, Castellanos Moya. 

Otros libros y autores se encuadran dentro del discurso histórico más tradicional. 
Un trabajador citó La Segunda Guerra Mundial (1989), pero no pudo recordar el 
nombre de su autor (podría tratarse de Martin Gilbert, G. Deborin o algún otro). Lo 
mismo le pasó a quien mencionó Los bienes terrenales del hombre (1936; edición en 
español, 1961), de Huberman. Otro citó a Eric Hobsbawm, con su libro Historia del 
siglo xx (1994). Otro, a Diana Uribe, con su obra Historia de las civilizaciones (2008). 


Biografía, testimonio, crónica e investigación periodística 

Otros 19 autores y 19 obras transitan los géneros de la biografía y la autobiografía. 

Fueron mencionados una vez Alonso Salazar 1, con La parábola de Pablo. Auge 
y caída de un gran capo del narcotráfico (2001), Miguel Ángel Campodónico, con 


75 


Mujica (1999), Hans Magnus Enzensberger, con El corto verano de la anarquía. Vida 
y muerte de Durruti (1972), y Frankl, con El hombre en busca de sentido (1946). 

Fueron mencionadas una vez y sin sus autores las obras El círculo. Las vidas de Henry 
Engler (2010), de Charlo, Garay y Martínez, y Vida, pasión y muerte de Emiliano Zapata 
(1979), de Pierri. También fue mencionada una vez Complot a la uruguaya. ¿Quién 
mató a Villanueva Saravla? (2010), en esta oportunidad con su autor, Mario Burgos. 

Otras obras pertenecen al género del testimonio, la memoria, y la investiga¬ 
ción y la crónica periodística. Rosencof fue citado en cuatro oportunidades, en 
una de ellas con Memorias del calabozo (1989) y en otra, con Las cartas que no 
llegaron (2003). Cuatro trabajadores recordaron el libro \Viven! La tragedia de 
los Andes (1974), pero no el nombre de su autor, Read. Un trabajador citó La 
sociedad de la nieve (2009), pero tampoco recordó el nombre de su autor, Pablo 
Vierci. Hubo dos citas al libro La fuga de Punta Carretas (1990), de Fernández 
Huidobro. Fue mencionado una vez Charriére, con Papillon (1969), y el libro Vo 
elegí la libertad (1947), de Kravchenko. Sara Méndez fue citada en una oportu¬ 
nidad, pero el lector no identificó los títulos de sus libros. Un trabajador recordó 
el libro Novios de antaño (2005), pero no identificó el nombre de su autora, 
María Elena Walsh. Reed fue citado una vez, con Diez días que estremecieron al 
mundo (1919). También fue citado una vez Marcos Ana, con su libro Decidme 
cómo es un árbol. Memoria de la prisión y la vida (2007). María Urruzola fue 
recordada con El huevo de la serpiente (1992). Otro obrero mencionó a Blixen, 
pero no recordó ninguna de sus obras. 


Populares 

Los 14 autores y las 12 obras agrupados en esta categoría comparten el tener un 
público lector amplio y el no integrar, al menos de manera constante, los progra¬ 
mas de educación formal. 

Criollismo 

Dos trabajadores citaron a Varela: uno de ellos leyó Vinchas. Poemas del terruño 
(1946) y el otro, Candiles. Versos criollos (1943). 

Periodismo cultural y social 

Un trabajador citó El libro del fantasma (1999), pero no el nombre de su autor, Dolina. 


Fútbol 


Cinco lectores se refirieron a libros del universo futbolístico. Un obrero citó a Mario 
Bardanca, con su libro Yo, Paco (2007); otro, a Figueredo, con Yo estuve ahí (2010), y 
un tercero, a Julio Ríos, con La capacidad de asombro sí tiene límite (2010). Barreto 
fue citado solo por su apellido, sin nombres de libros. Un trabajador citó el volumen 
Edinson Cavani. Lo que llevo en el corazón: vida, fútbol y fe (2011), pero no el nom¬ 
bre de su autora, la periodista Sondra L. Sottile. 

Cómics 

Dos lectores citaron libros de cómics, pero no recordaron el nombre de sus au¬ 
tores: uno de ellos, Trago amargo (2006), de Haghenbeck; el otro, V de vendetta 
(1982-1985), de Alan Moore. 

Novelas 

Entre los escritores triunfantes en cuanto a su inserción en el mercado, merece una 
consideración especial Corín Tellado, reconocida por el libro Guinness de tos récords 
desde 1994 por ser la más vendida en lengua española. Un trabajador la mencionó, 
pero no citó ninguno de sus libros. 

Dos trabajadores citaron a Verne, en una ocasión con su novela Veinte mil leguas 
de viaje submarino (1869-1870). Un trabajador recordó la novela Marioneta (1878), 
pero no el nombre de su autor, el novelista Benito Pérez Galdós. Otro, el libro Papaíto 
Piernas Largas (1912), pero tampoco recordó el nombre de su autora, Jean Webster. 

Libros técnicos 

Un lector citó a Fernández Val, pero no mencionó ninguna de sus obras. 


Literatura infantil y juvenil 

En el rango de la literatura infantil yjuvenil, claro que recurrido por el público adul¬ 
to, se encuentran ocho autores y seis obras. 

Berocay fue mencionado por cuatro trabajadores, en un solo caso con uno de sus 
libros, Las aventuras del sapo Ruperto (una zaga iniciada en 1989). Un trabajador re¬ 
cordó a María Inés Falconi, con su obra Cartas para Julia (2005). Otro, a Rowling, con 
su libro Harry Pottery la piedra filosofal (1997). Y otro, a Tolkien, con El hobbit (1932). 
Tres trabajadores mencionaron El Principíto (1943), pero ninguno recordó el nombre 



LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


de su autor, Saint-Exupéry. Un trabajador recordó el libro El país de las cosas perdidas 
(1971), pero no el nombre de su autora, Ionescu. Dos trabajadores citaron autores, 
pero no obras: esto ocurrió con Blanca Álvarez González e Ignacio Martínez. 


Tendencias 

En resumen, el volumen de autores citados o referidos es casi el mismo en dos 
subgrupos temáticos: canon del siglo xx (17 %) y espiritualidad (16 %); apenas 
menor en otros cuatro subgrupos: best sellers (14 %), ideología e historia (14 %), 
sistema educativo (14 %), y biografía, testimonio, crónica e investigación histórica 
(12 %); muy por debajo, se ubican los subgrupos populares (9 %) y literatura In¬ 
fantil y juvenil (4 %). 

Si consideramos los títulos de libros citados, es mayor el subgrupo canon del siglo 
xx (22 %); le siguen espiritualidad (15 %) y sistema educativo (15 %), y, casi equipa¬ 
rados, best sellers (13 %), ideología e historia (12 %) y biografía, testimonio... (12 %). 
Al final de la tabla se ubican los libros pertenecientes a populares (7 %) y literatura 
infantil y juvenil (4 %). 


SUBGRUPO AUTORES CITADOS LIBROS CITADOS 

O REFERIDOS 



CANTIDAD 

PORCENTAJE 

CANTIDAD 

PORCENTAJE 

Canon del siglo XX 

26 

17 

35 

22 

Espiritualidad 

25 

16 

23 

15 

Best sellers 

22 

14 

20 

13 

Sistema educativo 

21 

14 

23 

15 

Ideología e historia 

21 

14 

19 

12 

Biografía, testimonio e investigación histórica 

19 

12 

19 

12 

Populares 

14 

9 

12 

7 

Literatura infantil yjuvenil 

8 

4 

6 

4 

Total 

156 

100 

157 

100 


Grupos temáticos más citados por los lectores (citas de autores y/o títulos de libros). 


Contemporáneos 

En el total de libros citados por los trabajadores, identifiqué 78 con primeras ediciones 
posteriores a 1980. En este total, 18 (23 %) corresponden al subgrupo espiritualidad, 




otros 16 (20 %), a best sellers. Solo estos dos subgrupos reúnen, entonces, el 43 % de 
los títulos de libros con primeras ediciones posteriores a 1980 citados por los trabaja¬ 
dores. Otros 13 libros (17 %) con fecha posterior a 1980 pertenecen a canon del siglo 
xx, 11 (14 %), a biografía, testimonio...', diez (13 %), a ideología e historia; siete (9 %), a 
populares, y tres (4 %), a literatura infantil y juvenil. Ninguno de los libros de sistema 
educativo tiene una primera edición posterior a 1980. 

Los lectores de best sellers y libros de espiritualidad muestran una tendencia a leer 
libros más cercanos al presente que los de los restantes subgrupos. Se trata de una 
constatación arrasadora, que no se ve afectada ni por las dificultades de ubicar las 
primeras ediciones en español ni por la escasa presencia de estas ediciones en el 
Uruguay. La incidencia de esta dificultad queda suprimida al realizar un recorte cro¬ 
nológico entre libros editados antes y después de 1980, suficiente para establecer 
un primer trazo de contemporaneidad. 

Así, en best sellers, las ediciones posteriores a 1980 representan el 80 %; en espiri¬ 
tualidad, el 78 %; en populares y biografía, testimonio..., el 58 % en ambos casos; en 
literatura infantil y juvenil, el 50 %; en ideología e historia, el 53 %; en canon del siglo 
xx, el 38 %. El 100 % de los libros de sistema educativo tienen primeras ediciones 
anteriores a 1980. 

Los datos de primeras ediciones posteriores a 1980 en cada subgrupo y su inciden¬ 
cia en el total están resumidos en el siguiente cuadro: 

SUBGRUPO LIBROS CON PRIMERA EDICIÓN POSTERIOR A 1980 


CANTIDAD PORCENTAJE 


Espiritualidad 

18 

23 

Best sellers 

16 

20 

Canon del siglo XX 

13 

17 

Biografía, testimonio... 

11 

14 

Ideología e historia 

10 

13 

Populares 

7 

9 


Cantidad de libros contemporáneos (con primera edición posterior a 1980) según grupos temáticos. 


79 



6. LOS FRAGMENTOS DEL CANON 


Una corriente de estudios literarios ha desplazado la idea de canon como grupo 
fijo de libros y autores hacia la vida material del libro, su circulación y su uso. O 
considera, como propone Chartier, «las relaciones anudadas entre tres polos: el 
texto, el objeto que lo porta y la práctica que se apodera de él» (1994, p. 46). Así, 
el libro es considerado un objeto que alcanza su materialidad luego de la inter¬ 
vención de múltiples protagonistas (autor, editor, corrector, diseñador, imprentero, 
etcétera), y el texto, un espacio simbólico y material al que acuden agentes diversos 
para producir sentido. Este abordaje asume una premisa básica: el significado del 
libro se realiza, actualiza y varía con cada lectura, individual o social, uso contin¬ 
gente afectado por normas y códigos sociales que moldean nuevas significaciones. 
Tanto el estudio de las condiciones materiales de producción y circulación como las 
prácticas sociales que abordan el libro descentran la primacía semántica del texto, 
incorporan y amplían la teoría de la recepción o el new historicism, y trabajan el 
contacto entre la obra y la sociedad, es decir, profundizan la relación entre «el texto 
literario, los discursos y las prácticas ordinarias del mundo social, ya sea rituales, 
religiosos, jurídicos, políticos, administrativos o cotidianos», como analiza Chartier 
(2006, pp. 19-74 y 36-37). 

En este panorama, el lector ocupa un espacio axial. Chartier, siguiendo pensamien¬ 
tos de Stanley Fish, propone profundizar la idea de una comunidad de lectura 
constituida por lectores que interpretan y se vinculan con el volumen de acuer¬ 
do con sus dispares capacidades culturales. Luego, afirma, «siguen las normas, las 
reglas, las convenciones y códigos de lectura» propios de cada comunidad. Por este 
camino, otorga espesor sociocultural a la figura del lector, preocupación que tenían 
numerosos autores anteriores, desde Walter Benjamín hasta Borges, en el siglo xx, y 
otros desde la antigüedad grecolatina (Chartier, 2006, pp. 37-38). 

El libro importa en tanto puedan apreciarse los detalles que rodearon su creación, su 
materialidad, las intervenciones que hicieron posible su creación y su supervivencia; 
finalmente, los modos en que es utilizado, leído e interpretado. Estos abordajes están 
impregnados de una visión historicista del libro, la literatura y la lectura. 

En la misma dirección de investigaciones, Robert Darnton ha disparado contra el 
concepto tradicional de canon como estatuto fijo y autoritario sobre el que las 
generaciones sucesivas solo aportan matices interpretativos que ajustan las ideas 
preconcebidas sobre los valores literarios. Darnton apunta que la literatura misma 

ha dejado de verse como una sucesión de grandes títulos y grandes hombres, o 

l'homme et l'ceuvre, según la antigua fórmula francesa, para imponer orden en eso. Ni 


80 


1 


LA 

ENCUESTA 


siquiera se trata de un Corpus de textos. En lugar de esto, la literatura es una actividad: 
lectores que le dan sentido a los símbolos impresos en las páginas, o bien, en una 
palabra, la lectura (2003, p. 432). 

La lectura adquiere así una dimensión hermenéutica que trastoca la institución li¬ 
teraria y, dentro de ella, la idea de canon. En coincidencia con su colega, Chartier 
concibe la lectura como «una práctica de invención de sentido», como un acto que 
conlleva «una producción de sentido» (Chartier, 2006, p. 41). Entonces, junto con 
la llamada vida material del libro existen abordajes relacionados con la lectura y el 
contexto social, y con su circulación, consumo y apropiación —en tanto que ac¬ 
tualización productiva del texto— por parte de lectores y comunidades o grupos. 13 

Entre los lectores sindicalizados del gremio metalúrgico, es posible discernir va¬ 
riantes ideológicas de apropiación del texto en convivencia con otras tensiones 
relacionadas con el gusto personal, la cultura y la formación, también individual o 
grupal, o con el mercado. Observamos esto para no limitarnos a la mera descrip¬ 
ción de textos y autores, al catálogo lineal, a las recurrencias surgidas de nuestra 
consulta a los trabajadores metalúrgicos, y entonces poder optar por otro camino 
y trazar líneas que dialoguen con, por ejemplo, identidades (pertenecer al sindi¬ 
cato, a una agrupación o a un sector político y su acción sindical, etcétera). Nos 
preguntamos si es posible vincular determinadas lecturas con la identificación del 
trabajador con los espacios que determinan su lugar como sujeto social o si, en 
cambio, esta pertenencia queda relegada, quizás diluida, cuando lee libros. 

Resulta notorio que para precisar ciertos comportamientos relacionados con la 
lectura sería necesaria una pesquisa más amplia que revelara opiniones y datos 
que no surgen del formulario de una compulsa. Solo así podríamos distinguir, por 
ejemplo, la mera enunciación por parte del trabajador de un título o de un autor 
asentada en la memoria o en algo ajeno a su vivencia cultural de la cita asentada 
en una lectura que forma parte de su experiencia íntima, buscada para satisfacer su 
deseo de conocer, cultivarse o entretenerse y que relaciona con la cultura sindical a 
la que pertenece. En este proceso de internalización del texto, el sindicalista espera 
de la palabra escrita un diálogo productivo con ideas e informaciones. En ese caso, 
estamos ante la interacción entre el libro y una práctica social, particular cuando 
el texto se vincula explícitamente con el discurso sindical y refugiada en la conno¬ 
tación cuando el texto es de ficción. Cuando el texto es de ficción, empero, aquel 
diálogo no queda necesariamente excluido, sino que participa de una noción de 
cultura relativamente amplia y en contacto con otros ámbitos, pero en sustancia, y 
ante determinadas referencias, restringida al universo de la vida sindical. 


13 En el sentido que utiliza Chartier (2003), quien señala la diferencia con los sistemas de control y mo¬ 
nopolio de los discursos de parte de comunidades (científicas) o doctrinas (filosofía, religión) que analiza 
Foucault en El orden del discurso (2008). 


8 1 




LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


Sin perder de vista los recaudos tomados, tanto el conjunto de referencias como las 
apreciaciones individuales constituyen un buen punto de partida para reflexionar 
sobre la presencia de la literatura y los libros entre trabajadores sindicalizados y en 
una organización contemporánea. Entonces, el Corpus de autores y obras citados 
por los obreros metalúrgicos ofrece un panorama de sus gustos literarios e indicios 
de sus vulnerabilidades respecto de las imposiciones institucionales, respecto del 
Estado (aparato educativo), del sistema político-ideológico (partidos políticos), de 
la religión, del sistema comercial (editoriales, distribuidoras, librerías, ferias) y del 
canon literario proveniente de alguna de estas entidades. El punto de confluencia 
es el de 161 trabajadores sindicalizados considerados en cuanto lectores de libros. 

No podemos concluir que esta confluencia determine una literatura particular 
o, en otras palabras, un canon literario asociado a un sindicato. Primero, porque 
no existe o no conocemos un programa de literatura y lectura instituido por el 
sindicato. Segundo, por el alcance y las características de la propia pesquisa y las 
debilidades intrínsecas a la compulsa. La cantidad de trabajadores que señalaron 
nombres de libros y autores apenas supera la mitad del total de consultados. Esto 
no impide que esta minoría represente al grupo mayor de trabajadores agre¬ 
miados: podemos suponer que, si extendiéramos la consulta, ubicaríamos solo 
variedades internas dentro del ya amplio Corpus literario construido. La represen- 
tatividad del Corpus literario está respaldada por la cientificidad de la encuesta y, 
a su vez, el alcance de esta representatividad es indicio suficiente de una conste¬ 
lación oculta de libros y autores que refieren a los temas y los gustos obtenidos 
de nuestro mapeo. 

La diversidad, evidente, indica un momento en el juego de tensiones y luchas de 
inclusión y exclusión que, por su condición beligerante, debe modificarse en al 
menos dos vectores: los sujetos y el tiempo. En otras palabras, si consultáramos 
a otros 311 trabajadores metalúrgicos, obtendríamos otro grupo de lectores, que 
recordarían y confesarían haber leído o estar leyendo otros libros, obtendríamos 
otro corpus de lecturas, seguramente con ejemplos en común, pero, en conjun¬ 
to, distinto del surgido de nuestra primera compulsa, y es probable que algunas 
tendencias de lectura se mantuvieran y otras aumentaran o disminuyeran, que sur¬ 
gieran nuevas, que desaparecieran otras. Por otra parte, si en dos o cinco años 
realizáramos la misma compulsa con los trabajadores consultados en esta primera 
instancia, obtendríamos otras variaciones. Aclaro esto porque nuestro estudio fue 
realizado en 2011, un año relativamente cercano a esta edición, lo que garantiza 
la vigencia de sus resultados. Entonces, de la lista de libros y autores citados por 
los trabajadores metalúrgicos obtenemos una fotografía de sus lecturas y, con ella, 
huellas del pasado de estos lectores. 


82 



Por otra parte, para determinar mejor la relación entre el Corpus y los lectores me¬ 
talúrgicos, deberíamos tener en cuenta consultas similares realizadas en otras áreas 
o capas de la sociedad. De esta manera, obtendríamos elementos de comparación 
con los cuales enriquecer lo estudiado en 2011. Si lo hiciéramos, podría confirmarse 
lo que, por ahora, es una hipótesis: la lista de libros citados por los obreros metalúr¬ 
gicos no parece privativa de este grupo de lectores, ni siquiera de un grupo social 
que podemos identificar como trabajadores sindicalizados de la untmra. Quizás, 
esta sintonía entre el libro y la identidad grupal de una clase social sea pertinente 
para los tres o cuatro volúmenes que atienden de manera específica el universo 
del trabajo (como Manuaí para entender quién vacía el sobre de la quincena, de 
Massera) y el sindicalismo (como Sindicalismo y peronismo. Los comienzos de un 
vínculo perdurable, de Del Campo), pero no más allá. Incluso, este tipo de lectura 
no necesariamente es privativo de los lectores del gremio de trabajadores meta¬ 
lúrgicos: puede ser compartido por lectores de otros gremios o por lectores no 
agremiados, aunque, claro, estos textos están dirigidos en particular a quienes se 
encuentran involucrados social o ideológicamente con los temas tratados. 

El resto de los títulos podría estar presente en las elecciones de una gran parte de 
la población lectora del Uruguay. Y, en no pocos casos, los libros y los autores cita¬ 
dos son compartidos por una gran parte de los lectores del continente y los países 
de habla hispana, inglesa y francesa, sin distinción de género, clase o grupo social. 
Ocurre esto con los títulos de autores norteamericanos, europeos o de otras latitu¬ 
des que recorren amplias zonas del mercado internacional del libro. Forman parte 
de las publicaciones sin clase de las que habla Hoggart (2003, p. 45), afectan a todas 
las clases sociales y todas las clases sociales tienen acceso a ellas. Lo trascendente 
no es tanto su dispersión, sino cómo sus temas y signos son capaces de captar la 
atención de individuos tan dispares, al menos en cuanto a su desigual ubicación 
en la escala social. Sería fructífero, si fuese posible, determinar cómo estos textos, 
compartidos por individuos tan diversos, son aprehendidos de manera distinta. 
Aquí la noción de uso no se restringe a la lectura, sino a los efectos producidos 
en el individuo luego del contacto, ocasional o recurrente, con determinado libro. 
Diversos lectores podrán interesarse por la lectura del campo laboral propuesta por 
Massera, pero solo aquel que recibe una paga quincenal vibrará en sintonía con la 
detallada explicación del angustiante vaciamiento del sobre del que depende su 
cuotificada existencia. 

Es cierto que este fenómeno de asimilación o empatia entre el texto y la vida del 
trabajador metalúrgico no es relevante cuando la temática tiene que ver con el 
bienestar, con consejos para relacionarse mejor con la familia y las amistades o con 
métodos para optimizar el rendimiento de la memoria y aplicarlos en múltiples 


trabajos y oficios. Entonces estamos ante temas y libros que, como hemos dicho, 
están dirigido a públicos amplios que exceden cualquier restricción de clase social. 
Pensamos, con todo, que, si bien existen trabajadores que participan de este gran 
universo de lectores sin clase, más o menos uniformes —aunque no anónimos, 
como aclara Hoggart—, estos mantienen, a diferencia de los estudiados por el an¬ 
glosajón, un diferencial que evita su disolución en una categoría uniforme de lector 
masivo. Se trata, en nuestro estudio, de lectores con activa participación sindical, 
asalariados, como hemos dicho, que en muchos casos no restringen la lectura a la 
literatura asociada al mercado del entretenimiento vacuo, sino que comparten este 
índice con lecturas asimiladas a los paradigmas tradicionales de la formación y la 
educación individual en procura de fortalecer valores solidarios. 

Es preciso, con todo, reconocer que un estudio sobre hábitos de lectura y un inven¬ 
tario de obras y autores construido a partir de la memoria de los 161 trabajadores 
que respondieron afirmativamente a la consulta sobre nombres de libros y autores 
no constituye un argumento suficiente para hablar de la cultura de la clase obrera, 
ni siquiera de un gremio específico, y, dentro de él, de un sindicato; tampoco para 
argumentar sobre la disolución de una identidad de clase o para confirmarla. Es 
decir, la lectura es solo uno de los índices relevantes del fenómeno cultural, que, en 
cualquier estrato social, involucra el relacionamiento del individuo con el saber, el 
entretenimiento, la información, la gastronomía, el juego, etcétera. Además, la lec¬ 
tura de libros es una parte, muchas veces menor, del hábito de leer. De modo que, 
por una parte, estos trabajadores tienen una tendencia a dejar de lado las lecturas 
sociales y políticas y, por otra, están abiertos a la lectura como pasatiempo. 

Planteados las restricciones y los alcances del estudio, podemos afirmar que conta¬ 
mos con una referencia dentro del campo de la lectura, específicamente de libros, 
basada en 161 trabajadores, y esta referencia ofrece riquezas y abre interrogantes 
que promueven la reflexión. Con los 156 autores y las 157 obras citadas, los lectores 
del sindicato de obreros metalúrgicos han cubierto una amplia gama de la conste¬ 
lación literaria mundial. Recordemos que cada trabajador podía señalar cualquier 
autor y cualquier volumen leído en su vida. Este breve catálogo constituye una 
memoria íiteraría , como la define Harold Bloom (2004), pero sin la cualidad de 
representatividad estética y geográfica que el estadounidense adjudica a su de¬ 
finición de canon, del cual en párrafos anteriores hemos intentado desmarcarnos. 

Este corpus literario está integrado por libros y autores distribuidos en grupos te¬ 
máticos de acuerdo con los criterios ya explicitados. Seguramente algunos de ellos, 
en especial la identificación de fronteras entre el texto ficcional y el no ficcional, 
entre el ensayo y la creación, u otros, no sean los mismos que los adoptados por los 
lectores consultados. Esta divergencia de criterios tiene distintas fuentes. Una de 


84 


1 


LA 

ENCUESTA 


ellas es la existencia de textos que combinan géneros diversos, sin asumir uno de 
ellos de manera explícita. En los decenios recientes, han aparecido denominaciones 
que intentan catalogar estos fenómenos, como autoficción , biografía ficcionalizada 
o faction (término surgido de la fusión de fact y fiction, propuesto por represen¬ 
tantes de la crítica literaria norteamericana para referirse a los textos que conjugan 
hechos y ficciones), 14 y se han revalorizado y reubicado estéticamente géneros his¬ 
tóricos, como el epistolar, la literatura de viajeros y las memorias. 

Cuando, ante esta dificultad, tanto los encuestadores como los encuestados con¬ 
sideramos descollante alguna de las características del texto, elegimos a partir de 
ella una categoría que lo ubicara en la tranquilizadora catalogación, en un orden 
útil para mapear y aprehender este universo múltiple y disperso. Entonces, los 
núcleos temáticos o la taxonomía que hemos asumido habilitan la movilidad, es 
decir, la obra de un mismo autor puede abordarse desde perspectivas distintas, 
de modo que se la puede ubicar en uno u otro agrupamiento según afinidades. 
Destacar una de ellas supone decidir que un elemento ocupe la función orde¬ 
nadora y relegar a la función adyacente otras cualidades que, claro, desde otra 
mirada pueden reclamar su centro. 

El repertorio de libros es heterogéneo, pero ofrece, al menos, un elemento en co¬ 
mún: el apego irrestricto al referente. Son escrituras que refieren al mundo real, con 
un referente explícito dentro de un discurso dominantemente lógico y discernible, 
o imaginado en el sentido de alejado de las pautas realistas tradicionales, o exacer¬ 
badas, a veces con ingreso en el universo laxo de lo fantástico. Pero en el centenar 
y medio de obras y autores la densidad mimética es la dominante. 

Luego del predominio abrumador de la narrativa (91 % de los autores, 89 % de las 
obras), existe una segunda mayoría, en favor de la ficción. Sólo en prosa, este regis¬ 
tro escritural está representado por el 47 % de los autores y el 51 % de las obras, a 
las que sin inconvenientes podrían sumárseles ejemplos de los géneros dramático 
y poético, e incluso algunos de los títulos de la prosa no ficcional, cuando intercalan 
relatos de mundos fantásticos. 

La predilección por la ficción narrativa coincide con las tendencias de lectura de 
obras recreativas por parte de los obreros de países de Europa en el siglo xvm 
(Lyons, 1998, pp. 473-517). y con estudios recientes de investigadores argentinos 
en ámbitos obreros y populares. Como ejemplo de estos últimos, puede cotejarse 
el realizado por Nicolás Quiroga sobre lectores de la Biblioteca Popular Juventud 
Moderna de Mar del Plata de las décadas de los 30 y 40. Quiroga analizó fichas de 
préstamos de libros y presentó una evidencia insoslayable, atenuada en algunos 

14 La modalidad es convocada por Fernando Alegría (1991, pp. 11-25) al analizar los géneros vinculantes, 
como la memoria y la autobiografía (Lara Pozuelo, 1991, pp. 11-25). 


85 




LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


períodos de acuerdo con el mayor o menor vínculo del lector con la propuesta 
popular y sindical de este centro cultural de raíz anarquista: el marcado gusto por 
la ficción, tendencia confirmada por investigaciones efectuadas en bibliotecas sin¬ 
dicales y populares de otras ciudades argentinas (Quiroga, 2003, pp. 449-474). 15 

Esta tendencia en favor de la ficción narrativa fue compartida por los uruguayos 
consultados en 2003 en la compulsa Imaginarios y consumo cultural, dirigida por 
Achugar. Los resultados confirman que la novela es el género más leído por los 
lectores uruguayos —58 % de los encuestados—, fenómeno que se repite en 
España, de acuerdo con un estudio sobre el mismo tópico realizado en 1997 
(Achugar et. al., 2003, p. 57). 

En este estudio, al haberle permitido al obrero incluir en la respuesta su historia 
como lector, el conjunto de obras y autores alcanzó, en cuanto a experiencia de 
lectura, un espesor histórico de medio siglo: desde el momento de la encuesta, 
realizada en marzo de 2011, hasta las primeras lecturas del trabajador cuando niño 
o adolescente. Este origen se remonta a poco menos de seis décadas, es decir, a 
inicios de la década de los 60, ya que los trabajadores consultados de mayor edad 
contaban con 64 años cuando fueron abordados en nuestro estudio. 

Así, identificar una lectura contemporánea es posible cuando el libro citado tiene 
una primera edición fechada en años recientes. En cambio, cuando el libro citado es 
La llíada, por ejemplo, se puede presuponer, con bastante certeza, que su mención 
se debe más al recuerdo de los estudios liceales que a una lectura reciente por 
parte del trabajador, aunque esta última posibilidad nunca queda descartada. Es 
imprescindible tener en cuenta esta convivencia de actos de lectura distantes en 
el tiempo cada vez que reflexionemos sobre las elecciones de libros y autores por 
parte de los trabajadores metalúrgicos. Pero enriquece otras realidades del mis¬ 
mo fenómeno, por ejemplo, la lectura pretérita integrada al patrimonio literario 
de cada lector. De esta manera, ingresamos la lectura proveniente de la institución 
educativa y de la época juvenil. 


¿Un canon de lecturas del universo sindical? 

Si no creemos que esta lista puede ofrecer un canon literario sectorial, al menos no 
en sentido estricto y no condicionado o relativizado por los vectores que desacre¬ 
ditan su representatividad, tampoco pensamos que puede establecerse un canon 


15 Nicolás Quiroga recuerda otros estudios de colegas de su país, como el de J. Huret sobre la biblioteca 
de la penitenciaría de Buenos Aires, el de Adolfo Prieto sobre la biblioteca Rivadavia de la misma ciudad, 
el de Dora Barrancos sobre la biblioteca de la Sociedad Luz, el de Luis Alberto Romero y Leandro Gutiérrez 
sobre bibliotecas de Villa Nazca y Barrancas, el de María Nicoletti sobre la Biblioteca Homero de Rosario y 
el de Ricardo Pasolini sobre la Biblioteca Juan B. Justo de Tandil. 


86 




de lectura, esto es, tendencias temáticas de lectura que puedan considerarse más 
allá de eso: inclinaciones hacia opciones, más o menos densificadas, por parte del 
trabajador sindicalizado. 

Si recién observamos la evidente dominancia de la narrativa y la ficción, también po¬ 
demos advertir la aparición minoritaria de textos ideológico-doctrinarios, un dato 
sorprendente al tratarse de un sindicato de fuerte y sostenida tradición marxista y 
comunista. Para explicarlo, resulta tentador pensar en la permeabilidad del lector 
obrero al sostenido avance del libro comercial, identificado como un pasatiempo 
vaciado de mensaje social transformador, al menos explícita y programáticamente, 
en un contexto de textualidades carentes de cualquier acento revolucionario. En 
contrapartida, este mismo lector parece aceptar y buscar lecturas sustantivas entre 
aquellas que, hace un siglo, especialmente en las décadas de los 60 y 70, consagra¬ 
ron explicaciones universales del sujeto y la sociedad. Las respuestas espirituales y 
religiosas, el redescubrimiento del mundo fenomenológico e irracional, junto con 
el de la aventura y el entretenimiento vacuo, conllevan aquel desplazamiento. Junto 
con ellas, aparecen incluso ejemplos de textos y autores que cuestionan los regíme¬ 
nes comunista y soviético en particular, aunque el retroceso de la ideología excede 
este fenómeno. En esa línea se ubican los títulos de Kravchenko y Nee, por citar dos 
ejemplos. Esto no significa ausencia de ideología —cualquier texto la contiene—, 
sino el avance y hasta el dominio de textos que dialogan con proyectos disolventes 
e individualistas, que pueden contener un régimen de cuestionamiento a las con¬ 
diciones de vida, pero no afectar las estructuras económicas y políticas donde los 
valores individuales prevalecen. 

No creo que esto se deba únicamente al avance indiscutible del mercado edito¬ 
rial, con sus novedosos y apabullantes mecanismos de persuasión y su implacable 
hegemonía a través de editoriales multinacionales. Si ciertos escritores han naufra¬ 
gado ha sido también porque otros han ofrecido un tono más fluido y en mayor 
sintonía con el lector masivo contemporáneo. 

Hay, además de lo anterior, un diálogo entre los temas, las ideas y las sensacio¬ 
nes de estos textos con algunas férreas tradiciones que el trabajador mantiene 
y que, en cada generación, espera reactivar. Estas tradiciones tienen que ver con 
valores como la solidaridad, la amistad irrestricta, la concepción de la familia y los 
aceptables márgenes de denuncia y protesta que creen tener como protagonistas 
de un espacio de ciudadanía. A partir de otros textos, estos mismos trabajadores 
reflexionaron alguna vez sobre el mundo laboral y la sociedad, acumularon inte¬ 
rrogantes, no siempre satisfechas, y cierto grado de frustración, producida por el 
desfase entre la magnitud de los problemas y la lejanía de soluciones profundas 
(derrocar el capital, instalar un sistema socialista). Ahora, los nuevos textos ofrecen 


un repertorio de preguntas más abarcadoras, que exceden el universo del trabajo 
para explayarse sobre la vida, la felicidad, el placer, el amor y la familia en el mundo 
contemporáneo, y estas preguntas las hacen otros: escritores comprensivos, que 
entienden cómo vive no solo el trabajador, sino también el hombre de a pie, expre¬ 
sión sin un estricto sentido de clase. Y, lo más importante, el lector encuentra en 
esos textos una profusión de respuestas bien hilvanadas, que, asumidas, cubren un 
itinerario ya recorrido por otros —quizás por él mismo, y del que no reniega, sino 
que reconoce como experiencia compartida— o por recorrer. Ahora sí, estos lecto¬ 
res tendrán un futuro tan cercano como venturoso si actúan como fieles y humildes 
alumnos de esta sabiduría que los invita a comprometerse sin mayores riesgos ni 
lesiones y a degustar la nueva fe. Los nuevos libros de autoayuda, de cuidado de 
la salud, de comportamiento social, de espiritualidad basada en el consejo y las 
verdades provenientes del rico acervo popular no necesariamente consagran una 
religión en el sentido dogmático o doctrinario, pero tampoco se presentan incré¬ 
dulos ante el misterio de la existencia, el azar o el destino. 

Cabría preguntarse si esta copresencia de lecturas complacientes incide dramáti¬ 
camente en la convicción y, por ende, en la vida social y sindical del trabajador, o si 
se esfuman o discurren por canales paralelos. Es decir, hasta dónde estas lecturas 
producen efectivamente un estado de hipnosis y son un antídoto a la rebeldía y la 
conciencia integral, crítica por cuestionadora, propia de los sindicatos obreros, no 
solo de sus minorías dirigentes. A lo sumo, podría hallarse un relativo —hipotéti¬ 
co, por ahora— vínculo entre estos lectores y las manidas posiciones moderadas 
de ciertos segmentos del sindicalismo. Pero, en la medida en que sus actividades 
gremiales se mantienen, no podemos hablar de una apatía social que conlleve in¬ 
acción. Luego, cabe preguntarse si existe un vínculo entre el hálito de conformismo 
espiritual de esta literatura —la ciega creencia de que el ser humano está guiado 
por un destino imposible de modificar— y la sociedad conformista y material en la 
que el trabajador sobrevive. 

No conocemos los alcances de esta dominancia de lecturas sobre temas esotéri¬ 
cos, de salud y autoayuda. Advertimos, eso sí, que en muchos trabajadores no son 
excluyentes: comparten espacio con volúmenes que llamamos ideológicos en el 
sentido tradicional (como Marx y Massera) y con la ficción y el ensayo polémico, 
cuestionador, comprometido (como Benedetti y Galeano). Las combinatorias, a las 
que nos referimos más arriba, proponen otras interpretaciones. 

Me detuve en este fenómeno porque creo que él muestra un conflicto entre el pa¬ 
radigma esencial de un sindicato de clase —su lucha contra el capital y la sociedad 
de clases, en favor de la liberación del trabajador de toda opresión económica y po¬ 
lítica— y un tipo de literatura que asociamos con el entretenimiento de masas, que 


88 


1 


LA 

ENCUESTA 


Hoggart y otros advirtieron en la década de los 50 y que, a todas luces, explosionó 
en las últimas dos. Nos referimos a productos que «ostentan una brillantez vaciada, 
repletos de ideas inadecuadas y evasivas morales», productos que «invitan a una vi¬ 
sión del mundo en la que el progreso se concibe como procuración de posesiones 
materiales; la igualdad, como nivelación moral y la libertad, como terreno apto para 
el placer sin fin y sin responsabilidad». Producciones, en suma, «que pertenecen a 
un mundo vicario, de espectadores: no ofrecen nada que pueda llegar al cerebro o 
al corazón. Contribuyen a la evaporación de las formas más positivas, más plenas y 
más cooperativas de la diversión, en las que se gana mucho dando mucho» 16 Esta 
división interna del campo de la cultura también existe en la literatura. No todos los 
libros son buenos libros o libros útiles y positivos: hay de los otros, porque el libro 
no es un objeto aséptico, sino la materialización de un discurso interceptado por la 
visión del mundo, la ideología y la ética. 


Tendencias 

Si sumamos los núcleos literarios que aquí hemos agrupado bajo las denominacio¬ 
nes canon del siglo xx, biografía, testimonio..., ideología e historia, sistema educativo 
y algún ejemplo de literatura infantil y juvenil, rozamos el 60 % de autores y obras 
citados. Se trata de una mayoría referida a la literatura seria, reflexiva o de mensaje, 
en diversos grados, más o menos culta. Una parte de esta literatura goza del res¬ 
paldo del sistema educativo formal (Ibarbourou y Quiroga, por ejemplo) y, además, 
consiste en títulos que se editan desde hace decenios. Por otro lado, espiritualidad 
y best sellers representan un nada despreciable 30 % de los autores y 27 % de 
las obras citadas, respectivamente, porcentajes a los que pueden sumarse algunos 
libros biográficos y otros que clasificamos como literatura popular. Aquí se concen¬ 
tran títulos publicados en los últimos diez o quince años. 

Resulta tentador preguntarse si estamos ante una veta de lectura relativamente 
nueva y asumida por nuevos lectores y si avanzará a medida que vayan caducando 
los títulos y los autores respaldados por los mecanismos institucionales y tradicio¬ 
nales. No creo que los trabajadores sindicalizados (ni los uruguayos en general) 
busquen y lean hoy obras de Zorrilla de San Martín, de modo que la cita a este 
autor se debería al recuerdo del aula escolar o liceal, donde su presencia también 
se diluye, proceso fácilmente constatable. Del mismo modo, no sería de extrañar 
que, en proporción inversa, en los próximos años aumenten las citas a Sordo o a 
alguna escritora que la sustituya en un mercado floreciente de propuestas tan fu¬ 
gaces como atractivas. 


16 Hoggart, 2013, p. 346 


89 




LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


Si es difícil arriesgar conclusiones ante simples indicios, tanto más lo es hacerlo 
desde la observación de ausencias. Sin embargo, no podemos pasar por alto 
el hecho de que en el primero de los tramos de lectura apuntados, la narrativa 
contemporánea más tradicional y consagrada por la alta cultura, con mayo¬ 
ría de autores hispanoamericanos y otros provenientes de Europa y Estados 
Unidos, casi no aparecen autores jóvenes —en realidad, menores de 40 años—, 
en especial, nacionales. Parece que las propuestas narrativas promovidas por 
los sectores medios y letrados —irradiadas al sistema educativo y a la sociedad, 
fortalecidas en la década de los 60 y luego en la segunda mitad de la de los 
80, debido al efecto emocional e ideológico producido por el resurgimiento 
de la democracia y de la ferviente actividad sindical— han dejado espacio a 
novedades provenientes de otras escuelas y, en especial, en sintonía con otras 
preocupaciones y sensibilidades. Ese tramo, que identificamos con un mues¬ 
trario contemporáneo, letrado y politizado, fue desplazado por las narrativas 
espirituales y de autoayuda. 

Estas narrativas no son nuevas: existen desde por lo menos fines del siglo xix. En 
aquel entonces también estaban asociadas a sensibilidades populares tan extendi¬ 
das como afincadas; cubrían temas como el mundo sobrenatural, lo inexplicable y 
lo milagroso, los rituales religiosos y la medicina popular. Algunos volúmenes con 
imágenes multicolores en la tapa y paratextos de propaganda ilustran este tipo 
de lectura masiva. Cito tres ejemplos: Vivir, del doctor Serge Voronoff, un «estu¬ 
dio de los medios de estimular la energía vital y de prolongar la vida» (edición de 
Maximino García, Montevideo, 1921); Manual de medicina doméstica, del doctor 
inglés J. W. Browse, una «guía doméstica [...] vertida cuidadosamente al castellano» 
por José A. Fontela (editado por la Botica Central Homeopática, de Montevideo, 
impresa en la Imprenta Artística de Dornaleche y Reyes), y La gran magia suprema 
y trascendental, de los caldeos, egipcios y hebreos, del doctor Moorne, «con todo el 
ritual para las invocaciones y evocaciones, seguido de un tratado de quiromancia 
y quirognomonia, etc.» (editado por la Casa Maucci Hermanos e Hijos, de Buenos 
Aires, sin fecha, aunque seguramente anterior a 1915, a juzgar por ediciones simi¬ 
lares de la misma casa editorial). 

Esta literatura es inmensa si nos guiamos por los catálogos que aparecen en estas 
mismas ediciones y las profusas referencias bibliográficas en la prensa de la época. 
La diferencia entre aquella época y la nuestra consiste en que hoy no tenemos noti¬ 
cia de cuánta atención recibía este universo de lecturas por parte de los segmentos 
ideologizados y politizados de los sindicatos y los partidos políticos. En los últimos 
años, por tratarse de un fenómeno extendido y expuesto, podemos recoger los 
índices evidentes de aquella confluencia en las lecturas de los activistas. 


90 



Esta evidencia revela el debilitamiento de viejos centros de emisión y control de 
discursos, el mayor protagonismo de otros, asociados a otros proyectos y a nuevos 
agentes del mercado editorial. Armando Petrucci (1998) ha trasladado al uso del 
texto los procedimientos de control social del discurso identificados por Michel 
Foucault (2008) para la producción textual. Tres de ellos dan cuenta de los rituales 
socioculturales, las doctrinas reconocidas y los sistemas educativos. Desde allí se 
puede hablar de lecturas dirigidas o condicionadas —tal vez todas lo sean— y 
vincular las citas a textos y a autores con estos registros legitimados por generacio¬ 
nes de intelectuales e instituciones. Algunos de estos centros de emisión y control 
permanecen, tal es el caso del sistema educativo, tanto estatal como privado, pero 
sus esfuerzos aparecen debilitados ante la emergencia de nuevos protagonistas 
culturales (internet). El elenco de autores y obras expuestos como norma y modelo 
—es decir, aquellos de mayor presencia en la memoria de los trabajadores—se ha 
desprendido de cualquier fuente de control dominante. Su conformación no surge 
por el solo afán de instruir, educar y adoctrinar, funciones preceptivamente posi¬ 
bles para un sindicato, sino por intereses diversos y hasta contradictorios de otros 
agentes de emisión. 

Tampoco en este eslabón de la producción textual los márgenes son precisos. 
La lista de obras y autores elaborada a partir de la consulta a los trabajadores 
metalúrgicos está afectada por imposiciones del mercado editorial, por opciones 
ideológicas, por la experiencia educativa, por impulsos surgidos del mundo sin¬ 
dical, por las recomendaciones entre amigos y por la necesidad de satisfacer el 
gusto personal, condición que fisura la racionalidad. Cada factor empuja para abrir 
una brecha mayor; todos operan en contacto. Podemos convenir que las obras de 
Galeano y Benedetti mantienen una fuerte apuesta crítica y razonadora de nuestro 
tiempo y del mundo, a diferencia de la mayoría de los best sellers y la literatura 
trivial, de modo que resulta plausible ubicarlas entre las producciones literarias 
pertenecientes a un renglón del canon contemporáneo fuertemente ideologiza- 
do, pero también debemos aceptar que ambos autores uruguayos han logrado 
un nuevo salto de éxito editorial paralelo a una fructífera inserción en el circuito 
comercial internacional. 

Petrucci (1998) entiende que las fuentes de autoridad de la producción editorial 
han sido interceptadas por movimientos imprevistos de la demanda y que las de¬ 
bilidades de la oferta y la producción han sido manipuladas hasta producir en el 
mercado del libro «una forma de posesión turbativa basada en la anulación de todo 
criterio de selección» (pp. 526-527). Ante este fenómeno, el lector ha reaccionado 
de manera irracional, comportándose «de modo desordenado e imprevisible» (p. 
534). El lector contemporáneo, según Petrucci, «lee libre y caóticamente todo lo 


que encuentra a mano, mezclando géneros y autores, disciplinas y niveles», y esta 
modalidad de lectura desemboca en una crítica voluntaria o involuntaria al canon 
oficial y a su jerarquía de valores (pp. 534-535 y 538). 

Este repertorio de libros y autores habla entonces de múltiples tendencias de lec¬ 
tura y de diversidad de lectores. En el sindicato de los trabajadores metalúrgicos 
convive el lector que busca en el texto instrucción y formación personal con el 
que busca exclusivamente esparcimiento, sin necesidad de que algo trascendente 
quede en su memoria. A veces, un mismo lector sigue ambos caminos, que, inclu¬ 
so, pueden superponerse. De todas formas, al intentar separar según opciones de 
lectura los universos cultural y simbólico, debemos evitar subestimar cualquiera de 
ellos. También los lectores de best sellers o literatura espiritual buscan una trascen¬ 
dencia que explique el mundo y sus vidas. No sabemos si estos rangos suponen 
un menor compromiso de clase con el gremio al que pertenecen o si estos lectores 
viven el sindicalismo como algo necesario pero con expectativas de bajo horizonte, 
como la mejora económica. Es decir, si integran su formación libresca a un proyecto 
de lucha sindical que proyecte la destrucción del sistema capitalista y la fundación 
de un nuevo sistema, solidario, tal como proponen las corrientes utópicas de las 
que proviene una parte de la literatura, que a otros trabajadores instruye. Pero 
tenemos la certeza, y en algún caso el testimonio, de que estas nuevas lecturas 
y el mundo sindical no se viven como incompatibles. Además, muchos son cons¬ 
cientes de que sus lecturas predilectas —la obra de Allende, como en el caso de 
una funcionaría de una empresa de la industria del plástico— son compartidas por 
algunos de sus compañeros, de modo que esta literatura, en apariencia vacua y 
superficial, de pasatiempo, cumple un rol doblemente satisfactorio: los conecta con 
un complejo de valores universales y, al mismo tiempo, con un colectivo al que se 
vinculan por medio de un repertorio literario que oscila, seductoramente, entre la 
reflexión (la explicación de un tema, de una anécdota ilustrativa) y la irracionalidad 
(el mero gusto por una estética que reducen a la afinidad personal, sentimiento que 
representan con frases simples que sellan la complicidad: me gusta cómo escribe, 
me gusta cómo cuenta). 

Este lector de opciones heterogéneas, en apariencia desaprendido y disperso, 
nos advierte sobre el cuidado que debemos tener al aventurar etiquetas y juzgar 
comportamientos. Seguramente se trate de un lector guiado por la pasión y el 
disfrute, y lo haga con una intensidad comparable con la del lector ejemplar de 
la modernidad, apasionado en su tránsito hacia la redención social. La lectora de 
Allende que mencionamos en el párrafo anterior nos confesó, sin titubeos, que la 
escritora chilena era «lo mejor» que había leído en su vida. En otros lectores, esta 
intensidad se refleja en la relectura. Un lector de 35 años, soltero, apuntó en la 


92 


1 


LA 

ENCUESTA 


encuesta que El Principito, de Saint-Exupéry, era su libro favorito, y, al lado, entre 
paréntesis, anotó: «4 veces». 

En cuanto a la manera en que estos trabajadores leen, poco podemos decir. No 
sabemos si leen en voz baja o alta, para sí o para otros, si mascullan cuando leen, si 
hacen anotaciones en el libro o en algún papel. Sobre su actitud, podemos inferir 
que el hecho de referirse aprehensivamente a los libros y volver a ellos les supone 
un generoso margen de libertad en cuanto consumidores de literatura. Esta liber¬ 
tad interesa en tanto individuos que, en principio, y al menos en estos ejemplos, 
acompasan sus estados de ánimo y sus predilecciones con la oferta de libros. 

Enzensberger (en Chartier, 1998) ha reivindicado la libertad del lector de hacer con 
los libros lo que mejor disponga: 

Forma parte de esta libertad hojear el libro por cualquier parte, saltarse pasajes com¬ 
pletos, leer las frases al revés, alterarlas, reelaborarlas, continuar entrelazándolas y 
mejorándolas con todas las posibles asociaciones, recabar del texto conclusiones que 
el texto ignora, enfadarse y alegrarse con él, olvidarlo, plagiarlo, y, en un momento 
dado, tirar el libro en cualquier rincón (pp. 546-547). 

Este uso y abuso del texto, esta lectura en apariencia anárquica, está estimulada por 
una oferta caótica. Como demuestra Petruccl (1998, pp. 547 y ss), la oferta libresca 
ha explosionado, y el lector occidental tiene a mano tanto un clásico, reeditado en 
formato de bolsillo o en edición de lujo, como el volumen de un escritor anónimo o 
que firma con seudónimos, una literatura de pasatiempo junto a un texto filosófico. 
Este supuesto desorden —en realidad un nuevo orden contemporáneo—, afincado 
en el presente y en correspondencia con la a veces sobredimensionada posibilidad 
de elegir, dialoga con la cultura visual, con los medios electrónicos. 

De todas formas, pensamos que tanto el lector volátil como el lector con proyec¬ 
to continúan, en realidad, afectados por condicionantes ajenas a sus voluntades. 
Reciben todo y creen acceder a todo, cuando, en sustancia, los canales y los productos 
circulantes responden a centros de emisión sobre los cuales ni individuos ni paí¬ 
ses marginales inciden. Existen rasguños y grietas en estos bloques supranacionales, 
pero ubicarlos no resuelve el problema. Los leemos en una sociedad institucionali¬ 
zada sobre la que estos fenómenos, potenciados por instrumentos como internet, 
quedan restringidos al carácter de interferencia, sin alcanzar un desarrollo profundo 
y una proyección temporal desde un espacio alternativo y autónomo. De modo que 
la acción irreverente adjudicada al lector contemporáneo existe, pero en un contexto 
en el que es un protagonista más de un coro no siempre ensamblado. Y no debe 
confundirse la libertad intrínseca del acto de lectura con la capacidad para elegir y 
desechar. Un acto de despecho no es sinónimo de discernimiento. 


93 



Luego de graduar el alcance de los libros entre los trabajadores metalúrgicos 
encuestados, vemos que la figura de un posible lector obrero modélico se des¬ 
dibuja entre multiplicidades y coexistencias en vez de afincarse en presupuestos 
o programas avejentados y, por eso, inadecuados para interpretar sus deseos 
contemporáneos. Me refiero a una voz potente de trabajadores que ejercitan su 
condición de lectores sin sujeción ideológica o sindical, sino desde su condición de 
individuos contaminados por proyectos institucionales de los que nunca participa¬ 
ron, afectados de manera despareja y residual y que, sin prejuicios, se insertan en 
el mercado del libro; un diálogo que los acerca, antes de segregarlos, a la paleta 
sensitiva que practica, en el intrincado mundo de la lectura, la mayoría de la socie¬ 
dad. Podemos identificar aquellos agentes impositivos con aparatos ideológicos 
trasnacionales. Todo indica que sus efectos han declinado. Si la lectura refleja una 
identidad, entonces los lectores de la untmra han acorralado la estructura que la 
sostiene en un rincón sobreviviente pero menor mientras otras identidades avan¬ 
zan solapadamente, sin resistencias. Ninguna es ni será exclusiva y, por más que 
parezcan antiguas o dislocadas del mundo contemporáneo, los mensajes y las for¬ 
mas tradicionales sobreviven junto con la novedad, más aun cuando dialogan con 
—y cuestionan— estructuras económicas que no han desaparecido. Una rica his¬ 
toria no tan lejana garantiza que los territorios abandonados serán reconquistados 
con renovados bríos. Entonces habrá más lectores, más colectivo y más libertad. 


94 




CAPITULO 2 


UN 

TALLER 


Daniel VIDAL 





EL IMPERIO DE LA FRANQUEZA 

¿Cómo conocer de primera mano el vínculo que los trabajadores tienen con la lite¬ 
ratura? ¿Cómo conocer su escritura y, con ello, la imagen que tienen de la sociedad 
y de sí mismos? Es decir, ¿cómo eliminar las intermediaciones distorsionadoras?, 
¿cómo favorecer la palabra del otro, su punto de vista? 

El taller literario procuró tener este diálogo en un espacio sindical donde el tra¬ 
bajador pudiera compartir sus experiencias literarias y donde disminuyeran las 
estructuras y los protocolos. Allí prevalecería la libertad de acción, la iniciativa indi¬ 
vidual y la confianza. El diálogo entablado en el taller literario buscó esa cercanía. 
Fue realizado por el equipo de Letra en Obra entre abril y junio de 2011, con el 
apoyo de Pablo Salomé, secretario general de la untmra, y Daniela Durán, inte¬ 
grante de la Dirección Nacional, y la participación de un puñado de trabajadores 
metalúrgicos. Salomé y Durán son, además, delegados del comité de base de tra¬ 
bajadores del acu, una empresa de auxilio mecánico que cuenta con una plantilla 
de unos 500 trabajadores. 

La convocatoria se hizo desde este comité de base y fue difundida en los comités 
de trabajadores de alguna otra empresa, como James. La ausencia de periódico 
sindical y página web, el escaso tiempo entre el anuncio del taller y su realización, 
y nuestra negligencia como organizadores hicieron que la difusión fuera limitada: 
la mayoría de los militantes se enteraron tarde o simplemente no se enteraron. Por 
otra parte, los gremialistas vieron en esta actividad un punto de encuentro, pero no 
le dieron la prioridad que en ese momento sí merecieron otros temas, acuciantes 


99 


para ellos como trabajadores sindicalizados. De todas formas, el taller se realizó y 
sus resultados respondieron al doble esfuerzo tanto de sus participantes como de 
sus promotores. 

La actividad fue realizada en el segundo piso de la sede del acu, en Libertador 
Lavalleja casi Paysandú. Tuvo frecuencia semanal: los jueves de 18.00 a 20.00. Al 
primer encuentro asistieron quince trabajadores, muchos de ellos movidos por la 
simple curiosidad o persuadidos por los dirigentes del comité de base para brindar 
apoyo, al menos al principio, a una propuesta cultural insólita —y, hasta donde te¬ 
nemos noticia, pionera—, organizada por un grupo de universitarios y dirigida de 
manera exclusiva a los integrantes del sindicato. 

Con el correr de las semanas, la concurrencia decantó hasta quedar reducida a unos 
nueve trabajadores, que, entonces sí, participaron con entusiasmo de los encuen¬ 
tros de los jueves. Seis de ellos fueron Wilson de León, Jorge Rodríguez y Miriam 
Macíel (comité de base de la untmra, del acu), Sebastián Pereira (comité de base 
de Gepax), María del Carmen Vidal (funcionaría encargada de la Biblioteca Popular 
UNTMRA-Concejo Vecinal), Alejandro Meló (comité de base de James). Pablo Salomé 
y Daniela Durán (comité de base del acu) solo pudieron concurrir a los primeros 
encuentros. Otros trabajadores, como José Delgado (comité de base de Gepax), 
Francisco Otonello, Hugo Pereira y Sebastián Montero (comité de base del acu), 
nos visitaron en alguna oportunidad. 

Este grupo de trabajadores constituye una porción ínfima de los colectivos de las 
empresas en las que trabajan, más aun del total de afiliados a la untmra. Por ello 
resulta impensable asumir que estos individuos representen a los colectivos de los 
que provienen. Sin embargo, sus discursos —comentarios, textos escritos— pueden 
considerarse en su doble cualidad de singulares y, al mismo tiempo, portadores de 
elementos compartidos. Es decir, es factible estimar que las lecturas, opiniones y 
escrituras de este pequeño grupo de trabajadores muestran tendencias compar¬ 
tidas por el resto de sus colegas. De hecho, las lecturas y los autores comentados 
están integrados en líneas de temas y tendencias literarias compartidas por otros 
trabajadores de acuerdo con los datos surgidos de la encuesta. La precisión de ese 
equilibrio entre singularidades e invariantes comunes podrá surgir de estudios que 
amparen un número mayor y más heterogéneo de trabajadores. Para fortalecer 
este objetivo, el taller literario puede considerarse una experiencia de campo inte¬ 
grada a otras dentro de un mismo proyecto; estas son: las encuestas individuales, 
las entrevistas, el relevamiento de los usuarios de las bibliotecas sindicales y sus 
preferencias, los diálogos que mantuvimos aquellos meses con varios trabajadores. 
Esta ampliación proyectada del trabajo de campo no desmerece los resultados es¬ 
pecíficos del taller literario. 


100 


2 

UN TALLER 


Realizamos el taller guiados por el ánimo de intercalar la lectura colectiva con la 
producción individual de textos. Para cumplir con el primer objetivo y al mismo 
tiempo difundir entre los metalúrgicos la literatura uruguaya, campo de nuestros 
estudios universitarios, hicimos un cuaderno de 95 páginas con poesías y cuentos 
de 19 autores uruguayos representativos de estéticas, épocas y estilos variados, y le 
entregamos un ejemplar a cada uno (Vidal, López y Rosso, 2011). Allí podían leerse 
textos escritos desde fines del siglo xix hasta la primera década del xxi; cuento, 
poesía y canción, ensayo, correspondencia de tono ensayístico, crónica periodísti- 
co-histórica. La ficha incluía una noticia de cada autor. La lista de autores y obras de 
la compilación es la siguiente: 

• Eduardo Curbelo: «Mano de obra», en Penitentes (2006). 

• Sofi Richero: «Ajenjo», en El descontento y la promesa. Nueva/joven narra¬ 
tiva uruguaya (2008; con prólogo y edición de Hugo Achugar). 

• Eduardo Galeano: «La uva y el vino, «La casa de las palabras», «La función 
del lector», «Los nadies», «El hambre», «La pequeña muerte», «La vida 
profesional/3», «La desmemoria/4», «Los indios/2», «Los indios/4», «La 
cultura del terror/2», en El libro de los abrazos (1989). 

• Idea Vilariño: «No te amaba», «Dónde», «Entre», «Carta i», «El amor», «Ya 
no», en Poemas de amor (1984; original de 1957). 

• Manuel de Castro: «Noches y tertulias de Meridión», en La vida bohemia. 
Cronicones montevideanos (2005; con prólogo y edición de Pablo Rocca). 

• Mario Arregui: «Los ojos de la higuera», en Los mejores cuentos (1996; 
Ramos generales, 1985). 

• Horacio Quiroga: «Los precursores», en Horacio Quiroga. Obras inéditas 
y desconocidas. Cuentos, tomo v (1968; dirección y plan general de Ángel 
Rama; originalmente en La Nación, Buenos Aires, 14 abril de 1929). 

• Felisberto Hernández: «Muebles El Canario», en Nadie encendía las lám¬ 
paras (2000; original de 1947). 

• Florencio Sánchez: Cartas de un flojo, en El caudillaje criminal en Sud 
América (1914; original de 1900). 

• Mario Benedetti: «Corazonada», en Montevideanos (1997; original de 
1955); «Sueldo», «El nuevo», «Verano», «Aguinaldo», «Dactilógrafo» y 
«Oh», en Poemas de la Oficina (1993; original de 1956); «La poesía no es», 
«Poeta menor» y «El autor no lo hizo para mí», en El olvido está lleno de 
memoria (1995). 


10 1 



LAS LECTURAS 

DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 

• Alfredo Zitarrosa: «Montevideana», en Por si el recuerdo (2002). 

DANIEL 

vidal • Héctor Galmés: «El puente romano», en La noche del día menos pensado 

(1981). 

• Giselda Zani: «La casa de la calle del Socorro», en Por vínculos sutiles 
(1958). 

• Mario Delgado Aparaín: «La falsa luz que hipnotiza al bobo», en Vagabundo 
y errante (2009). 

• Javier de Viana: «Soledad», en Macachines (1910). 

• Juana de Ibarbourou: «Implacable», en Lenguas de diamante (2003; origi¬ 
nal de 1919). 

• Isidoro de María: «Pan y calle», «La venida de los tigres», en Montevideo 
antiguo, tradiciones y recuerdos (2006; original de 1887-1888). 

• Julio César Juceca Castro: «Asado con cuero», en Los cuentos de don 
Verídico (2007; original de 1972). 

• Eduardo Acevedo Díaz: «El combate de la tapera», en Uruguay, cuentos y 
narraciones de autores uruguayos contemporáneos (1895; con selección, 
prólogo y apuntes de Benjamín Fernández y Medina; original de 1892). 

Esta variedad fue intencional: procuró intercalar lecturas provenientes de la ex¬ 
periencia en la educación formal con ejemplos disímiles de narrativa y poesía 
de épocas diversas, en algún caso de mayor difusión y segura recepción masiva 
(Benedetti, Delgado Aparaín, Castro), en otros, de circulación escasa y circunscripta 
a ámbitos intelectuales o minoritarios (Curbelo, Richero). Marcelo Rosso y Eugenia 
López aportaron algunos de los textos que, entendieron, podían ser bien recibidos 
por los trabajadores. Por mi parte, procuré que coexistieran textualidades dispares, 
sin preocuparme por, por ejemplo, atender o destrabar una dominante canónica. 1 

Los trabajadores comentaron su asombro ante algunos de estos textos. Sebastián 
Pereira dijo no encontrar atractivo e incluso perdió el hilo conductor del cuen¬ 
to «Muebles El Canario», de Hernández, opinión compartida por varios de los 
talleristas. Algo similar ocurrió con «Ajenjo», de Richero. En el caso de Pereira, con¬ 
trariamente a lo que podría preverse, la escritura domina sobre la lectura. Pereira 
confesó, en uno de los textos elaborados durante el taller y en otras dos oportuni¬ 
dades, su pereza hacia la lectura, ya sea por no encontrarle atractivo («no me gusta 


1 Comparto, en este sentido, el criterio de Hugo Achugar (1987): «La subversión del canon, paradojalmen- 
te, no resulta de proponer algo completamente ajeno o extraño. A la institución literaria se la cambia por 
la literatura: así operó Cervantes con la narrativa anterior, así, Onetti con la literatura precedente» (p. 15). 


102 





mucho leer») o por las dificultades que le supone («aún hoy me cuesta leer»). La 
escritura, por el contrario, ocupa gran parte de su tiempo libre, a juzgar por su casi 
semanal producción de cuentos. 

Varios de los talleristas leyeron con placer el cuento «Asado con cuero», de Castro, 
y «Montevideana», de Zitarrosa, autores que ya conocían. Sobre el primero, Meló 
insistió en su predilección, y apareció un jueves con Cuentos de don Verídico, de 
Juceca, del que leimos dos piezas sugeridas por él y comentamos varias de las imᬠ
genes, los episodios y los ingeniosos nombres que el autor asignó a los singulares 
protagonistas de sus invenciones. 

Además de preferencias, estas respuestas señalan sensibilidades. Ellos reubicaron 
los significados de estos discursos en sus universos de ideas y valores. Todo indica 
que la mayoría de las reacciones fueron elaboradas en silencio e incluso que pudie¬ 
ron haber proseguido una vez concluido el taller. En realidad, salvo dos lecturas en 
voz alta (párrafos de los cuentos «El combate de la tapera» y «Muebles El Canario»), 
los textos de la ficha apenas fueron considerados en la mayoría de los encuentros. 
Pocos talleristas tuvieron la iniciativa de dar cuenta de ellos y los coordinadores 
entendimos que con dos o tres referencias y lecturas era suficiente, de modo de 
priorizar en las conversaciones elecciones individuales. 

Así, nos desplazamos hacia las lecturas personales de los trabajadores. Los autores 
y las obras que informaron en los encuentros oscilan entre lo canónico, lo popular 
y lo espiritual. También se refirieron a lecturas poco frecuentes —Jorge Rodríguez 
mencionó cuentos de un narrador noruego cuyos datos prometió especificar, pero 
sobre el que nunca regresamos—, pero lo hicieron con puntual aprecio y necesidad 
de compartirlas. Como puede preverse, dado el interés explícito de los talleristas en 
la literatura, cada uno vivió alguna vez la lectura como una experiencia cognitiva y 
psicológica removedora. Unas veces, este estremecimiento dejó un gusto amargo, 
otras, francamente agradable. 

Durán y De León compartieron lecturas adolescentes, provenientes de la experien¬ 
cia escolar o liceal y de la especial percepción y sensibilidad de la juventud, a veces 
ingenua, más abierta, receptiva, menos reflexiva. La obra de Quiroga fue la primera 
en ser mencionada. Vidal habló de sus viejos recelos y persistentes rechazos hacia 
la obra del salteño, por entender que en ella dominan relatos de vida «tristes» y «fi¬ 
nales trágicos». Sebastián Pereira (2011a), por el contrario, habló del impacto que 
le provocó el cuento «La gallina degollada», de la asimilación de lo que allí se narra, 
de la certeza de que está «bien escrito» y de que nunca podría olvidarlo: 

Hace muchos años atrás, leyendo en el liceo, tocamos en literatura a Horacio Quiroga. 

Por mi adolescencia, no le di importancia. Pero, con el correr del tiempo, un compa¬ 
ñero leía un pequeño librito titulado Cuentos de amor, de locura y de muerte. Para 


103 


matar el tiempo (y no me gusta mucho leer), se lo pedí prestado. El primer cuento, 
que fue «La gallina degollada», me impresionó. A mi niñez veía los dibujos de los 
tantos libros que supieron pasar por mi lado, pero nunca fue algo que llamara mi 
atención. Pero este cuento fue el impulsor para la lectura y el, por qué no, escribir. Esa 
historia es particular, con los hermanos bobos y la muerte trágica al ver y realizar lo 
que su padre hizo despertó en mí un punto de vista diferente al punto [de vista] de la 
enseñanza que aquel texto me dejó, [sic] Los personajes hicieron lo que vieron, pero 
no por ser bobos, sino porque el ser humano es así. Ese librito arrugado, maltrecho, 
parecía mostrarme un camino, arrepintiéndome del tiempo pasado que dejé pasar 
por alto. 

Después de leer todos sus cuentos, seguí con otros autores. Hasta el día de hoy, me 
dan temor los libros de gran tamaño (aclaro que aún me cuesta leer). Así que elijo 
más bien cuentos cortos y de lectura ágil. Me refiero con ágil a palabras escritas con 
el vocabulario que usamos a diario, y si tranca, tomar un diccionario para descifrar la 
palabra, (p. 1) 

Ya sobre otros tópicos y temas, Maciel (2011) confesó haber reencontrado «el sen¬ 
tido de la vida» al leer un libro sobre espiritualidad de Conny Méndez luego de un 
fracaso matrimonial que le provocó angustia y desolación: 

Tenía 43 años cuando me separé. Me sentía totalmente sola, desamparada. Mi mun¬ 
do se había terminado. Llegó a mis manos el cuatro en uno de Conny Méndez y lo 
empecé a leer. Mi vida cambió. Empecé a leer todo libro espiritual que caía en mis 
manos. Me reencontré conmigo misma; me sentía fuerte. Antes todo era de a dos; yo 
me apoyaba mucho en él. Después sentí que podía caminar sola. Otra Miriam había 
nacido, (p. 1) 

Así, gran parte del taller consistió en leer en voz alta y conversar sobre cuentos 
aportados por los asistentes y, en alguna ocasión, sobre textos improvisados. Estas 
lecturas estuvieron tamizadas por relatos de vida, generosos en detalles y vivaci¬ 
dad. Tal fue el caso de Jorge Rodríguez y su peripecia por Buenos Aires en oficios 
varios, sus estrategias de supervivencia durante un duro exilio económico y sus 
viajes por las rutas de Sudamérica como conductor de un camión de transporte 
de carga. 

Rodríguez había integrado el taller literario de la plaza Cagancha que funcionó 
en un apartamento de la circunvalación de esta plaza, y publicó cuentos y poe¬ 
sías en un libro colectivo que recoge las creaciones de varios autores (Calvetti, 
Canceli, Cerviño y otros, 2010). Sus aventuras literarias lo llevaron más de una 
vez, a mediados de la década de los 80, sobre el fin de la dictadura, a la tertulia 
que funcionó en el fondo de un bar de la calle Millán, cerca de avenida de las 
Instrucciones, de cuyo nombre no pudo acordarse. Pero sí recordó la camaradería 
y la amenidad que protegían a los concurrentes al bar en las noches semiclandes- 


104 


2 

UN TALLER 


tinas, conjuradas en aquellas mesas entre copas y café. Allí, coincidía con el poeta 
Atilio Duncan Pérez, conocido como Macunaíma, un incansable promotor de la 
cultura: periodista cultural desde la década de los 70; luego, creativo de empresas 
de publicidad; en los últimos años, funcionario en el Ministerio de Educación y 
Cultura, y, desde no hace mucho, reubicado en el periodismo radial para difundir 
la música y la literatura. 

De León nos deleitó con recuerdos de las andanzas de personajes de su pueblo 
natal, Migues, en el departamento de Canelones, y con sus propios retazos de 
vida, algunos de los cuales dejó estampados en letras de molde tras el reclamo 
unánime de los talleristas. Transmitió ejemplos del código de conducta que guia¬ 
ba hasta hace un tiempo a los compadres de los cantegriles montevideanos, con 
quienes, en alguna oportunidad, supo terciar. Al compartir sus narraciones, po¬ 
cas, pero intensas, De León (2011a) pulsó el entrañable diapasón de la memoria, 
tamizado por la nostalgia. En uno de sus textos, el recuerdo remitía al descubri¬ 
miento y la lectura de unas cartas con las que recuperó episodios de la vida de 
sus hermanos: 

Cuando tenía unos diez años, me entró la curiosidad de ver en el ropero de mis abue¬ 
los fotos hechas a lápiz y, entre ellas, encontrar cartas de mis abuelos, bien olvidadas 
y con mucho olor a lo que yo consideraba viejo. Eran cartas donde contaban su 
historia a mis hermanos en las islas Canarias, las cuales hicieron que los hermanos se 
vieran también con estos tesoros de historias y vida. En ellas relataban su diario vivir 
en un barco donde ellos, como parte de pago del pasaje, tenían que realizar tareas 
en el barco, donde dormían todos juntos, y con la única satisfacción de que estaban 
cerca de las calderas y no pasarían tanto frío. Era como estar hoy, cerraba los ojos y 
lo soñaba, (p. 1) 

La mayoría de las narraciones de De León estaban teñidas de alegría y aconteci¬ 
mientos entrañables, y cuando su autor las leía provocaban hilaridad. Sus cuentos 
eran una fiesta. Disfrutaba junto con sus oyentes, como cuando relató el encuentro 
sexual entre dos campamentistas adolescentes que, para satisfacer su irresistible 
atracción carnal, se citaron en el atrio de una parroquia: 

Estaban con sus trajes de baño y con un par de toallas que pusieron en el piso, y se 
recostaron besándose apasionadamente. Él recorrió con sus labios todo su cuerpo y 
ella no podría explicar todo el placer que estaba sintiendo, por lo cual le dejó hacer 
todo lo que él pretendiera. Se desprendieron de sus ropas y él suavemente la penetró, 
fundiéndose en uno solo en un momento de pasión interminable. 

Por desgracia, en ese momento majestuoso, alguien había entrado en la iglesia sin¬ 
tiendo los ruidos de ellos. Hete aquí que era el cura párroco, que entró a investigar 
de dónde provenían esos ruidos. Para su asombro, los encuentra unidos en tanta 


105 



LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 

pasión que no se percatan de su presencia, pega un grito pronunciando el nombre de 
DANIEL Roberto para interrumpir esa pasión alocada. Roberto la cubre a ella con las toallas 

mientras que él se tapa con sus manos las partes púbicas. El padre no sabe ni cómo 
actuar ante todo lo visto y Roberto, al verlo tan perturbado, le responde: «Es la ley de 
la naturaleza» (De León, 2011). 

Además de la evidente búsqueda de humor y simpatía hacia el mundo adolescen¬ 
te, nótese la alternancia entre la perspectiva masculina («él recorrió con sus labios 
todo su cuerpo») y la femenina («ella no podría explicar todo el placer que estaba 
sintiendo») en el acto sexual. 

Por su parte, Sebastián Pereira hizo circular varias de sus producciones: cinco cuen¬ 
tos y dos novelas cortas. Escribe desde hace años y se ha presentado a varios 
concursos de narrativa organizados por periódicos e instituciones públicas y pri¬ 
vadas. Se trata de un joven trabajador de la industria del plástico, padre de familia, 
que vive la literatura con encomiable pasión. Todos los concurrentes al taller sacri¬ 
ficaron horas de descanso o presencia en el hogar para asistir a la reunión semanal, 
pero el caso de Pereira supuso un esfuerzo extra, ya que concurría especialmente 
al local del acu de Libertador y Paysandú desde su casa en camino Maldonado a la 
altura del kilómetro 15. No faltó ningún jueves y siempre difundía, con sano orgu¬ 
llo, alguna de sus narraciones. 

Otros asistentes fueron menos desprendidos a la hora de compartir alguno de sus 
cuentos o poemas; sin embargo, todos participaron sin titubeos de los ejercicios de 
improvisación a partir de un tema disparador. 

Estas producciones tienen características comunes. Primero, el lenguaje simple, di¬ 
recto, sin mayores ornamentos. No hay cultismos ni remedos de giros cultos. Los 
miembros del taller coincidieron en valorar la expresión llana y el encuentro feliz de 
un vocablo que representara, sin ambages, la idea o la acción a relatar. Este acen¬ 
to en la función comunicacional del lenguaje, la ilusión de alcanzar con palabras 
una fiel reproducción del mundo, prevalece sobre las otras funciones, pero no las 
elimina. A veces una palabra da cuenta de la búsqueda de una expresión que, sin 
quebrar la inequívoca representación de la realidad, busca excederla y producir 
sensaciones nuevas. Los cuentos están salpicados de imágenes, comparaciones, 
refranes, giros utilizados con precisión y acierto. Esta búsqueda se acentúa cuando 
el registro elegido es el poético. Algunos versos de los poemas de Jorge Rodríguez 
revelan la aspiración de alcanzar lo excelso. 

Todo dentro de una estética realista excluyente. De manera excepcional, algún rela¬ 
to incursionó en el género fantástico. «El pergamino mágico» (2011b), de Sebastián 
Pereira, fue presentado como novela; para acentuar esta característica, su autor la 


106 



subdividió en capítulos. Allí narra cómo un adolescente es atrapado e hipnotizado por 
el poder de un antiguo pergamino que lo lleva a un laberinto donde debe enfrentarse 
con personajes extraídos de los videojuegos con los que se entretiene en su cuarto. 
Los videojuegos pueden considerarse el referente real al que remiten el texto y sus 
signos, de modo que, si bien el tema construye una historia de ribetes fantásticos, la 
operación narrativa nunca se desvía de la exigencia referencial del realismo tradicional. 

Los capítulos, breves, están ordenados en una secuencia temporal progresiva. El 
total completa un texto de 17 carillas, esto es, un cuento largo o nouvelle. La crea¬ 
ción de Pereira comparte algunas características con la novela popular de folletín, 
subgénero o formato de amplia difusión en la década de los 20 en España y el Río 
de la Plata, de consumo masivo y lectura rápida, conocida como novela por entre¬ 
gas. Esta categoría narrativa tenía una connotación más culta y prestigiosa que el 
cuento, como ha indicado Beatriz Sarlo (2000, pp. 60-61) al analizar las novelas ro¬ 
sas difundidas en Argentina entre 1918 y 1925. 2 Es posible que la segmentación del 
texto en tramos cortos, es decir, «puntos de referencia explícitos y multiplicados, 
títulos numerosos» (en el texto de Pereira cada capítulo lleva un título), «secuencias 
breves y cerradas sobre sí mismas», presuponga, como propone Chartier (1994, p. 
35), un lector popular. 

El relato ofrece la seducción simple del tono testimonial y la cercanía que da el uso 
de la primera persona del singular desde la perspectiva de un niño: 

Todo comenzó en un día lluvioso; en esos días que sólo te dan ganas para quedarte 
en casa viendo la lluvia caer a través de la ventana. Las horas pasaban y el aburri¬ 
miento incrementaba; fue en ese momento que decidí jugar una vez más con mi 
video juego. 

Arriba de mi repisa tengo una caja en la que guardo un montón de discos compactos 
con diferentes géneros; entre ellos de: acción, deportivos, estrategia, aventura, en 
fin; poseo varios; pero el que más me gusta, por eso es mi favorito, se llama «Bloody 
Figther». Éste es un juego de artes marciales, donde podés jugar con varios persona¬ 
jes y en numerosos lugares. Su contenido es tan realista que penetrás en él y hasta 
que no terminás quedás hipnotizado; es por eso que me fascina. (Pereira, 2011b, 1-2) 

Enseguida observamos la prevalencia de la anécdota por sobre cualquier digresión 
que suponga un desvío del motivo central. Los hechos y las acciones priman sobre 
la incursión en otras posibles densidades, como la psicología de un personaje, su 
evolución en la trama, sus matices o contradicciones. Casi no hay elisiones u ocul- 
tamientos. El texto y lo narrado parecen fluir sin inconvenientes, dejando en cada 
oración la información necesaria y explicitando detalles, reacciones y explicaciones, 
por momentos excesivas: 

2 Aludo al título de este excelente libro para encabezar el presente capítulo. 


107 



Cuando llegamos, nos estaba esperando con ansias y nos recibió con gran alegría.AI 
bajar del auto, se me abalanzó con sus brazos extendidos y una gran sonrisa. 

—Lucas ¡qué grande que estas!, ven dame un abrazo —con gran gozo dijo mi abuelo 
abriendo sus brazos. 

—Me voy a quedar contigo todo el fin de semana —le dije mientras lo abrazaba. 

—Que bueno, no sabes lo mucho que me alegro. Los estaba esperando con una 
deliciosa cena, vamos... entremos —expresó mientras caminábamos rumbo a su casa. 

—¿Qué cocinaste de rico abuelo? —le pregunté con curiosidad. 

—Pollo al horno, y apurémonos que está casi pronto —contestó frotando sus ma¬ 
nos—, mirá si se nos quema y nos quedamos sin comer—agregó con picardía. 

—¡No! ¡Qué rico! Vamos que es mi comida preferida —respondí imaginándome lo 
sabrosa que estaria la cena. 

—Lo sabía por eso te lo preparé —añadió mi abuelo. 

En la escritura es reiterada la transcripción de fonemas en resoluciones estándares 
u ocasionales. Cuando ocurre, la escritura parece retroceder y, con ella, el artificio 
literario. Esta tendencia a proteger la naturalidad lexical y sintáctica de la orali 
dad explica, por ejemplo, la práctica abusiva y errónea del gerundio. Uno de los 
errores consiste en usar el gerundio cuando su acción es posterior a la del verbo 
conjugado, como en el siguiente fragmento: «El que instantes antes había sido un 
matungo Cipriano lo convirtió en un parejero de los más veloces a tal punto que le 
sacó varios cuerpos de ventaja recibiendo los aplausos de todos los allí presentes» 
(De León, 2011b, p. 2). En este caso, la acción de aplaudir es posterior a la de ganar 
la carrera de caballos. En otros pasajes, sin embargo, el gerundio fue usado correc¬ 
tamente: «—Esos países son bravos, ¿no? —preguntó triste abriendo el mueble de 
cocina» (Pereira, 2011c, p. 1). 

En ejemplos como el primero, sin embargo, conviene abstraerse de la formalidad 
y el desacierto normativo para recuperar el gesto del escritor, reincidente, y ad¬ 
vertir la frescura buscada y la presencia de una voz que, de manera transparente, 
procura mimetizar. 

En otro cuento, el autor combina correctamente tanto el gerundio como los tiem¬ 
pos verbales para referir una acción que se origina en el pasado, pero continúa 
hasta el presente de la narración: «Cuando llegué a la importante joyería en la que 
trabajo como guardia de seguridad, me quedé parado esperando que abrieran» 
(Pereira, 2011d, p. 1). Sin embargo, a continuación aplica, de manera equivocada, el 
presente histórico, cuando hasta el momento venía usando el pretérito: «Mientras 
tanto me detengo a mirar a una persona...». Lo mismo ocurre en este otro fragmen- 


108 


2 

UN TALLER 


to del mismo cuento: «Al finalizar uno de sus malabares, se le aproximó la persona y 
cortando con su mano un trozo, lo convida con algo de pan que en un abrir y cerrar 
de ojos desapareció». 

Idénticos desaciertos en cuanto al uso del gerundio y los tiempos verbales apare¬ 
cen en los siguientes cuatro ejemplos: 

Cipriano toma el recado cantor y ensilló al que hasta ese momento era un matungo 
inservible, según el pardo. (De León, 2011c, p. 2) 

Como corresponde Roberto estaba pegado todo el tiempo a Vicki, lo cual lo favoreció 
ya que ella se asustó por unos ruidos de unos pájaros que pernoctaban en el Parque 
tomándolo del brazo y él ni manco ni perezoso la abraza y se quedaron retrasados 
del grupo, aprovechando para darle un beso y sentir sus labios por primera vez, dis¬ 
frutando mutuamente del momento. (De León, 2011b, p. 2) 

Me fui escabullendo entre el mar humano y acá me encuentro con estas estanterías 
llenas de libros. (Improvisación de Jorge Rodríguez) 

Al llegar a Colonia nos cruza un hombre joven, que en un primer momento pareció un 
vendedor de relojes o algo similar. (Cuello, 1988, p. 2). 

Algunos de los relatos fueron entregados una semana y comentados la siguiente. 
Entonces, optamos por habilitar la expresión libre, sin prejuicios ni limitaciones 
relacionadas con la ortografía, las conjugaciones verbales o la sintaxis. Salvo ex¬ 
cepciones, no observé faltas de ortografía. Prioricé la expresión original antes que 
la corrección lingüística. Sin embargo, los usos del gerundio y el presente históri¬ 
co suscitaron opiniones contrarias y se abrió un debate colectivo, con puntos de 
vista antagónicos. 

Sebastián Pereira, De León y otros talleristas me advirtieron sobre la aceptación 
de estas desviaciones entre determinados lectores y escritores amateurs —por 
ejemplo, ellos— y las defendieron con convicción y vehemencia. Por mi parte, no 
solo insistí en la importancia de usar correctamente el gerundio, sino también en 
que usarlo abusivamente empobrece la expresión; en cuanto al presente histórico, 
aventuré que, según el caso, una forma verbal (el pretérito indefinido, el imperfecto 
o la forma verbal compuesta, por ejemplo) puede ser más precisa que otra. 

Leimos los pasajes de los cuentos en los que, a mi entender, las elecciones del 
gerundio y el presente histórico eran erróneas, ya fuera porque quebraban las re¬ 
glas gramaticales o porque desvirtuaban el sentido y la función que los definía. Sin 
embargo, a pesar de mis argumentos, recibí los votos en contra de mis oyentes, 
entre ellos, los autores de los textos en cuestión. Comprendí que hablábamos des¬ 
de lugares disímiles: yo, desde determinadas reglas gramaticales y una maceración 
de lecturas; ellos, desde usos y tradiciones orales. Lo que para mí eran desvíos, 


109 



LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 

errores y desprolijidades para ellos eran aciertos. ¿Por qué variar estas estructuras 
daníel lingüísticas, que podríamos considerar hábitos compartidos, ahora que adoptaban 

el formato literario? Los cambios que propuse no fueron bienvenidos, ya no solo 
no comprendidos, porque en sus oídos no sonaban con la misma naturalidad con 
que lo hacían las oraciones originales. 

Rehicimos nuestro camino. ¿Por qué imponer una normatividad gramatical, insti¬ 
tucional, a personas que usan con naturalidad estructuras lingüísticas que, aunque 
apartadas de la norma, les resultan eficaces y funcionales? Al usarlas, priorizaron la 
libertad expresiva y visualizaron la literatura como el espacio donde desarrollar esa 
libertad. Por este motivo no aceptaron que la precisión gramatical debiera formar 
parte de ese espacio. No se trata de un gesto programático, sino de un acto espon¬ 
táneo y de coincidencia grupal. 

La oralidad, insisto, aflora en los textos de estos trabajadores. En el cuento «Don 
Barreto», De León utiliza el vocablo fonetizado mijo, en lugar de m'hijo: «...sin titu¬ 
bear le dijeron haga pata ancha mijo» (p. 2), lo que recuerda la obra de Florencio 
Sánchez M'hijo el dotor. La grafía m'hijo pasó a los impresos de esta pieza de dra¬ 
maturgia debido a la prejuiciosa modificación de los editores de los manuscritos 
de Sánchez. Según la tesis defendida por Rocca, (2006, pp. 353-B64), en estos ma¬ 
nuscritos, extraviados desde hace décadas, aparecería el vocablo fonetizado mijo. 

Pero De León no escribió mijo por convicción ni por estar en conocimiento de 
aquella discusión lingüística: lo hizo porque su práctica escritural está guiada por 
el limpio reflejo de la oralidad. Tal vez Sánchez quiso imitar la oralidad y por eso 
trasladó a la escritura un repertorio de formas aceptadas en el habla, como lo ha¬ 
cían y lo hacen los trabajadores que no han adoptado los formatos lingüísticos del 
discurso literario de los letrados. Sin embargo, el dramaturgo oriental lo hizo por 
opción: buscó reflejar en su obra una forma del habla y, con ella, un segmento de 
la población que le interesaba representar. De León lo hizo por impulso: reprodujo 
gráficamente una forma fonética sin preocuparse por ningún tipo de corrección. 
No obstante, es una opción que también está presente en escritores cultos o pro¬ 
fesionales uruguayos. En Carnaval (1990), de Felipe Polleri, un personaje pregunta: 
«¿Qué hay, mijito?», y otro saluda: «Buenas noches, mijito» (pp. 7 y 31). La escritura 
de De León es fiel a su modo de hablar. Esta presión de la oralidad sobre la escritura 
es la que llevó a Pereira a abusar del gerundio y el presente histórico. 

Pienso en el vínculo entre esta marcada tendencia en los relatos producidos por los 
trabajadores y su gusto por literaturas con una fuerte carga oral, como la de Julio 
César Castro. La oralidad es una de las claves con las que el escritor culto atrae la 
atención de los lectores populares, recurso sistematizado en la gauchesca y presen¬ 
te en otras expresiones literarias de distintos tiempos y regiones. Así, en Italia, por 


no 



ejemplo, ya a inicios del siglo xx, los autores de relatos de folletín fueron exitosos 
en amplios segmentos de lectores porque, como observó Gramsci (1961), su escri¬ 
tura se distinguía de la académica: ellos «escribían como se hablaba, mientras los 
otros escribían como no se hablaba» (p. 130). 

El taller habilitó otros ejercicios de escritura creativa. En una ocasión procuramos 
que los trabajadores testimoniaran sobre su vida laboral. Promovimos el relato en 
primera persona del singular, comentamos que esta opción no necesariamente sig¬ 
nifica identificar al autor con el narrador y explicamos la diferencia entre ambos. 
Teníamos la sincera intención de recibir textos que contuvieran la voz, el pen¬ 
samiento y los sentimientos de los trabajadores, con menos reproducciones de 
experiencias ajenas, y que, cuando estas aparecieran, fueran distantes, mediante el 
uso de la tercera persona del singular. 

Nadie tuvo inconveniente en utilizar la primera persona del singular e incluso en ha¬ 
blar de sí mismo de manera explícita. Pero, cuando lo hicieron, optaron por relatar 
experiencias juveniles, en ningún caso laborales. En otras palabras, ninguno habló, 
desde una perspectiva personal, de sus experiencias laborales. Acaso hablar de uno 
mismo constituye un compromiso exigente pero posible, y, en cambio, hablar del 
mundo laboral constituye otro, mayor, que intercepta tabúes infranqueables. 

Es posible inscribir este silencio no acordado pero colectivo entre los discursos 
excluidos o prohibidos identificados por Foucault. Por el bien común, no todos tene¬ 
mos derecho a hablar de todo o de cualquier cosa. Foucault (2008) señala el «tabú 
del objeto, el ritual de la circunstancia y el derecho exclusivo o privilegio del sujeto 
que habla», como «tres de los tipos de prohibiciones que se cruzan, se refuerzan 
o se compensan» (pp. 14-15). No creo que el mundo laboral de estos trabajadores 
fuese un tabú: podían verbalizarlo, comentarlo, hacer chanzas sobre él; pero con¬ 
vertirlo en literatura, en un discurso que pudiera conllevar un mensaje, un ejemplo 
o una enseñanza, lo haría ingresar al espacio de lo prohibido. Quizás no aprobaran 
documentar un relato que tuviera que ver con la intimidad o la complicidad entre 
compañeros. También es posible que esta barrera haya existido solo en la expe¬ 
riencia del taller y pudiera ser destrabada sin dificultades en otras circunstancias. 

Sebastián Pereira estuvo cerca de romper esta regla: fue el único que respondió 
al tema convocado. Escribió sobre la primera huelga que protagonizaron él y sus 
compañeros de la fábrica de envases de plástico Gepax. Lo hizo sin reflexiones tras¬ 
cendentes, eludió el ensimismamiento y el tono grave, y optó por el humor. Quizás 
ese registro lo habilitó a relatar una experiencia laboral. Con la liviandad que otor¬ 
ga el registro humorístico, describió la peripecia vivida años atrás por el entonces 
nobel comité de base de la untmra en un destartalado camión que en cada curva 
parecía anunciar el fin de su primera aventura sindical. 


m 


Pasadas las 9:30 horas, concentrados sobre la ruta entre mates y risas aguardába¬ 
mos la locomoción. Minutos más tarde pasó por delante de nosotros un ómnibus 
contratado de otra empresa que llevaba varios compañeros que también se habian 
adherido. Muchos de nosotros pensamos en cómo sería nuestro transporte, esperan¬ 
do uno de similares características. De repente, frente al grupo estaciona un veterano 
en un camión despidiendo una cortina de humo negro enseñando su trajín en esto de 
la lucha obrera, pero algunos no se dieron cuenta y, de Inmediato, se formó un coro 
escuchándose la frase: «¿En eso vamos a ir?». Las dudas se adueñaron del momento 
lanzando preguntas al aire de si cabríamos todos y si llegaríamos a salvo. Pero no 
había marcha atrás y al ver subir a una compañera embarazada nos percatamos que 
para la lucha no hay excusas. Luego se colocó la bandera de nuestro comité en el 
frente del vehículo y partimos. (Pereira, 2011e, p. 1) 

Nadie escribió sobre o contra sus patrones ni reflexionó sobre el trabajo y el capital. 
Claro que esto no significa que en sus vidas no lo hagan; de hecho, lo hacen. Pero, 
al menos en el taller literario, renunciaron a este tono y a adoptar retóricas como la 
del panfleto o el alegato, que, pienso, están reservadas para otros ámbitos y otras 
funciones, no para el concepto de literatura y estética que el taller propició. 

Fuera del taller literario accedimos a las escrituras de otros trabajadores. Así, el 
obrero José Antonio Ponte, operario de un taller de armado de heladeras, nos leyó 
un poema de amor destinado a una belleza femenina a la que el admirador siente, 
paradojal y conflictivamente, tan cerca como distante. Luego de unos primeros 
versos de suspenso, el autor revela que su musa inspiradora es, en realidad, un 
maniquí. Dado el ingenio y la vivacidad del poema, quizás amortiguada por la rima 
consonántica, le solicitamos la pieza como colaboración para este libro. Ponte ad¬ 
virtió que primero tenía que registrar su poesía en la Asociación General de Autores 
del Uruguay. Pero luego, cuando le informamos sobre el carácter solidario de esta 
edición, prometió pensarlo. Lo convocamos por segunda vez, por teléfono, y reafir¬ 
mó su promesa, pero, con el correr de las semanas, esta se disolvió. 

Ponte integró el exitoso grupo Amanecer durante la década de los 80. La suya es una 
de las experiencias artísticas modeladas en la fragua de la acción cultural; su poesía 
surge más de la vivencia y el sentimiento individual en interacción con el contexto 
inmediato que del estudio teórico, aunque, claro, cabe no descartar lecturas y diálo¬ 
gos críticos con sus colegas. No podemos conjeturar más: solo a él le corresponde 
el detalle de su experiencia creativa, poética, de la cual pocos trabajadores del sindi¬ 
cato tienen noticia y que sería tan fructífero como aleccionador socializar. 

Algo similar ocurre con Cuello: escribe cuentos desde hace 25 años, ha trabajado 
en varios periódicos barriales y ha ganado premios y menciones en concursos li¬ 
terarios. Es oriundo de La Teja y fue dirigente del Club Atlético Progreso. Se educó 


112 


2 

UN TALLER 


en el colegio salesiano La Divina Providencia, luego en el liceo N.o 22 y terminó 
preparatorios en los liceos N.o 11 y N.o 16. Realizó cursos de fotografía y video 
en la Casa Municipal de la Cultura con Daniel Varela; fue fotógrafo y redactor de 
los periódicos Eco del Cerro, del barrio homónimo, y El Tejano, del barrio La Teja, y 
cofundador de la radio comunitaria El Puente fm. Su actividad sindical se remonta 
a 1985, cuando fundó el primer sindicato afiliado a la Federación Uruguaya de 
Empleados de Comercio e Industria. También trabajó como obrero curtidor y fue 
dirigente del comité de base de la curtiembre Alaska. Desde hace unos años trabaja 
en la estación de servicio Urusalvo. Cuando hablamos con él, era delegado de los 
consejos de salarios en nombre de la untmra. Tiene 51 años, es divorciado, y tiene 
dos hijos y tres nietas. 

En 1979, Cuello se hizo conocer como escritor tras obtener el tercer premio del con¬ 
curso organizado por el periódico La Prensa de Carrasco con el relato «La molestia». 
En 1988, su cuento «Hoy toca Razziati» fue mencionado en el concurso del semana¬ 
rio AIternatlva Socialista. Hace unos años ganó el concurso literario del Eco del Cerro 
y tuvo una mención por un relato breve en el concurso de la revista Cosmópolis. 

Cuello no se enteró de la existencia del taller literario que realizamos en la sede del 
acu. Lo conocimos un miércoles de marzo de 2011 cuando concurrimos al sindica¬ 
to para encuestar a trabajadores de estaciones de servicio que iban allí a reunirse 
y accedió de inmediato a nuestra propuesta de que compartiera alguno de sus 
cuentos en este volumen. El relato que eligió para mostrarnos, «Hoy toca Razziati», 3 
pertenece a la primera etapa de su quehacer creativo, cuando aún no integraba el 
gremio metalúrgico, pero ilustra justamente esa temprana inquietud literaria y, en 
particular, el ánimo y la peripecia de los jóvenes militantes que durante los años 
inmediatos a la dictadura, y en alguna ocasión en años no tan distantes, sufrieron 
la represión policial callejera e indiscriminada conocida como razia. 4 Muchos uru¬ 
guayos, lamentablemente, se verán reflejados en los siguientes párrafos del cuento: 

Al llegar a Colonia nos cruza un hombre joven, que en un primer momento pareció un 
vendedor de relojes o algo similar. Incluso mis compañeros se abrieron hacia la calle 
ignorando olímpicamente al sujeto. Entonces, salió el otro de un zaguán, cortándonos 
el paso. Aquellos giraron mientras el tipo me reiteró ya en voz más alta: «Documentos 
y constancia», al tiempo que abría una carterita y nos mostraba su arma. Después 
mostró un carnet y nos pidió que los acompañáramos. De nada valió que les aclarára¬ 
mos la proximidad de la distribuidora de libros en la que trabajábamos, ni la completa 

3 Los cuentos aquí citados de los trabajadores de la UNTMRA, las gráficas, tablas, Inventarlos de bibliote¬ 
cas y resúmenes de notas culturales de la prensa sindical corresponden a un anexo al presente libro que 
debió suprimirse en base a criterios de edición del concurso respectivo de la Comisión Sectorial de Exten¬ 
sión y Actividades en el Medio (CSEAM). 

4 Modalidad que, como se recordará, fue retomada durante algunos meses por el segundo gobierno del 
Frente Amplio, aunque claro que el cuento, escrito antes, no se refiere a esta práctica represiva reciente. 


113 




documentación que exhibíamos. El que no nos había hablado iba detrás nuestro y 
hablaba por radio continuamente. Nos llevaron hasta la calle Colonia, a los tres y a un 
albañil que pasó por la misma esquina segundos antes que nosotros. 

Nos dejaron en una entrada de unos cinco metros donde ya había gente y donde 
seguían amontonando a los distraídos peatones que pasaban por el lugar, un local 
de cobranzas, según recuerdo. Llegaron incluso al colmo de retener a un incrédulo 
vecino que portaba una chismosa con pan, leche y manteca. (Cuello, 1988, pp. 2-4) 

Es muy probable que otros trabajadores resguarden en su interior perfiles artísticos 
como los que cultivan Ponte y Cuello o los colectivicen solo en pequeños círculos 
de amistad. No pudimos averiguarlo porque, entre otras cosas, la untmra no tenía 
en 2011 una comisión de cultura, y ese año no hubo un espacio sindical donde el 
trabajador metalúrgico pudiera mostrar sus destrezas artísticas y fomentar estas 
inquietudes en otros compañeros, de modo que no accedimos a fuentes docu¬ 
mentales que refirieran a ellas. Habernos encontrado con estos dos trabajadores es 
un ejemplo de las gratas sorpresas que depara una investigación, aun cuando está 
restringida a una minoría (hay ocho mil afiliados al sindicato). 

Además de estos ejemplos de interés por lo literario y lo cultural, hay que advertir 
otras modalidades expresivas. Por ejemplo, los mensajes, a veces en verso y con 
rima, que se dedican los trabajadores de la metalúrgica Julio Berkes en las puertas 
de los baños, práctica seguramente común en otras fábricas y talleres. En estos 
casos, la escritura aparece acompañada de dibujos, generalmente siluetas más o 
menos grotescas de sus compañeros, bocetos de caricaturas. Los textos buscan 
hacer alguna crítica, denunciar algún hecho poco ético, evidenciar una debilidad o 
un error con un calificativo subido de tono. En este océano de ocurrencias, habría 
que relevar el predominio de los temas sexuales, alentados por este canal oficioso, 
de circulación rápida y colectiva. 

Como nos lo confió un veterano operario, para la mayoría de los obreros esos 
mensajes escritos y dibujados en las puertas de los baños son su única práctica es- 
critural en régimen de creación. Estos trabajadores, y gran parte de sus colegas del 
sindicato, escriben a diario mensajes de texto, correos electrónicos y publicaciones 
en Facebook y Twitter, pero nada más. Allí residen sus prácticas diarias de lectura 
y escritura. Tal vez la relación entre la literatura y estos trabajadores sea precaria, 
incluso para los que leen y, a veces, vuelcan en el papel en blanco una reflexión, un 
recuerdo o una fabulación. Si consideramos la literatura un universo de múltiples 
expresiones, entonces dicha precariedad es irrefutable. Sin embargo, desde sus ex¬ 
periencias, es tan sólida como indispensable. 

Para avanzar en estos temas, habría que abordar a aquellos trabajadores que no 
escriben y a aquellos que prácticamente no pueden hacerlo porque han perdido 


LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


DANIEL 

VIDAL 


114 



casi por completo la técnica de la escritura. Varios militantes reconocieron, con pe¬ 
sar, que son numerosos los casos de trabajadores que luego de afiliarse al sindicato 
apenas si escriben su nombre y tienen dificultades para llenar una ficha de afiliación 
o escribir en una hoja la síntesis de sus realidades laborales y demandas inmediatas. 

Aunque parezca menor, aquellas desviaciones de la norma escritural y la defensa 
que de ellas hacían sus autores invitan a pensar en una posible, aunque siempre re¬ 
lativa, autonomía por parte de los trabajadores. En principio, podemos aceptar que 
en una amplia dimensión cultural, como postula Stuart Hall (1984), «no existe nin¬ 
gún estrato independiente, autónomo, «auténtico» de cultura de la clase obrera» y, 
por ende, «gran parte de las formas más inmediatas de esparcimiento popular, por 
ejemplo, están saturadas de imperialismo popular», de modo que en todo momen¬ 
to afloran tradiciones y prácticas que revelan «delicados lazos de paternalismo». 
Luego, la perspectiva anterior constriñe otra visión, tentadora, sobre la autonomía 
—y resistencia a la hegemonía— de la cultura obrera. Tal vez el alejamiento en el 
tiempo de la relación directa, juvenil, entre el trabajador y el sistema educativo 
permite que aparezcan estos desvíos, cuya incidencia en la conformación de una 
cultura propia parece menor, pero, al mismo tiempo, evidencia resquebrajamientos 
normativos que posiblemente no aparezcan, al menos espontánea y extendida¬ 
mente, en los estratos sociales de la media y la alta cultura. 

Todavía estamos lejos de desentrañar el misterio que conlleva que este puñado 
de trabajadores promueva la literatura. ¿Qué impulsos dirigen sus lecturas? ¿Qué 
lugar adjudican a lo que leen y a lo que escriben? Poco sabemos. Algunas certezas 
surgen de sus palabras, dichas y escritas. Lo aquí compilado está envuelto en una 
necesidad que domina y determina sus formas de presentarse ante la literatura. 
Esa necesidad es de neta franqueza. Sarlo (2000) analiza la dominante sentimental 
de las lecturas populares de la década de los 20 en Buenos Aires. Este consumo 
literario registrado en los barrios bonaerenses alejados del centro está signado 
por lo que denominó el imperio de los sentimientos. Como productores, estos tra¬ 
bajadores prefieren las temáticas sentimentales y espirituales, a veces con ribetes 
religiosos en tanto reconocen pensamientos trascendentes que explican su existen¬ 
cia en la humanidad y en el universo. Pero cuando se lanzan a la creación literaria 
lo hacen con la carta de presentación inconfundible de la verdad. Escriben aquello 
que ha ocurrido o han vivido, y esa constatación legitima sus relatos, es su código 
de comunicación, el contrato que sella cada una de sus palabras. 

El trabajador habla y escribe desde su verdad. Su evidencia surge de una sinceridad 
plena. Esta cualidad enlaza el contenido con la forma del relato. Lo contado ocurrió 
realmente ; el estilo elegido para contarlo esquiva el artificio y, así, cada cuento pa¬ 
rece estar escrito sin literatura, según la descripción elegida por sus autores en el 


115 


taller. La literatura de los trabajadores busca, paradojalmente, alejarse de la litera- 
turidad. Es literatura porque la dimensión estética es inevitable, pero sus autores se 
esfuerzan por disminuirla y, al hacerlo, violentan las normas lingüísticas. Lo hacen 
por descuido, no por buscar la dimensión literaria desde la diferencia o el quiebre 
de la norma. Entonces, aquel pacto de verdad, tradicional y remanente de un realis¬ 
mo verbalmente condicionado por la necesidad de reproducir el mundo real (Rest, 
1968, pp. 105-203), está reforzado por—quizás refundido en— un segundo pacto 
establecido por las formas del decir que, ajuicio de sus usuarios, dialogan con 
aquella franqueza temática y espiritual. 

La crudeza y la sinceridad de lo contado están en armonía con estructuras lingüís¬ 
ticas provenientes de la oralidad y aceptadas en la escritura porque conllevan el 
código de aquella franqueza, puesta en el sitial de la identidad cómplice y com¬ 
partida. Aceptar e intercambiar esos códigos crea comunidad. Desde este contrato 
de lectura y escritura, estos trabajadores articulan los códigos lingüísticos que los 
relacionan y estos códigos están imbuidos de una sensibilidad compartida y una 
visión laudada de la sociedad, del rol que cumplen en ella y del protagonismo que 
aspiran a alcanzar. 


116 




CAPITULO 3 


LAS 

BIBLIOTECAS 


Daniel VIDAL 




¡Colaborad a formar nuestra biblioteca! [...] 
Por lo tanto, compañeros, donad un libro. 

El Metalúrgico, Montevideo, n.° 2, febrero 1946. 




1. INTRODUCCIÓN 

En 1946, cinco años después de fundado el Sindicato Único de la Industria del 
Metal (suim), el periódico vocero de los trabajadores sindicalizados, El Metalúrgico, 
convocó a sus afiliados a fundar una biblioteca «a fin de que se les permita a los 
obreros adquirir mayores conocimientos, instruirse y progresar en la vida». El me¬ 
canismo para fundarla, además de la voluntad y la opción social para hacerla, era 
sencillo: «Compañeros, donad un libro», rezaba la breve convocatoria, así asegura¬ 
ba la amplia difusión y participación en el proyecto! 

No hallamos noticias en la prensa sindical de la recepción que esta iniciativa tuvo 
entre los obreros. Hablamos del tema con tres de los activistas más veteranos de 
la untmra que pudimos contactar, pero ninguno mantenía en su memoria aquel 
proyecto. De todas maneras dimos por descontado que se concretó, dada la rica 
tradición de setenta años que las asociaciones de trabajadores venían depositando 
en la institución bibliotecaria. Claro que, de haberse llevado a cabo, aquella inicia¬ 
tiva no habría tenido mayor sobrevida y esto explicaría en parte la pérdida de su 
registro en la memoria de los veteranos sindicalistas. 

La noticia sobre la voluntad gremial de fundar una biblioteca da cuenta de una 
preocupación persistente entre las tempranas agremiaciones de trabajadores: la 
formación cultural del obrero, complementaria a la específica de su oficio y a la que 
pudiera haber recibido, incluso escasamente, de parte del Estado, muchas veces 
reducida a un par de años de la enseñanza primaria. 


1 (Febrero de 1946). ¡Colaborad a Formar Nuestra Biblioteca!, El Metalúrgico, s/n. 


12 1 



Pero en tal caso, aquel proyecto debió haber sido pensado y elaborado con mayor 
detalle y detenimiento del que ofrece la noticia del periódico sindical. La fundación 
de una biblioteca obrera conlleva la reunión de un segmento libresco del saber 
que un colectivo de trabajadores asocia con su identidad y con las necesidades 
formativas de sus asociados. Resulta evidente que este objetivo no está amparado 
en todos y cada uno de los volúmenes que, finalmente, se acomodan en los ana¬ 
queles, pero sí que una gran parte de ellos es funcional a él. 2 Luego, mediante el 
cotejo de fichas de préstamo y, si es posible, entrevistas a usuarios, cabría verificar 
si el corpus elaborado con objetivos políticos respondió efectivamente a los inte¬ 
reses de la mayoría de los asociados. Al mismo tiempo, la biblioteca constituye el 
eje promotor de actividades culturales y recreativas diversas, anudadas a la vida 
asociativa del sindicato. 

Cuando realizamos nuestra investigación el sindicato de los trabajadores metalúr¬ 
gicos contaba con una biblioteca en su local central, inactiva, y otra en la fábrica 
de plástico, Cristalpet, esta vez en plena actividad y sostenida con esmero por un 
puñado de integrantes del comité de base sindical. 

En el siglo y medio de historia del movimiento sindical uruguayo las bibliotecas 
obreras han fomentado las actividades colectivas. Su impronta pedagógica y social 
se mantiene. Sin embargo, resulta evidente que ha sido afectada por los cambios y 
las novedades ocurridas en el contexto del mercado y de la industria cultural, en los 
hábitos y en las tecnologías relacionadas con la cultura, algunas de ellas dispersas 
e individuales, al menos en su primera instancia instrumental. 

En las páginas que siguen vamos a recorrer el itinerario de un rico corolario de 
bibliotecas obreras, registrado en el movimiento obrero en el Uruguay, antes de 
repasar, al menos someramente, el contexto de bibliotecas de los sindicatos y fede¬ 
raciones de la central pit-cnt y dar cuenta, finalmente, de algunos aspectos de las 
dos bibliotecas de la untmra. 


Las primeras bibliotecas obreras 

Las bibliotecas obreras en Uruguay tienen una tradición de poco más de un siglo. Es 
notorio que las primeras agremiaciones de trabajadores fundadas en nuestro país, en 
el último cuarto del siglo xix, visualizaran sus primeras bibliotecas como una potencia 
socializadora, eje de difusión y divulgación de ideas y saberes de la humanidad. Este 


2 La prioridad de los títulos sociológicos y doctrinarios de bibliotecas obreras y anarquistas puede con¬ 
firmarse en los catálogos, resumidos, difundidos por estas instituciones entre 1900 y 1920 en Montevideo, 
aunque ello no signifique una concomitante dominancia temática en la efectiva lectura de parte de los 
asociados. Cf. Vidal, 2013, pp. 101-114. 


122 



3 


LAS 

BIBLIOTECAS 


objetivo era alcanzado por acumulación de un patrimonio libresco novedoso para el 
Uruguay, capital simbólico que era apuntalado por actividades culturales, educativas y 
recreativas: conferencias y controversias, veladas, actos públicos y solidarios, salas de 
lectura, impresión y difusión de folletos y periódicos. 

Para inicios del siglo xx, la información brindada por la prensa certifica la existencia de 
múltiples bibliotecas de trabajadores. 3 Así por ejemplo, en 1903 funcionaba una biblio¬ 
teca obrera en la casona de Colonia 216. Casi seguro se trató de una iniciativa de las 
entonces llamadas asociaciones de resistencia. La duda persiste porque la breve noticia 
que dio cuenta de su existencia no se detuvo en la filiación o pertenencia sectorial de 
esta iniciativa, sino en su magnitud y oferta de temas: en sus estantes se resguardaban 
«alrededor de 500 volúmenes de sociología científica, naturales y literatura». 4 

En aquellos tiempos los usuarios de la biblioteca obrera no se circunscribían a los 
miembros de la sociedad de resistencia o a la rama de la industria a la que pertene¬ 
cían los trabajadores en cuestión. En este caso sus patrocinadores anunciaban que 
el local de la biblioteca «permanece abierto todos los días hasta las 10 de la noche 
a disposición del público que desee visitarlo». 5 Claro que esta expresión parece más 
una desaprendida intención por captar la simpatía de los vecinos y extender el vínculo 
sindical al barrial, que una efectiva integración entre dos ambientes sociales con ritmos 
y códigos diferentes. 

De todas maneras, las bibliotecas obreras proliferaron en las tres primeras décadas 
del siglo xx estimuladas por el constante interés obrero en el autodidactismo y la en¬ 
señanza popular, en paralelo a una creciente escolarización estatal. En 1905 el gremio 
que nucleaba a los conductores de vehículos dispuso la constitución de una biblioteca 
y, en noviembre, una vez instalada, decidió destinar la suma de cien pesos «para la 
adquisición de obras instructivas para completar su ya bien provista biblioteca social». 6 
Entonces, la biblioteca obrera de los conductores de coches contenía «336 volúme¬ 
nes de los mejores autores y encuadernados en tela». La crónica sobre esta biblioteca 
publicada en el periódico batllista, El Día, informa que «estas obras son leídas por los 
asociados y por las familias de estos sin distinción de sexo ni edad, pues se trata de 
lectura de la más sana y más moral». 7 

3 Los datos aquí resumidos surgen del proyecto de investigación I + D Cultura libertaria en el Uruguay de 
la modernidad (1898-1928), financiado por la Comisión Sectorial de Investigación Científica de la Universi¬ 
dad de la República (CSIC-UdelaR), realizado entre 2011 y 2013 y del cual fui responsable, en colaboración 
con la Lie. Deborah Rostán. 

4 (21 de octubre de 1903). Movimiento obrero. Biblioteca obrera. El Día, p. 1. 

5 Ibídem. 

6 (7 de julio de 1905). Movimiento obrero. Los conductores de vehículos. El Día, p. 2; (1 de noviembre de 
1905). Movimiento obrero. Los conductores de carruajes. El Día, p. 2. 

7 Ibídem. 


123 




LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


El mismo año, las sociedades de resistencia de obreros varaderos, carboneros y 
oficios varios, con sede en el Cerro, realizó un festival en beneficio de su biblioteca 

VIDAL 

social. En esa oportunidad, además de números artísticos —declamación de poe¬ 
sía, música a cargo de una orquesta— Leopoldo Rodríguez realizó una disertación 
sobre el tema: «Importancia de las bibliotecas en las sociedades obreras y necesi¬ 
dad de un diario obrero». 8 

Para entonces comenzaron a multiplicarse las noticias sobre el funcionamiento de 
bibliotecas obreras en Montevideo y en localidades cercanas, lo mismo debe haber 
ocurrido en ciudades con alto nivel de obreros fabriles y dinamismo sindical como Juan 
Lacaze en Colonia, o en ciudades de Salto o Paysandú. 

Otros datos hallados en la prensa periódica de entonces, mayormente de Montevideo, ra¬ 
tifican una secuencia que debió ser más rica. En 1906 el Centro de Resistencia de Obreros 
Albañiles organizó una función teatral en las instalaciones del Stella d'Italia a beneficio 
de su biblioteca social. El programa estuvo integrado por las comedias Arlequín saivaje 
y Parada y fonda. 9 En 1912 fue inaugurada la biblioteca del centro obrero de Pando en 
un acto que contó con la oratoria del dirigente de la Sociedad de Resistencia de Obreros 
Sastres, Pascual Lorenzo, también participaron Carlos Balsán y Antonio Loredo. 10 

Entre los principales promotores de las bibliotecas obreras se encontraban los anarquis¬ 
tas. La doctrina libertaria conjugó la acción social con la instrucción en la convicción de 
que la formación integral era el camino firme para alcanzar la completa emancipación 
del trabajador en una sociedad en la que la inmensa mayoría no accedía a oportunida¬ 
des educativas colectivizadas. 

La apuesta cultural de los anarcosindicalistas quedó estampada en el primer con¬ 
greso de la Federación Obrera Regional Uruguaya (foru), del 25, 26 y 27 de agosto 
de 1905. Entonces, la novel organización, que contaba con una presencia casi total 
de sociedades de resistencia de explícita tendencia anarquista, estableció un orden 
de prioridad de temas a abordar. Los primeros lugares correspondieron a la realiza¬ 
ción de conferencias de propaganda en Montevideo y, en el interior, a la reducción 
de la jornada laboral a 8 o 6 horas según el caso, a la propaganda antimilitarista y 
a la fundación de escuelas laicas, etc. El octavo lugar, en una lista de quince temas, 
lo ocupó la necesidad de fundar bibliotecas obreras. El referido artículo propuso, 
textualmente, el «establecimiento de bibliotecas en todos los centros gremiales». * 11 


8 (29 de setiembre de 1905). Movimiento obrero. Una fiesta obrera. El Día, p. 2. 

9 (8 de setiembre de 1906). Movimiento obrero. En el Stella d'Italia. El Día, p. 2. 

10 (Octubre de 1912). Bibliotecas populares. Despertar, (37), pp. 378-380; (24 de setiembre de 1912). En el 
campo obrero. El mitin realizado el domingo pasado en Pando. La Democracia, p. 6. 

11 Zubillaga, s/f, p. 55 (datos tomados del periódico El Obrero de Montevideo de 1905). 


124 




Esta confianza en la cultura libresca estuvo integrada a una tradición realzada por 
distintas tendencias del pensamiento democrático durante la modernidad, esta vez 
en el entendido de que la instrucción era la vía más rápida y eficaz para alcanzar 
una mínima integración social y un estatuto de ciudadanía. La reforma vareliana es 
ejemplo de este pensamiento que el batllismo impulsará con singular vehemencia 
desde 1903,12 claro que, permeado por la idea de formar individuos y trabajadores 
funcionales al sistema, al respeto por las leyes y a la confirmación de las relaciones 
de producción, y no a su cuestionamiento. Paradigma que, además, deberá ras¬ 
trearse entre sectores católicos, protestantes, socialistas y otros, con distinto grado 
de crítica social, para rearmar así un abanico mayor referido a la apuesta educativa 
que, con respectivas singularidades, fundamentos y proyectos, imperó entre los 
actores sociales en el pasaje del siglo xix al xx. 

En la primera década del siglo xx, el Estado y los agentes privados fundaban escue¬ 
las, bibliotecas, clases nocturnas y ofrecían conferencias y debates. El periodismo 
y el libro incrementaban su protagonismo en una sociedad ávida por conocerse a 
sí misma y por recibir el mundo, en momentos en que era demasiado incipiente el 
cine, no existía la radio y por supuesto tampoco la televisión. 

Las bibliotecas obreras germinaron en este campo de estímulos. Sería productivo 
rastrear altos y bajos de una tradición acendrada en el valor del libro y que per¬ 
vive en la presencia de bibliotecas barriales, a veces dependientes del municipio, 
otras de sectores sociales, a priori insospechados, como el Centro de Protección de 
Choferes, cuya biblioteca llegó a ocupar un sitial de primer orden en las décadas del 
30 y del 40 entre sus similares montevideanas. 13 

Tal como han estudiado Leandro H. Gutiérrez y Luis Alberto Romero (2007, pp. 
71-107) en Buenos Aires para el caso de las bibliotecas populares y barriales, estas 
instituciones vivieron períodos de auge y decadencia y debieron interactuar con un 
nuevo régimen de instituciones sociales y políticas (sociedades de fomento, clubes, 
asociaciones mutuales, comités de partidos políticos). En las bibliotecas sindicales 
esta realidad no debió haber impedido mantener con nitidez el recorte de identidad 
si bien se trataba de líneas de acción menos sinuosas que las de las instituciones 
barriales, dado el perfil contestatario y de clase de los sindicatos a los que perte¬ 
necían. Sin embargo, algunos de los fenómenos señalados por Gutiérrez-Romero 
podrían tenerse en cuenta para el caso, como el hincapié en la función simbólica de 
la biblioteca por encima de la función específica de la lectura, o la intermediación 

12 La escuela vareliana sustituyó a la Iglesia católica en su función de control y represión del alma, factor 
decisivo en la internalización de los valores dominantes en la población subalterna, con aprobación de 
distintos grupos ideológicos (Barrán, 1998, pp. 89-92). 

13 Sobre la biblioteca del Centro de Protección de Choferes (de Montevideo) cf. Rocca, 2005, pp. 87-108. 

El tema había sido objeto de un artículo específico sobre Cristóbal Deber Otero, director de aquella biblio¬ 
teca, a cargo de Cecilia Rebolatti (2006, pp. 155-172). 

125 



entre la cultura de elite y la cultura popular sindical. Por lo expuesto anteriormente, 
no creemos que las bibliotecas sindicales hayan devenido en espacios transaccio- 
nales entre una cultura de resistencia y de crítica social y otra de conformismo y 
reformismo, con aguda incidencia de la política nacional y estatal; tampoco, en una 
instancia de asimilación, comprensión y racionalización de los problemas sociales 
en clave amortiguadora de los conflictos de clase. Al mismo tiempo, las bibliotecas 
sindicales no despliegan el protagonismo de hace un siglo. Las sobrevivientes, jus¬ 
tifican su existencia por su función legitimadora de cultura, pero ni el volumen de 
usuarios, ni sus actividades, demuestran que aquella legitimación esté articulada 
con una fluida actividad social. 

Claro que no se trata de comparaciones, no solo porque el estudio de 
Gutiérrez-Romero refiere a una realidad barrial y no sindical, sino porque, en espe¬ 
cial, el contexto cultural al que refieren tiene que ver con la década del 30. Otro es 
el panorama cultural de 2011, con el descollante protagonismo de medios electró¬ 
nicos de comunicación, inexistentes ochenta años antes, que aseguran la presencia 
dominante de la imagen por sobre el texto y relegan el libro a instancias rema¬ 
nentes o, en otros casos, a emergencias de relativa masificación sostenidas por un 
potente aparato mercantil, promotor de temas e ideologías confrontados con los 
preservados por los sindicatos. 

El avance tecnológico-electrónico y de la imagen exige en el mercado del libro 
una remodelación del soporte material, con propuestas innovadoras en diseño y 
funcionalidad, de modo que el objeto interactúe con mayor eficacia con el lec¬ 
tor, instancia relevante en particular en el segmento de libros pensado y dirigido 
al público infantil. Tanto la incidencia de internet como el desfase entre antiguas 
propuestas materiales del libro y las exigencias actuales de los lectores infantiles 
fueron temas destacados por Ricardo Trinidad y María del Carmen Vidal, responsa¬ 
bles de la Biblioteca Popular untmra-Concejo vecinal. Si bien se trata de un asunto 
evidente, resulta aleccionador escuchar sus testimonios referidos a la experiencia 
directa y cotidiana con un fenómeno envuelto en matrices culturales y procesos 
cognitivos en desarrollo. 


Realidades dispares en el presente 

En 2011 el movimiento sindical nucleado en la central pit-cnt ofrecía un variado 
panorama respecto a sus esfuerzos por mantener bibliotecas obreras. 

Buenos ejemplos de estas instituciones culturales del mundo sindical están a car¬ 
go de la Asociación de Empleados Bancarios del Uruguay (aebu), la Asociación de 
Empleados y Obreros Municipales (adeom), el Sindicato de Artes Gráficas (sag), 


126 


3 


LAS 

BIBLIOTECAS 


la Federación de Trabajadores de la Industria Láctea (ftil), y la Asociación de 
Funcionarios del casmu (afcasmu). Estas asociaciones de trabajadores mantienen 
bibliotecas en sus sedes, la mayoría de ellas, amparadas en la demanda de libros de 
estudio escolares o liceales para los hijos de los asociados. 

La biblioteca de aebu, ubicada en la sede de Camacuá y Reconquista, fue fundada 
en 1967 y cuenta con unos dieciocho mil volúmenes. María Mercedes Perera y 
Alicia Gómez, sus responsables, brindan un servicio diario a un público lector que, 
según informaron, ratifica cada mes su predilección por la narrativa y dentro de 
este género por las novelas. Los autores son solicitados de manera preferencial 
por su condición de latinoamericanos. Entre los más recurridos se destacan Isabel 
Allende, Paulo Coelho, y José Saramago. Esta biblioteca cuenta con cerca de un 
millar de socios activos y renueva su acervo con la adquisición de unos diez volú¬ 
menes por mes, además de donaciones. 

La adeom conserva su biblioteca, fundada en 1986, donde pueden hallarse unos 
once mil volúmenes. La comisión de cultura de esta asociación y los encargados 
de la biblioteca han decidido concentrar sus esfuerzos en la literatura y en la en¬ 
señanza, por lo que los libros destinados al sistema educativo, particularmente, en 
los niveles primario y medio, son los más atendidos por este importante servicio. 

En el caso de la ftil, con sede en la casona de la Asociación de Obreros y Empleados 
de Conaprole (aoec) de Joaquín Suárez 2878, la biblioteca brinda desde 2007 un 
servicio casi exclusivo de libros de estudio para niños y jóvenes en edad escolar y 
liceal, desde 6° año de escuela hasta 6° año de liceo. En esta misma línea, con el 
enfoque en priorizar libros educativos, existe la biblioteca de la afcasmu. 

Con menor actividad y volumen, pero todavía activa, se destaca la biblioteca de la 
Federación Nacional de Profesores de Enseñanza Secundaria (fenapes), a través de 
su filial montevideana, la Asociación de Docentes de Enseñanza Secundaria. 

Algunos sindicatos de base contaban en 2011 con una biblioteca y su respectivo 
servicio de préstamo a domicilio, como es el caso del sindicato de funcionarios del 
Hospital Británico. 

Otros sindicatos y asociaciones no contaban con biblioteca, entre ellos, la 
Asociación de Funcionarios de la Universidad de la República (affur), la Asociación 
de Docentes de la Universidad de la República (adur), la Asociación de Funcionarios 
Judiciales del Uruguay (afju), la Asociación de Funcionarios de la Universidad del 
Trabajo del Uruguay (afutu), la Federación de Funcionarios de la ose (ffose), la 
Federación Uruguaya de Magisterio (fum), el Sindicato Único Nacional de la 
Construcción y Afines (sunca), el Sindicato Único de la Aguja (sua), el Sindicato 
Único de Trabajadores del Mar (suntma), el Sindicato Único de Portuarios y Ramas 


127 



LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


Afines (supra), la Unión Autónoma de Obreros y Empleados del Gas (uaoegas), la 
Confederación de Obreros y Funcionarios del Estado (cofe), el Sindicato Único de 

VIDAL 3 

Telecomunicaciones (sutel) y la Unión Ferroviaria (uf). 

La Asociación de Trabajadores de la Seguridad Social (atss) tuvo un servicio de 
biblioteca que, si bien todavía conservaba algún material, no estaba habilitada y, 
de hecho, no funcionaba para los asociados, según nos informó Leonardo Lucián. 


Rehabilitaciones 

Otros sindicatos procuraban en 2011 refundar sus bibliotecas, tales son los casos de 
la Agrupación de Funcionarios de ute (aute), la Asociación de Empleados de ancap, la 
Federación Uruguaya de Empleados de Comercio e Industria (fuecys), la Federación 
Uruguaya de la Salud (fus) y la Asociación de Maestros del Uruguay (ADEMU-Montevideo). 

La Asociación de Jubilados de la Industria Frigorífica procura desde 2015 refun¬ 
dar la biblioteca gremial, en la sede de Grecia 3681 de la Federación Obrera de la 
Industria de la Carne y Afines (foica). 

Esta biblioteca, al igual que la biblioteca de la untmra y la de otros gremios, re¬ 
presenta la constatación material de un instrumento que había florecido hacia 
mediados del siglo xx, alentado por la estricta relación entre la vida cultural del tra¬ 
bajador con el objeto libro. La biblioteca de la foica, bautizada Florencio Sánchez, 
fue fundada en la década del 40 —la memoria de los dirigentes no alcanzó para 
establecer este dato con precisión—, contó con 8 mil volúmenes, tuvo su local y fue 
sostenida por una estricta organización que incluía ficheros de lectores, servicio de 
préstamos, etc. «Muchos de nosotros leíamos allí a Emilio Salgari, Jack London, las 
historias de bandoleros italianos, las enciclopedias», nos comentó Sergio Iglesias, 
quien comparte su experiencia junto a sus colegas Sixto Amaro, Eduardo Labraga, 
Juan Carlos Astrada y Hugo Cardozo, hoy impulsores de la rehabilitación de la 
biblioteca. También confirmaron su predilección por lecturas de ficción y por la 
narrativa de aventuras en combinación con lecturas pedagógicas. 

Esta biblioteca funcionó con regularidad hasta 1974, la dictadura y la represión arra¬ 
saron con ella. Hoy, su realojo, en un espacio adaptado para el encuentro, la charla, 
el trabajo con computadoras, entusiasma a sus promotores que posiblemente re¬ 
editarán el mensaje que encontramos en Lucha, uno de los periódicos sindicales 
de la década del 40: «La biblioteca Florencio Sánchez está a vuestra disposición». 

En este contexto la biblioteca de la sede central de la untmra es un ejemplo del 
remanente cultural de estas instituciones y la biblioteca del comité de base de 
Cristalpet una sobrevivencia de aquel mismo esfuerzo. 


128 



2. LA RIQUEZA SIN USO. BIBLIOTECA 
POPULAR UNTMRA-CONCEJO VECINAL 

María Eugenia López Verzero 

Con el nombre Biblioteca Popular de la untmra, los afiliados al sindicato y los veci¬ 
nos del barrio identificaron un proyecto cultural que funcionó entre 2003 y 2009 en 
una habitación del local sindical. Ricardo Trinidad y María del Carmen Vidal fueron 
los responsables de mantener abierta esta biblioteca, que llegó a contar con unos 
dos mil ejemplares. En 2011 cumplió dos años de inactividad. Hoy, ocupa un rincón 
de 3 por 1,80 metros que nadie visita. Algunas voces, pocas pero insistentes, añoran 
su funcionamiento y sueñan con una pronta reapertura. Saben, en el fondo, que el 
milagro no podrá producirse por un decreto del sindicato, sino por la feliz coinci¬ 
dencia del tesón de sus fundadores y de los concurrentes que hoy le falta: lectores. 

La Biblioteca Popular de la untmra nació de una primera donación de libros prove¬ 
nientes de una biblioteca que, a su vez, había sido clausurada en el comité de base, 
Atahualpa, del Frente Amplio, instalado en el barrio del mismo nombre. Es así, un 
ejemplo del trasiego, de muertes y resurrecciones de esa institución por momentos 
fírme, por momentos débil, llamada biblioteca. El donante, aún anónimo, segura¬ 
mente auguró una prolongada sobrevida a la moribunda biblioteca sectorial, ahora 
en un ámbito más amplio, barrial y sindical. 

Los primeros años parecían confirmar el pronóstico. Los libros fueron «cuidadosa¬ 
mente dispuestos en unas estanterías (también donadas) que un compañero armó 
en una tarde», recuerda Ricardo Trinidad, el entonces presidente honorario de la 
untmra, y los lectores comenzaron a llegar a medida que los volúmenes encontra¬ 
ban su espacio en el nuevo destino. 

Gran parte de la vida de Ricardo Trinidad ha estado unida a esta biblioteca. Él, 
además, es uno de los veteranos más respetados del sindicato y su figura y su 
historia personal parecen sintonizar con la sabiduría alojada en los anaqueles de 
la biblioteca. 

Trinidad comenzó a trabajar cuando concluyó la escuela. Desde joven se integró a 
la industria textil, pero después de «una huelga grande» se conectó con los meta¬ 
lúrgicos y aprendió varios oficios. «Trabajé en la metalúrgica Julio Berkes. Un amigo 
me llevó para ahí. Él fue el que me enseñó porque yo no sabía nada. Aprendí de 
todo, tenía como siete oficios», relata. 

Armonizó el trabajo con la militancia sindical y, de a poco, con la lectura. A pesar 
de su escasa asistencia a la educación formal, siempre mantuvo la inquietud por la 
lectura y los libros: «Siempre me gustaron los libros de política. Mi favorito es La 


129 


vida de un maestro, de Jesualdo. Por eso me entusiasmó la idea de la biblioteca. 
Para que todos tuvieran la posibilidad en el barrio de acceso a los libros», comenta. 

En 1984, meses antes de la recuperación democrática, en el último año de la dic¬ 
tadura, la policía devolvió a la untmra su local central. Trinidad decidió instalarse 
allí, en la casona que consideraba su primera casa, ya no su segunda. Entonces, 
recuerda: «agarré mis cosas y me vine para acá, incluso no lo habían devuelto ofi¬ 
cialmente, cuando nosotros ya estábamos dando vueltas por estos cuartos». 

Por esos años el sindicato tuvo contacto con la comisión de vecinos del barrio, pero 
recién hacia 2003 concretó una idea de María del Carmen Vidal que envalentonó a quie¬ 
nes decidieron hacer efectiva la donación de una vieja biblioteca que ya nadie usaba. 
Trinidad apuntaló la iniciativa y los dos sumaron entusiasmo y esfuerzo. La biblioteca 
fue un hecho y abrió sus puertas en doble horario, de mañana y de tarde, de lunes a 
viernes. Hasta donde saben y recuerdan, y al menos durante sus años de funcionamien¬ 
to, fue la única en la zona con esa doble característica que le aseguraba una decente 
sobrevivencia: estaba instalada en un sindicato y potenciaba su accionar hacia el barrio. 


Sergio López y la lectura a los niños 

Fiel a una bienvenida tradición, la biblioteca hizo las veces de centro de operaciones 
de acciones culturales que enlazaron al barrio con el sindicato. Las actividades eran 
anunciadas en una cartelera ubicada en la vereda del local sindical. En fechas patrias, 
en otras festividades o en feriados, la cartelera convocaba a los transeúntes a parti¬ 
cipar. Así, los vecinos pudieron enterarse de la elección de la reina del Carnaval o de 
un acto cultural del Programa Esquinas de la Comisión de Cultura de la Intendencia 
Municipal de Montevideo. Cuando se aproximaba el Día del Libro, en mayo, la bi¬ 
blioteca era el referente de las actividades culturales que se abrían a todo el público: 

Si la gente no quería entrar, no entraba —nos comentó María del Carmen Vidal—, pero al 
pasar por la vereda se iban informados sobre determinados actos que quizás sí les podían 
interesar. Muchos no entraban porque implicaba que tenían que entrar al sindicato y no 
todos estaban afínes a esto. Por eso la ¡dea de trasladar al afuera lo que se ofrecía dentro. 

La cartelera funcionó. De hecho, el barrio llegó a interesarse por lo que pasaba allí, 
en la biblioteca de la untmra, al punto de que algunos vecinos organizaron una 
jornada con los niños. La actividad fue promocionada por los padres en el barrio: 
hubo volanteadas, llevaron afiches a las escuelas y al supermercado de la esquina 
de Luis A. de Herrera y Burgués. Los encargados de este comercio colgaron uno de 
los afiches en la entrada y se entregó un volante con la convocatoria a la actividad 
a muchos clientes. 


130 


3 


LAS 

BIBLIOTECAS 


Se trató de una acción sencilla que se transformó en una pequeña-gran fiesta. Los 
organizadores pensaron, con acierto, que una propuesta dirigida a los niños atrae¬ 
ría a los mayores, y así fue. Consiguieron la presencia de Sergio López, un salteño 
que desde hace décadas trabaja en el mundo editorial. Maestro, ilustrador, padre 
de tres hijos, diseñador gráfico de proyectos exitosos como la revista de literatura 
infantil, Cotorín Colorado (1980-1983), la Colección cuentos latinoamericanos para 
niños (1984-1985), la Revista de la Educación del Pueblo (1988-1995), además de 
contar con libros propios editados en España, Chile y México. 

Llegó el Día del Niño y López fue el centro de la actividad realizada en la bibliote¬ 
ca de la untmra. Leyó varios textos y dialogó con los chiquilines que se acercaron 
a escucharlo. Así, el texto salía del vínculo individual de cada uno para circular en 
un ámbito compartido por muchos. Una vez más la magia de la lectura pública y 
la animación daban vida a un grupo social alrededor de una biblioteca. 


Internet, cíber, Plan Ceibal... adiós, biblioteca 

La biblioteca funcionaba con préstamos de libros de estudio y con préstamos de libros 
de literatura y de interés general. Sin embargo, «internet, los cíber y luego la llegada 
del Plan Ceibal terminaron por liquidar la biblioteca». El nuevo escenario de acceso a 
la información y a los libros liquidó la biblioteca, según contó María del Carmen Vidal: 

Los chicos venían, pero si vos no les dabas la información bien digerida, no la querían. 
Aparte, otro problema era que la información muchas veces estaba desactualizada. En 
aquellos años comenzaba a expandirse internet, y allí conseguían lo que necesitaban 
de forma resumida y actualizada. Eso es una realidad. 

La Biblioteca Popular untmra- Con cejo vecinal sufrió así su primer golpe de gracia. Los 
lectores dejaron de asistir y la salita de estudio comenzó a juntar tierra. El panorama 
era desalentador y nada indicaba que fuera a cambiar. Miles de libros empezaron a 
quedarse demasiado tiempo en las estanterías. Una biblioteca no existe si no tiene uso. 
Los responsables de la biblioteca de la untmra advirtieron esta caída y, anticipándose 
al inevitable final, decidieron iniciar las donaciones. Los primeros beneficiados fueron 
los lectores de los pueblos del interior del país. Según comentaron Vidal y Trinidad: 

En los pueblos pequeños aún funcionan bibliotecas barriales donde aparentemente 
no importa el paso del tiempo o que los libros estén desactualizados. Igualmente se 
leen y se aprende de ellos. Casi toda la colección de libros de lectura infantil de nues¬ 
tra biblioteca actualmente está diseminada por el interior. 

Más de una vez, María del Carmen Vidal chocó con otra realidad, dolorosa para 
quienes fueron formados en una cultura que incluía la lectura como dinámica ¡m- 


13 1 



LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 

prescindible del mundo. Una tarde vio ingresar a una madre con un niño de no más 
Daniel (je seis años. 

VIDAL 

Yo le decía a él y a otros niños: ¡Miré! Todos estos libros son para niños ¿no querés 
llevarte uno? Y a los niños no les interesaba en absoluto. Y si los libros eran nuevos, 
bueno, más o menos los hojeaban. Pero si eran viejos... ¡olvídate! Se iban con las 
manos vacías. 

Es cierto, alcanza con echar una mirada a los anaqueles de literatura infantil de las 
librerías para apreciar la bienvenida producción de novedad que ostentan las edi¬ 
ciones especializadas en este segmento del público lector. Tapas moldeadas, con 
muñecos adheridos, con sonido, música y otras variaciones esperan y sorprenden 
a los pequeños. 

A pesar de estas dificultades, la biblioteca logró una presencia constante durante 
casi seis años. La tarea de ordenamiento de los libros y la promoción de la lectura 
fueron llevadas a cabo por una maestra del barrio y por estudiantes de la Escuela 
de Bibliotecología. Todos los registros con los que cuenta la biblioteca son manus¬ 
critos. Nunca hubo una computadora. 

En un momento se pensó que contar con una computadora sería beneficioso para 
nosotros y para quienes vinieran a buscar información. Hubiéramos ganado en efi¬ 
cacia y rapidez —comenta Vidal— pero luego salió el Plan Ceibal, por lo que no 
encontramos mucho sentido en hacer esa inversión. Es así que pensamos que quizás 
sería más provechoso enfocarnos en tener libros de lectura, donde la gente pudiera 
venir a buscar libros y leer por diversión. Volver a los inicios. Funcionar como sala de 
lectura, préstamo y que la gente lo devuelva cuando lo termine de leer. 

Pero la empresa no dio señales de reactivación. Hubo 152 socios, una cifra nada 
despreciable, sin embargo, solo 100 eran activos. 

El último factor que terminó por cerrar esta primera etapa de la biblioteca fue 
personal: Ricardo Trinidad sufrió un quebranto de salud y debió ausentarse de cual¬ 
quier tarea sindical por un tiempo. Sola, María del Carmen Vidal, sintió que no tenía 
sentido seguir así: 

Mucha gente concurría y al no estar él, y nadie que los atendiera, se iban. Aparte 
venían a hablar con Trinidad, conversaban de todo un poco, mucho del sindicato y 
de los tiempos de antes. Él era un motor siempre en marcha, esa es una realidad. La 
gente venía no solo a llevarse un libro. Venían a intercambiar opiniones sobre lectura, 
a que le recomendaran un libro. 

El año 2009 comenzó para la untmra con su biblioteca inactiva, pero al menos 
como depósito, continúa allí. Todos saben que en esa salita del fondo hay unos dos 
mil ejemplares que esperan a sus futuros lectores. Nadie puede saber qué le depa- 


132 



rará el futuro a este remanente de biblioteca. Podría continuar desmembrándose 
o ser reactivada. Quizás mañana un grupo de trabajadores y vecinos, tan pacientes 
y generosos como sus antecesores, encienda la luz y comience a darle vida a un 
patrimonio que en 2011 seguía en desuso. 


133 


3. LA LECTURA DEL ACTIVISTA SINDICAL 


La Biblioteca Sindical Gerardo Cuesta del Departamento 
de Desarrollo Social y del comité de base de Cristalpet 
(untmra-pit-cnt) 

María Eugenia López Verzero 


Claudio Furest y un grupo de una docena de trabajadores de la fábrica Cristalpet 
están al frente de la biblioteca Gerardo Cuesta. Con ese nombre sus promotores 
bautizaron en 2009 este emprendimiento y homenajearon así «al fundador y for¬ 
jador de la unidad del sindicato metalúrgico y del movimiento sindical uruguayo». 

La fábrica de la calle Servando Gómez 2973, a tres cuadras de Camino Carrasco, ocupa un 
galpón de casi cien metros de largo, explanadas para depósitos y tránsito de vehículos de 
carga. Afuera, a un costado y a unos cincuenta metros de la entrada principal, puede verse 
un contenedor blanco con ventanas. Se trata del contenedor donado por la empresa para 
la instalación de la biblioteca sindical, emprendimiento del Departamento de Desarrollo 
Social patrocinado por la empresa, realizado y sostenido por el comité de base. 

En este contenedor se reúne una comisión de cultura para organizar talleres de 
música y otras actividades. Allí funciona la biblioteca y su sala de lectura, abierta al 
gremio y al barrio de Paso Carrasco. Lo hacen con el fin de mejorar la calidad de 
vida de un barrio heterogéneo donde conviven habitantes en mansiones de 200 
mil dólares con otros resguardados en casas de bloques y techo liviano, en general, 
«para fomentar el hábito de la lectura en niños y adultos». 

El local, un rectángulo de unos ocho metros de largo por tres de ancho, sin baño, 
alberga un par de mesas con computadoras y sillas, estanterías con dos mil qui¬ 
nientos libros, obtenidos casi en su totalidad por los trabajadores. 

En mayo de 2010 el inventario de la biblioteca era parcial, no reflejaba su patrimo¬ 
nio ni los datos completos de cada ejemplar. Una vez que concurrimos a visitarla 
nos ofrecimos a realizar el inventario completo. En las estanterías encontramos dos 
áreas: una reservada para libros de estudio, en su mayoría referentes de programas 
de estudio sin vigencia, y otra con libros de ficción, doctrina y otros temas. 

Los volúmenes habían sido comprados por el comité de base y obtenidos mediante 
donaciones. En agosto, luego de la mediación de Marcelo Rosso, trasladamos unos ocho¬ 
cientos libros, mayormente de ficción, remanente de una biblioteca de la cooperativa de 
vivienda Covin 2, de Piedras Blancas, ya clausurada, y entregados por José Díaz. Con la 


134 


3 


LAS 

BIBLIOTECAS 


nueva partida, la biblioteca Gerardo Cuesta incrementó su oferta, el inventario que acom¬ 
paña esta introducción contempla la biblioteca original y la generosa y reciente donación. 

La biblioteca tiene ya una respetable estructura y un aceitado funcionamiento. Con 
todo, son pocos los obreros que concurren a leer a la salita del contenedor, la in¬ 
mensa mayoría opta por retirar el volumen de su preferencia y leer en su casa. En 
agosto contaba con 220 socios, de 6 a 60 años, mayormente hombres, realidad que 
refleja la también preponderancia masculina de la fábrica. De la mayoría de ellos no 
tenemos datos, al menos no fueron registrados en fichas ni en cuadernos. 

Los registros de lectores son escasos y limitados al nombre y al título del libro. 
Quizás, durante un tiempo, los trabajadores retiraban volúmenes sin dejar cons¬ 
tancia escrita y se fiaban de la buena voluntad y la confianza de los compañeros 
del gremio para asegurar su retorno, de modo que el registro de préstamos no es, 
en realidad, reflejo alguno del uso de esta biblioteca por parte del gremio. Así, el 
cuaderno de registro de préstamos solo conserva 39 entradas, los títulos de los 
respectivos libros y los nombres de 22 lectores, 2 mujeres y 20 hombres. De ellos, 
14 están anotados en una sola oportunidad, es decir, retiraron solo un libro. Los 
restantes usuarios se interesaron por 9 títulos, en un caso; 7 títulos, en otro; otros 
dos trabajadores retiraron 4 libros cada uno; otro trabajador llevó a su casa 3 y; 
finalmente, tres trabajadores retiraron 2 títulos cada uno. No sabemos en qué mo¬ 
mento se realizaron estos movimientos. 

Es preciso reiterar la precariedad de esta lista y de su información. No tiene fe¬ 
cha aunque cubriría el movimiento de préstamos de «los últimos meses», según 
testimonios de los responsables de la biblioteca. La lista es exigua, producto de 
un acentuado desinterés del gremio por la lectura de los textos allí reservados y 
ofrecidos o, como ya se dijo, por no representar siquiera un mínimo segmento del 
tráfico de volúmenes, mayormente sin registrar. 

Es cierto que la inmensa mayoría de los títulos acusan el envejecimiento producido 
por los años, afectados por el surgimiento de tendencias literarias nuevas que en 
esta biblioteca aún no han desembarcado. 

Por lo anteriormente expuesto, la lista de lectores y los lectores mismos no son ni 
pueden constituirse en un dato representativo ni en un indicio de los intereses de 
lectura de los trabajadores de Cristalpet, siquiera de los socios de la biblioteca, casi 
diez veces mayor al total registrado en el cuaderno referido. 

De todas formas, este escueto registro sí refiere al puñado de activistas más 
cercano y asiduo al centro, aunq ue no a sus lecturas predilectas. Se trata 
de sus elecciones realizadas durante un período incierto, entre la reducida 
oferta de la biblioteca Gerardo Cuesta. Al mismo tiempo, seguramente estos 


135 



LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


mismos lectores saciaron sus anhelos literarios en otros textos adquiridos de 

DANIEL manera privada. 

VIDAL r 

Un registro más detallado y sistemático de préstamo —y eventuales lecturas—jun¬ 
to con una mayor apertura temática en las nuevas adquisiciones redundaría en una 
mejora sustantiva del servicio, esto es, una sintonía entre la oferta de volúmenes 
y sus hipotéticos pretendientes, la totalidad de los trabajadores de la empresa y 
la totalidad de los lectores del barrio. Satisfacer esta enorme demanda resulta, en 
cualquier caso, ilusorio, sin embargo, conocer con mayor precisión gustos y ten¬ 
dencias ayudaría a acercarse a sus múltiples requerimientos. Así, una biblioteca 
futura podría equilibrar la delicada ecuación no siempre binaria, pero compuesta 
al menos por el doble interés de instituir lecturas, por parte de la institución, y de 
acceder a otras, por parte de los usuarios. Recortes que implican cánones, abun¬ 
dancias y silencios, y que suponen, en la interacción de las partes, coincidencias, 
rechazos y transacciones. 

Con todo, este centro representa una sana resistencia a la apatía mayoritaria hacia 
la literatura. Esfuerzo encomiable de un grupo de trabajadores, la mayoría menores 
de 40 años, que confía en la lectura como un acicate de la cultura y de la superación 
individual y colectiva. 


Biblioteca Gerardo Cuesta. Registro de préstamo de libros 

Nota: Los datos que siguen fueron tomados de un cuaderno de notas en el que no 
hay indicaciones de fechas. En cuanto a los usuarios, o bien se indica el nombre de 
pila o no se indica información. 

Integrantes del comité de base de trabajadores de Cristalpet (untmra-pit-cnt) en¬ 
cargados de la Biblioteca Sindical Gerardo Cuesta: 

Alfredo Garrino, Andrés Castelucco, Ángel Rodríguez, Carlos Malatesta, Claudio 
Furest, Enrique Collazo, Luis Bianchi, Marcos Álvarez, Mauro Albertoni, Néstor 
Rotela, Ricardo Silvera, Sebastián Fernández. 


136 



TITULO 

AUTOR, OTROS 

USUARIO, OTROS 

ACERCA DE MARXISMO LENINISMO 

— 

LUIS 

BREVE DICCIONARIO POLÍTICO 

— 

CARLOS 

CBU, 3.ER AÑO TOMO II 

— 

PABLO 

CHANTAJE EN DIRECTO 

RAY THOMPSON 

EDGARDO 

DEMOCRACIA Y LUCHA DE CLASES 

E. [ENRIQUE] RODRÍGUEZ 

NÉSTOR 

DESPISTES 

MARIO BENEDETTI 

NÉSTOR 

EL FALSO PROFETA 

- 

MAXI 

EL HOMBRE 

(VENTURINO) 

LOURDES 

«EL MOVIMIENTO SINDICAL» 

(CUADERNO DE NUESTRA TIERRA) 

GERMÁN D'ELÍA 

MARCOS; CARLOS 

EL OTOÑO DEL PATRIARCA 

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ 

LUCA 

12 CUENTOS PEREGRINOS 

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ 

FERNANDO 

FUERZA Y SALUD POR LA AUMENTACIÓN 

M. 1. FAYARD 

CARLOS 

HISTORIA II 

EDITORIAL SANTILLANA 

LUIS 

HORÓSCOPO CHINO 

LUDOVICA SQUIRRU 

ALEJANDRO; ALEJANDRA. 

INTRODUCCIÓN A LA SOCIOLOGÍA 

A. MARRERO 

CACHO 

LA CULTURA Y LA REVOLUCIÓN 

V. 1. LENIN 

CARLOS; MARCOS. 

LA GENERACIÓN CUESTA DUARTE 

CARLOS BOUZAS 

JORGE; PABLO. 

LA HISTORIA ME ABSOLVERÁ 

FIDEL CASTRO 

NÉSTOR; LUIS. 

LA INTERNACIONAL SOCIALISTA 

GEORGES DOUGLAS HOWARD COLE 

MARCOS; PABLO. 

LA LITERATURA Y EL ARTE 

V. 1. LENIN 

CARLOS 

LA ODISEA 

HOMERO 

RODRIGO 

LA PATRIA LATINOAMERICANA 

RODNEY ARISMENDI 

MARCOS 

LA REVOLUCIÓN DEL NEGRO USA 

- 

MARCOS 

LA REVOLUCIÓN EN ESPAÑA 

MARX Y ENGELS 

COCO 

LAS MANOS DEL DÍA 

PABLO NERUDA 

JORGE 

LAS MANOS EN EL FUEGO 

ERNESTO GONZÁLEZ BERMEJO 

FERNANDO; NÉSTOR. 

LATINOAMÉRICA 

— 

MATÍAS 

LA VIDA DEL CHE 

JON LEE ANDERSON 

ROBERTO 

LO CONSEGUIRÁ LUCHANDO 

VLADIMIR POPOV 

NÉSTOR 

LOS MOVIMIENTOS OBREROS 

EN AMÉRICA LATINA 

B. KOVAL 

NÉSTOR 

LUCHA DE CLASES EN EL URUGUAY 

E. [ENRIQUE] RODRÍGUEZ 

MARCOS 

NUESTRA TIERRA. «MOVIMIENTO SINDICAL» 

GERMÁN D'ELÍA 

- 

PAGAR TRIBUTO AL IMPERIO 

FIDEL CASTRO 

GUSTAVO 

PSICOLOGÍA DE LAS MASAS DEL FASCISMO 

W. REICH 

GUTAVO; MARCOS; PABLO; NÉSTOR. 

EL MATERIALISMO DIALÉCTICO 

HENRI LEFEBRE 

MARCOS 

SALARIO, PRECIO Y GANANCIA 

CARLOS MARX 

CLAUDIO 

UNA TEORÍA SEXUAL 

- 

MARCOS 

UNI 3 

- 

SERGIO 

URUGUAY, DEMOCRACIA Y LUCHA DE CLASES 

ENRIQUE RODRÍGUEZ 

EDGAR 


Cartilla de préstamo de libros de la Biblioteca Gerardo Cuesta del Departamento de 
Desarrollo Social de la empresa Cristalpet y del comité de base de la UNTMRA. 


137 













































Dos testimonios de lectores obreros 


La lectura, el aprendizaje, la actividad sindical, la familia, los amigos y el barrio, 
aparecen unidos en las vidas de los dos obreros metalúrgicos que elegimos para 
entrevistar: Juan Carlos Cedrés y Juan Carlos Fontella. Ellos dan cuenta de la expe¬ 
riencia pasada y presente de la lectura, opinan sobre la relevancia de este hábito 
para el trabajador. Por momentos parecen estar hablando desde un volumen de 
historia: «En mi casa el diario de la tarde llegaba todos los días», dice Cedrés o de 
esfuerzos olvidados: «Leía de noche, si no ¿cómo podías conversar con los compa¬ 
ñeros?», confiesa Fontella. En realidad, hablan de un universo que impregnaron en 
sus voces y que transmiten a las nuevas generaciones porque saben de sus valores 
y de su utilidad. Saben que un trabajador ilustrado cuenta con un mejor e inapre¬ 
ciable instrumento para su liberación. 

Juan Carlos CEDRÉS 

Tuve una época donde leía las novelitas esas de vaquerosque las cambiaba en la feria 

de Peña rol. 


Entrevista: Marcelo ROSSO 

Juan Carlos Cedrés tiene 60 años y es hijo de un trabajador ferroviario y de una em¬ 
pleada doméstica que, además, hacía costuras a domicilio. A los 15 años comenzó 
su experiencia como trabajador industrial, primero en la General Electric trabajando 
seis horas y estudiando dos, «con eso te ibas acostumbrando a las ocho». Cambió 
varias veces de trabajo hasta que ingresó a funsa en 1971. La Huelga General de 
1973 lo encontró como integrante de la directiva del sindicato. Militaba en el Partido 
Socialista. En 1978 fue requerido por las Fuerzas Conjuntas, pero pudo salvarse de 
la detención tras la eficaz advertencia de un compañero. Entonces decidió «apron¬ 
tar el bolsito y salir». Emigró, primero a Brasil por tres meses, y luego, a Suecia por 
ocho años. «Hasta que nos dijeron que podíamos volver. Nosotros siempre tuvimos 
claro que estábamos de tránsito». Regresó en 1986 y fue restituido a su puesto de 
trabajo, poco después se desempeñó en la industria metalúrgica como tornero. Lee 
desde niño y mantiene, con tesón, el hábito de la lectura. Lo hace por placer, para 
formarse y «para conocer el mundo». 

Marcelo Rosso: ¿Cómo se llamaba la empresa, que ahora es cooperativa, y cuántos 
años hace que trabajás ahí? 

Juan Carlos Cedrés: La empresa se llamaba Tecnoluce S. A. y, a partir de una de¬ 
cisión empresarial de ir abandonando la parte metalúrgica —hacíamos máquinas 
para el envasado de leche—, el dueño sacó cuentas y comenzó a producir partes 
en otro lado. Comenzaron las retenciones de sueldo, de licencias, desmotivando la 


138 


3 


LAS 

BIBLIOTECAS 


presencia. Hubo un período largo de discusiones, hasta que ocupamos la planta. 
En mayo de 2010 comenzó el proceso de la cooperativa que lleva el nombre de 
un compañero soldador que falleció, por eso se llama Cotraydi (Cooperativa de 
Trabajo Yuri Díaz). Actualmente somos unos quince compañeros cooperativistas y 
yo hace ocho años que trabajo ahí. 

M.R.: ¿Tu oficio es tornero? 

J. C. C.: Yo me hice tornero acá, pero en realidad manejo todas las máquinas del 
taller. En general, siempre le disparé al torno por ser una máquina que esclaviza al 
trabajador. Terminé trabajando en uno y me quedé ahí (risas). 

M. R.: Vos sos una persona que demuestra interés por los libros. Es una inquietud 
que viene de antes, por ejemplo ¿a vos te leían libros cuando eras chico? 

J. C. C.: No, no recuerdo eso. 

M. R.: ¿Había hábito de lectura en tu casa? 

J. C. C.: Sí, sí, había, pero no me leían, es decir... yo me acuerdo que en los cumplea¬ 
ños siempre andaba en la vuelta algún libro. Recuerdo que había una colección de 
Robín Hood, de tapas duras, amarillas, era una muy linda encuadernación y con una 
cubiertita de papel... una cosa muy prolija, era una colección muy promocionada 
en esa época. Ese era un elemento de regalo cada tanto. Mi padre leía... se jubiló 
cuando yo tenía siete u ocho años y había una pequeña biblioteca... después, creo 
que yo empecé a leer esos libros. 

M. R.: Se podría decir que esos fueron tus primeros contactos con la lectura. 

J. C. C.: Sí, supongo que sí. También tuve una época donde leía las novelitas esas 
de vaqueros que las cambiaba en la feria. Mi viejo leía mucho eso y yo también. A 
veces iba a la feria de Peñarol y las compraba por unos vintenes.14 

M. R.: ¿Qué edad tenías entonces? 

J. C. C.: ¿Qué te puedo decir...? Tiene que haber sido entre 5.° y 6.° de escuela. Digo 
porque me acuerdo que uno de esos libros estaba nuevito y se lo regalé a un amigo 
que no era del barrio y sí de época escolar. No tenía plata para el regalo, así que 
dije: «Tomá esto y fo». Hay también otro hecho, no había televisión en casa. La TV 
la compré yo con mis primeros sueldos, a los 15 años. Tampoco en esa época yo 


14 Es probable que se tratara de las colecciones de la Editorial Bruguera de Barcelona, populares en la 
década del 50, impresas en Avellaneda, Buenos Aires, en formato pequeño, de 10,5 por 15 centímetros, 
tapas de colores y hojas rústicas. La Colección Bisonte incluía, por ejemplo, Tierras del norte, de Henry S. 
James, Guerra tras guerra, de Fidel Prado, El rebelde enmascarado, de Raf Segrram, entre decenas de títulos. 
La Nueva Colección Búfalo fue abierta en 1954 con Tierra maldita, de A. Ralees! Cada tomo incluía una 
historieta. (Nota de D. V.) 


139 




LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 

miraba mucha televisión, empecé a trabajar de día y a estudiar de noche. Además 
de ir creciendo y comenzar con alguna salidita (risas). Muchos programas pasaron 
de largo para mí, después me casé y tampoco teníamos televisión... seguíamos 
leyendo (risas). 

M. R.: Hoy en día, ¿alguien te lee o tú le lees a alguien? 

J. C. C.: No, nadie me lee, y le hemos leído algo a los gurises, pero antes estába¬ 
mos más acá, leíamos alguna cosita, pero no tienen mucha paciencia para eso. 
Hoy por hoy no, a veces se engancha algún nieto con esos libros del fútbol que 
vienen para ellos. 

M. R.: ¿Cuál ha sido tu criterio de selección y cuál tu temática preferida en la lec¬ 
tura? ¿Ha sido una lectura formativa en lo social, en la actividad política y sindical? 

J. C. C.: Sí... un poco formativa, un poco. Porque mi militancia también se desarrolla 
en una época en que la pelea política estaba a la orden del día. Si uno compara 
los que eran dirigentes en ese momento y cuando nosotros éramos gurises, sin 
duda que tenían una formación muy superior a la de nosotros, pero si yo comparo 
esa edad mía de militancia con la de los gurises militantes de ahora, mi formación 
era mayor, creo que nosotros leíamos mucho más, pero leíamos menos que, por 
ejemplo, José Díaz, Gargano... toda esa gente. Ellos se formaban con la lectura. 
Nosotros éramos los más coditos y, además, había que salir ya a hacer algo, fue más 
de acción la cosa. También tenía algunas actividades exclusivamente políticas, en 
ese caso creo que sí fue más formativa. Después uno iba leyendo lo que le cayera 
en las manos. 

M. R.: ¿Y el criterio de selección? 

J. C. C.: Uno va pescando, nosotros ahora no compramos libros, los van regalando. 
A veces los libros prestados los dejas de lado, a otros los leemos. Voy viendo... 
por ejemplo de Benedetti sí he leído algunos: Gradas por el fuego, La tregua, 
Montevideanos. Leía también a Morosoli; a Galeano, por supuesto, Las venas abier¬ 
tas... las tuve que leer porque todo el mundo lo hacía. Después hubo una época en 
la que comprábamos algunos libros, no recuerdo los autores, pero era la colección 
de escritores latinoamericanos, una que tenía una tapita verde, pero perdí todas 
esas cosas cuando entré a andar en el barco (risas). Antes había leído novelas de 
aventuras, Los tres mosqueteros, cosas que tenía el viejo. Pero, en realidad, no he 
seleccionado mucho en mi lectura. Ahora que no tenemos plata para viajar me 
gustan más estos libros que te ubican en un lugar en la historia, te comunican las 
diferentes formas de vida, las cosas que pasan, por ejemplo la de Maluco. (Novela 
del escritor uruguayo Napoleón Baccino Ponce de León). 


140 



M. R.: ¿Te acordás de quién era Maluco? 

J. C. C.: Es un payaso que vino con la expedición de Magallanes. Como quiere cobrar 
una pensión tiene que demostrar que él estuvo en ese viaje, entonces cuenta todo 
sobre la expedición. A mí me encanta, es decir, me gustan cosas de ese tipo. 

M. R.: ¿Entonces podemos decir que tu preferencia literaria tiene que ver con las 
novelas históricas? 

J. C. C.: Si... podría ser. Mankell, el sueco se mete con los personajes, la trama te 
engancha. Te va diciendo cómo vive la gente. Además, como nosotros también vivi¬ 
mos en Suecia, me interesa un poco más. Otro que también me gusta es el siciliano 
Camilleri. Me gusta porque, además de estar buenas sus novelas, me da las recetas 
de comidas (risas). Sí... sí, es un milico que te muestra cómo va haciendo el perso¬ 
naje, cómo negocia, cómo se mueve en el poder y en un momento determinado se 
va a comer y te comienza a contar como se hace esa comida. Son novelas policiales, 
siempre está en conflicto con sujete, con la mafia, con los personajes y hasta con 
él mismo. También algunas de Saramago y de otros que no sé ni de quienes son. 

M. R.: ¿Habría que hacer una separación entre la obra y el autor que la creó? 

J. C. C.: A mí en general ni me preocupa el nombre del autor, salvo que lo vaya a 
seguir. Sí me interesa el contenido. Yo leí algunas cosas de Vargas Llosa que me gus¬ 
taron mucho La dudad y tos perros, es una denuncia que hace, como Pantaleón... 
Nunca leí más que alguna cosita de Borges, porque me decían que no. Lo que pasa 
es que no me interesa desde el punto de vista de ser un erudito, además, la forma¬ 
ción de la utu no incluye estas cosas. 

M. R.: ¿Había formación humanística en la utu? 

J. C. C.: ¡No! Cursito rapidito y que se inserte en el mercado laboral. Con esa política 
te hacen más ignorante, porque el sistema funciona así y, además, la gente misma 
demanda que sea así.¡¿Qué vamos a hacer con Educación Cívica?! ¡¿con Historia?! 
Déjate de eso que yo quiero ganarme unos mangos y ta. Además los gringos di¬ 
cen... «Te prestamos plata... pero haceme cursos donde estés rapidito laburando 
en el mercado». 

Las luchas obreras lamentablemente no están escritas. 

M. R.: ¿Qué papel debería cumplir la literatura en la vida de un obrero? 

J. C. C.: A veces encontrás algún librito que tiene que ver con las marchas obreras, 
con la fuga de Punta Carretas y [con] cómo los argentinos inauguran el Condorcito 
ese, con dos o tres desaparecidos, los mandan los milicos de acá para allá y nunca 
más aparecen. De pronto, te olvidás del autor o del título, pero el mensaje queda. 


141 


Esto es lo que deberían de tener los trabajadores, los activistas, sobre todo para 
poder transmitir, que no todo empieza hoy, que hay una historia, pero si nadie 
anota se pierde porque no hay interés en transmitirla, solo en la manija del poder 
el que sabe es uno y con esto se genera un desinterés importante. Hay experiencias 
por todos lados de luchas obreras y lamentablemente no están escritas. Ahora 
nos tiran en la untmra que vamos a la Huelga General y los trabajadores ni idea. Y 
bueno, que la literatura sirva para eso también, que les diga que la huelga no es un 
invento de ahora. La literatura es importante en un obrero, con la literatura podes 
volver sobre la experiencia, sobre lo dicho, vuelvo a la página de atrás y subrayo. 
Hablamos de la literatura con contenido. 

M. R.: ¿Qué papel tuvo la lectura en el exilio? 

J. C. C.: En esos ocho años, no tuvo un papel muy importante, leía algo. Se estuvo 
más bien en la actividad, en cómo se iban viviendo las cosas acá en Uruguay. Leía 
algunos periódicos que no conocía. También había colonias de diferentes lugares 
y llegaba material de Bolivia, Perú, Nicaragua, de toda América Latina, todo muy 
político, conseguíamos unos boletines que traían cantidad de información. No leí 
muchos libros, sí, cuando me operé de la rodilla, me acuerdo que leí a Pantaleón 
y las visitadoras (de Mario Vargas Llosa) que estuvo sensacional porque para mí 
tenía que ver con los milicos de acá. Pantaleón estaba en la joda y después no 
lo podían sacar, porque se creyeron que iba a hacer mejor las cosas (risas). Sí, 
conseguíamos algunos libros para los gurises. Pero no recuerdo que fuera una 
época de gran lectura. 

M. R.: Cada vez es mayor la oferta de entretenimientos televisivos y de actividades 
para hacer en internet, sin embargo, vos mantenés el hábito de la lectura, ¿por qué? 

J. C. C.: En lo personal, encuentro en la lectura cosas puntuales que la televisión 
no me las da. Además de ser un hábito, muchas veces leo porque me desenchu¬ 
fo. Ahora me acuerdo que leí a Mario Delgado Aparaín, No robarás las botas de 
los muertos, ahí hay cosas de historia, lugares, paisajes. En la televisión sale así 
nomás la información, en una novela te enterás cómo nacen, cómo viven, los 
vínculos, cómo trabajan, cómo participan de sus fiestas... hay otras cosas que a 
mí me las dan los libros y que no se encuentran en otros lugares. Hoy por hoy 
me motiva eso, seguir conociendo el mundo. Que las cosas no son como te 
las muestran. También es un entretenimiento y una forma de evadirse. Leer me 
gusta más. 

M. R.: Se dice que en épocas pasadas se leía más y mejor: ¿compartís esa opinión? 

J. C. C.: Si se leía más, no sé bien, depende en qué sector. Me parece que la oferta 
es mayor ahora, es más fácil saber lo que hay hoy, te podés enterar de la obra de 


14 2 


3 


LAS 

BIBLIOTECAS 


un japonés, de unjudío o de un polaco. Antes de pronto solo llegaban los clásicos, 
los que hadan fama en Europa. 

En mi casa el diario de la tarde llegaba todos los días. 

M. R.: ¿Y la calidad? 

J. C. C.: Hay de todo, ¿no? Supongo que siempre hubo de todo. Yo de chico leía pila 
las selecciones, siempre compraba y leía los yanquis y cantidad de cosas, relatos, 
cuentos... Sí, capaz que se leía más, por ejemplo en mi casa el diario de la tarde 
llegaba todos los días. 

M. R.: ¿Qué creés que pase con el objeto libro? 

J. C. C.: Es difícil saberlo, ojalá siga existiendo porque uno se acostumbró, es un hᬠ
bito, con el libro te vas para el monte, a la cama y está ahí. Es difícil porque si en otro 
formato aparece el mismo contenido es probable que una parte de los usuarios 
se deriven, no sé si mayoritariamente o no. Espero que no. Quedará como rareza, 
como cosa exclusiva. Yo no puedo leer si no tengo papel impreso, en la computa¬ 
dora no puedo, me fatiga, no me concentro si son cosas medio largas. Lo que hago 
con algún articulito es imprimirlo. Eso es lo que me pasa a mí. Con estos gurises ya 
es otra cosa, se acostumbraron a manejar la pantalla. Nosotros antes con la revista 
íbamos hojeando. Ahora se acostumbran de otra manera, pareciera que el libro 
es más completo, por más que se dice que ahora podés interactuar y modificar, 
que es como lo hacíamos nosotros, que era subrayar, con anotaciones al costado, 
dedicatorias... no sé. Después ya no sé, si es que económicamente lo rodean de tal 
manera que lo terminan de eliminar, ahí hay una interrogante. El libro tiene todo un 
agregado para nosotros... para mi vieja, los libros todavía son objetos de regalos. 


Juan Carlos fontanella 

Si vos no lees y no te ilustrás te van a meter adentro de una bolsa y te vas a quedar 

trancado adentro de esa bolsa. 


Entrevista: Daniel Vidal y Marcelo Rosso 

El último día de clases en la escuela, Juan Carlos Fontella comenzó a trabajar. Ese 
año se inauguraba la década del cincuenta y la gloria del Maracaná. Fontella cum¬ 
plía sus 12 años cuando se enfrentó con uno de los principales retos de su vida: el 
oficio de fundidor. Su familia se había asentado en La Teja, hacia el lado de Nuevo 
París, y se componía de dos hermanos más y su padre que trabajaba en la ute, hoy 
fallecidos. A mediados de los años 50 estalló la huelga y ocupación de Ferrosmalt. 
Fontella y una banda de adolescentes se entretenían llamando la atención de los 


143 



LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 

guardias militares en una punta de la cuadra para que el Bebe Albertino, desde la 
otra, boleara paquetes de comida por encima de los muros de la fábrica. En 1957 

VIDAL r ^ r 

empezó su itinerario en la industria metalúrgica en la fábrica Inlleta Metal de la 
calle Humboldt. Siempre militó en el sindicato: responsable de zonales, integrante 
de la dirección nacional, y en la política, en el Partido Comunista del Uruguay. Su 
vida fue la familia y la militancia. Hoy sus recuerdos son un espinel de compañeros, 
fábricas y acciones. Su mundo fue el sindicalismo, la lectura, un instrumento para la 
acción. De ahí que, salvo las revistas de cómics y, luego, las crónicas de fútbol, los 
textos doctrinarios y políticos fueron durante años casi excluyentes en su repertorio 
de lecturas. Fontella es el prototipo del lector doctrinario. 

Daniel Vidal y Marcelo Rosso: ¿Aquí vivís con tu familia? 

Jun Carlos Fontella: Nací aquí al lado, en esa casucha (muestra por la ventana una 
casa de techo bajo con una o dos piezas). Después construimos esta casa donde 
estamos ahora, Carlos Tellier 4839. Aquí nacieron mis tres hijos, ahora son grandes, 
hicieron sus vidas, sus familias. ¡Fijate que ya tengo tres bisnietos! 

D. V. y M. R.: ¿De niño tenías costumbre de leer en tu casa? 

J. C. F.: No. Nada más que los diarios y revistas de chistes, de historietas. Los 
Patoruzito, los Biiiiken. Yo terminé la escuela y empecé a trabajar en una fábrica 
de pastas, después en la Tablada, donde entraba el ganado para los frigoríficos. 
Ya tenía 15 años. Todo esto era campo y esta zona de La Teja era proletaria. Acá 
estaba la fábrica de vidrios, Viplan, todavía no se conocía Codarvi, la fábrica Bao, el 
frigorífico Castro, en Nuevo París estaban las curtiembres, la metalúrgica Ferrosmalt 
con 500 trabajadores. 

D.V. y M. R.: ¿Qué leías de adolescente? 

J. C. F.: A esa altura mucho no se leía. Normalmente era el «pico a pico». Se escu¬ 
chaba mucha comedia, radioteatro. 

D. V. y M. R.: ¿Qué literatura leían los sindicalistas en los años sesenta? 

J. C. F.: En el colectivo sindical hacíamos una suscripción a la editorial, Pueblos 
Unidos, en 1968. Teníamos muchos socios. Leíamos los libros de esa editorial. 

D. V. y M. R.: ¿Qué autores? 

J. C. F.: Tolstoi y Los cuentos para niños. Marx y Lenin se leía mucho, las obras es¬ 
cogidas. Leíamos mucha literatura de partido. La revista Estudios, que escribía José 
Luis Massera, que era una pluma exquisita. El desarrollo que te hacía de los distin¬ 
tos temas era formidable y te enseñaba un vocabulario para expresarte vos que lo 
incorporabas, ¿viste? A veces te decía lo que quería decir una palabra. ¡Ahora usan 


144 



palabras que no sé...! El lumpen... nosotros decíamos desclasad o, «el que no se 
interesaba por nada». 

D. V. y M. R.: ¿El sindicato tenía biblioteca? 

J. C. F.: No teníamos. El sindicato primero tenía una casilla, después, se formó una 
comisión para comprar la casa que todavía existe hoy (en Luis A. De Herrera 3972). 
Logramos el seguro de enfermedad, la caja de asignaciones familiares, el salario, 
eso era lo que calaba en los trabajadores. En los años en que yo estuve en el sindi¬ 
cato no hubo biblioteca, y miré que estuve un largo rato. 

D. V. y M. R.: ¿En tu casa tenías biblioteca? 

J. C. F.: Tenía un baúl lleno de libros. Miré lo que pasó... me quedé con una pena tan 
grande que hasta ahora la siento. A mí me detienen el 2 de octubre de 1974. Voy 
a parar a Inteligencia y Enlace y me encuentro con unos compañeros metalúrgicos, 
uno de apellido Arias, y les pedí que avisen a mi hermano. Habían hecho una ra¬ 
tonera en mi casa. Por esos días mi hermano decidió quemar los libros, hizo una 
fogata y quemó también boletines, periódicos, una pila de papeles. 

Leíamos El Popular... ¿Marcha?... No. 

D. V. y M. R.: ¿Leías novelas de entretenimiento? 

J. C. F.: No, lo mío era más doctrinario y sindical. Lo que leíamos era el diario El 
Popular. Yo venía a casa con El Popular abajo del brazo. A veces leía otro diario, el 
diario de la noche para saber un poco de fútbol (risas). 

D. V. y M. R.: ¿Y el semanario Marcha ? 

J. C. F.: (Se queda serio) 

D. V. y M. R.: Te cambió la mirada... 

J. C. F.: (Entre risas) ¿Ustedes son de Marcha ? 

D. V. y M. R.: No, somos profesores y estudiantes de literatura. ¿No leías Marcha ? 

J. C. F.: No (risas). 

D. V. y M. R.: ¿En el sindicato tenían algún grupo de estudio, de lectura? 

J. C. F.: No, era individual. Un grupo teníamos la costumbre de llegar de tarde al 
sindicato. Nos sentábamos en rueda alrededor de un árbol en el patio y conversᬠ
bamos. Todo era más abierto, de encuentro personal. 

D. V. y M. R.: ¿Tenían boletines sindicales? 

J. C. F.: El untmra sacaba un periodiquito, un boletín que se repartía para toda 


145 


América. Estaba Camors en propaganda. Rosario (Pietraroia) estaba como secreta¬ 
rio para América Latina de la uis-Metal, y traía mucho material. Pastorino... si a vos 
te digo: «Pastorino», ¿me podés decir algo? 

D. V. y M. R.: No. 

J. C. F.: (Sonríe) Pastorino, presidente honorario de la Federación Sindical Mundial. 
Fijate, tuvimos gente que militó a nivel mundial. 

D. V. y M. R.: Con todo ese tiempo dedicado a la militancia y al trabajo, ¿cuándo leías? 

J. C. F.: En la noche. Y si no, ¿cómo podías conversar con los compañeros? Yo digo 
que la clase obrera es lo más honesto y lo más virgen donde se puede trabajar, es 
la única clase que no tiene nada que perder y todo para ganar. 

D. V. y M. R.: ¿La acción sindical y la lectura van de la mano o la lectura es solo un 
complemento? 

J. C. F.: Si vos no leés y no te ilustrás te van a meter adentro de una bolsa y te vas a 
quedar trancado adentro de esa bolsa. 




CAPITULO 4 


LA PRENSA 
PERIÓDICA 


Daniel VIDAL 





LOS PERIODICOS DE LA UNTMRA Y EL 
ESPACIO PARA LA CULTURA 


El periódico es para cualquier institución asociacionista: origen, referencia y estímu¬ 
lo de su quehacer organizativo. 

Posee la potencia representacional de la voz colectiva y, a veces, individualizada. 
Espacio singular, el periódico es, siempre, un vocero del sindicato y del trabajador. 
Se trata de un testimonio impreso con el que podemos delinear los contornos del 
movimiento obrero, junto a las actas de congresos y de directivas, a las memorias 
de dirigentes —escasísimas— y a entrevistas. Es, también, el registro del discurso 
más interesado. A su lado, más disperso pero constante y, a veces, complementario, 
se despliega un repertorio de hojas volante y folletería de toda índole. Un reperto¬ 
rio aglutinado en su condición retórica de propaganda . 1 


1 La prensa obrera y obrerista fue crucial en el desarrollo del movimiento sindical en sus orígenes. El pri¬ 
mer periódico de esta condición fue El Internacional (1878), al que siguieron decenas de otros de frecuencia 
variable. Un panorama de 51 periódicos obreros y obreristas editados en Uruguay entre 1878 y 1905 puede 
consultarse en Zubillaga-Balbis, 1986. La lista ofrecida por estos investigadores debe ampliarse con otros 
periódicos de tendencia anarquista y con clara vinculación sindical siguiendo los archivos del International 
Institute of Social History de Amsterdam y el relevamiento de la prensa anarquista de Américas Latina hasta 
1914 realizado por Max Nettlau y publicado en 1927, entre otras fuentes. Entre los estudiosos que refieren 
a la prensa obrera cabe citar a Arturo Scarone (artículos publicados entre 1940 y 1944 en la Revista Nacio¬ 
nal), Carlos M. Rama (Obreros y anarquistas. Editores Reunidos y Editorial Arca, Enciclopedia Uruguaya n.° 
32, 1969. «La cuestión social», en Montevideo entre dos siglos (1890-1914), Cuadernos de Marcha, Monte¬ 
video, n.° 32, febrero 1969); Francisco R. Pintos ( Historia del movimiento obrero del Uruguay, Montevideo, 
1960); Alfredo Errandonea y Daniel Costábile (Sindicato y sociedad en el Uruguay, Montevideo, Biblioteca 
de Cultura Universitaria, 1969). Desde Argentina es inevitable el estudio de Mirta Lobato (2009), al enlazar 
la prensa obrera de aquel país y del Uruguay. 


15 1 



Aunque consabida, es necesario dar cuenta de esta condición funcional del periódico 
sindical dentro de un repertorio de objetivos y funciones que con ella se imbrican: los 
periódicos obreros atienden varios frentes al mismo tiempo, procuran «informar, educar, 
concientizar y denunciar las injusticias, la opresión», o, mejor dicho, buscan contrainfor¬ 
mar, exponen un fin pedagógico y una función terapéutica: liberar las mentes obreras de 
los vicios y los antivalores dominantes y burgueses inyectados al ciudadano a través de la 
escuela, la iglesia y los periódicos de la burguesía (Lobato, 2009, pp. 33-459). 

Pero entre estas prioridades la organización y concientización de los trabajadores 
eran excluyentes. La cultura, en especial la literatura, no era vista como afín al mun¬ 
do sindical, a menos que fuera operativa o temáticamente acorde a lo delineado 
por la agenda gremial. Esto es, el espacio destinado a la poesía y a la narrativa, a 
los festivales artísticos, a la actividad de la biblioteca, a la acción del grupo teatral 
u otros. La cultura ocupa un lugar secundario en relación a la propaganda o a la 
acción sindical en procura de mejoras salariales y de condiciones de trabajo, en 
relación a la tarea organizativa. Evidencia paradojal: el trabajador sindicalizado se 
enorgullece de poseer una cultura obrera, pero, al mismo tiempo, identifica esta 
cultura con el segmento reservado a una actitud y una interpretación de la vida y de 
la sociedad, a comportamientos y a valoraciones en los que la ideología se filtra y 
se envuelve en significaciones que solo después de muchos años el operario de un 
taller está capacitado para descifrar. Esta cultura obrera tiene que ver con produc¬ 
tos intelectuales tradicionales, pero esos productos no la definen. Si bien existen, 
participan de otros espacios: el popular, el de la cultura institucional, incluso el de la 
cultura de elite. Sin embargo, aquella cultura entendida como forma de vida antes 
que como una esencia a la que responde o de la que se desprenden objetos cultu¬ 
rales se palpa y se vive. Hoggart entiende que «vivir como clase trabajadora implica 
pertenecer a una cultura omnipresente, una cultura que tiene una forma y un estilo, 
como los que se atribuyen a la clase alta». Esta cultura se expande al comporta¬ 
miento, a la gestualidad, a los rituales: «Un trabajador no sabría seguir las reglas de 
una cena de siete platos y un hombre de clase media alta, en una reunión de per¬ 
sonas de clase trabajadora, se vería extraño en su forma de conversar (en el ritmo 
de la conversación, no solo en el tema o en el vocabulario)» (Hoggart, 2013, p. 60). 

Este desplazamiento de la relevancia de la cultura, en el sentido del vínculo entre 
el individuo y el saber universal hacia la cultura en su esfera social y antropológi¬ 
ca, significó muchas veces la anulación. De hecho, una cantidad considerable de 
ejemplares de periódicos sindicales no dedican una línea a la información cultural 
específica. Sin embargo, la nota cultural en el segundo sentido aquí convocado 
aparece en la prensa obrera desde los orígenes del movimiento sindical uruguayo, 
a fines del siglo xix y es, además, una constante a lo largo de su historia. Entonces, 


152 


4 


LA PRENSA 
PERIÓDICA 


el comentario de un libro, de un espectáculo o de un festival con números artísticos 
u otras formas, convocado por el gremio, aparecen con más o menos constancia, 
pero siempre con un sesgo marginal en la prensa de los gremios de trabajadores 
metalúrgicos que hemos podido relevar. 


Un relevamiento 

Para obtener un panorama de los periódicos del sector y un estudio de sus contenidos, 
las fuentes a las que hay que recurrir son exiguas. Las asociaciones de trabajadores 
metalúrgicos se remontan a fines del siglo xix y, en varias oportunidades, la acción 
sindical estuvo acompañada de un boletín o de un periódico pero, para el estudio 
aquí planificado, redujimos nuestro relevamiento al período comprendido entre el 
año de la unificación sindical, 1946, hasta el año previo a nuestra investigación, 2010. 

Recurrimos a dos repositorios: la Biblioteca Nacional y el archivo de la untmra. 

En la Biblioteca Nacional pueden consultarse los microfilmes de los periódicos El 
Metalúrgico (tres ediciones del año 1946) y Clase Obrera (1949-1953; 47 ejempla¬ 
res), vocero extraoficial del gremio metalúrgico. 

En el local central de la untmra existe un reducido archivo en un armario de la sec¬ 
ción Prensa y Propaganda, donde el gremio conserva algunos ejemplares de los 
boletines untmra-pit-cnt uis-Metal (1984-1990), del Informe Metalúrgico, enseguida 
denominado Informe del Metal y Afines (1993) y del periódico Forjando (1995-2010), 
resto que sobrevivió al archivo mayor, el que sufriera hace pocos años un atentado 
de parte de intrusos que al parecer pretendieron ingresar para robar el local. 2 

Este corpus recorre varios períodos de los 60 años de existencia del sindicato de 
trabajadores metalúrgicos. Sin embargo, los huecos son notorios, en especial por 
los 20 años que van de 1953 a 1973, sobre los cuales no tenemos noticias de pe¬ 
riódicos de este sindicato, y por las ediciones faltantes en las colecciones referidas, 
en especial la primera, correspondiente a El Metalúrgico, y la última, de Forjando, 
aunque en este caso en menor magnitud. 

Estos son los periódicos del gremio metalúrgico que hemos podido consultar. A 
su vez, sabemos de la actual o reciente existencia de boletines de comités de base 
de trabajadores de empresas, como La Grúa, del comité de base del acu; El Volante 
Informativo, del comité de base de Oferol-Citróen (editado, al menos, en 1999); y El 
Boletín, del comité de base de Piuma S. A., por citar algunos ejemplos. Esta práctica 
de medios de difusión sectorial por empresa, generalmente de formato menor y 


2 Durante el incidente fue quemada la habitación que da al patio de la casona de Luis A. de Herrera 3972 
y en la que se encontraba el archivo de la untmra, de acuerdo con información brindada en 2011 por Juan 
Murchio, secretario de Prensa y Propaganda. 


153 




LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


limitados a la información inmediata de la situación laboral del comité de base, 
seguramente se extienda a otras empresas, pero en este estudio no las hemos con- 

VIDAL a r > r 

siderado. En otro ámbito de la propaganda, como el de las emisoras de radio, cabe 
mencionar el programa denominado La Herramienta, a cargo de trabajadores de la 
empresa Tubacero (de Coronel Raíz casi Millán), con la conducción de Juan Chiche 
Murchio, secretario de propaganda de la untmra. El programa es trasmitido en vivo 
los días miércoles de 16.00 a 17.00 por Iniciativa FM 88.9, una radio comunitaria del 
barrio Sayago con sede en el Ateneo Iniciativa, de Cno. Raffo casi Millán. 

Los ejemplares de la prensa sindical relevados permiten visualizar algunas constantes. 
En primer lugar, la prevalencia de un discurso que por su terminología, su énfasis, sus 
alusiones y su circunscripción ideológica está escrito pensando en un público lector 
trabajador y sindicalizado. El lenguaje cómplice rotula este convenio entre trabaja¬ 
dor-periodista y lector que, aunque resulte obvio, hay que ratificarlo: se trata de un 
individuo de la misma condición social e integrante de la misma organización. Hasta 
donde sabemos, al menos en la untmra, no ha habido periodistas u otros profesionales 
ajenos a la industria, es decir, contratados para escribir en los periódicos sindicales. 

En cuanto a los contenidos, queda ratificada la ya mencionada predominancia de 
informaciones sobre el acontecer inmediato del trabajador, sobre las movilizacio¬ 
nes en procura de objetivos salariales y firma de un convenio colectivo y otras notas 
sobre la realidad de la industria. No hemos encontrado notas sobre las profesio¬ 
nes de los trabajadores de la industria —diversificada en las ramas metalúrgica, 
plástico, automotriz, minería y otras—, es decir, el periódico ratifica, en sus niveles 
informativo, propagandístico y en su escritura, las condiciones de un medio de 
difusión del acontecer sindical, sin incurrir en perfiles didácticos. 

Todo lo anterior conforma un discurso privativo de un sector de la clase trabajadora, 
no monolítico ni homogéneo, salvo en sus trazos sustantivos. La voz representada 
en los periódicos de la untmra es la voz de los trabajadores enfrentados a los intere¬ 
ses del capital. Este es un discurso de identidad y de confrontación que emerge de 
intereses de clase contrapuestos a los de la patronal y la burguesía. 

Un estudio más detenido de este discurso debería delinear sus vertientes y sus 
fronteras. Por ejemplo, discutir si lo antedicho alcanza para catalogar el discurso 
de estos periódicos como antisistémico y, por ende, alternativo a los discursos 
periodísticos circulantes y contemporáneos a aquellos. 3 Tal como recuerda Mirta 

3 La diferencia es notoria respecto a igual realidad de los periódicos obreros y obreristas de fines del siglo 
xix y principios del xx y la prensa liberal o sistémica de esa época. Tal como analizan Zubillaga y Balbis (1986, 
pp. 11 y ss.) ( entonces sí podía hablarse de prensa obrera alternativa por su decidido discurso antisistémi¬ 
co. Téngase en cuenta, además, que el panorama de los periódicos obreros y obreristas incluía una fuerte 
presencia de tendencias anarquistas, único sector de pensamiento que proponía la eliminación del Estado 
y del capital, la sustitución radical del sistema económico y social imperante. 


154 




Lobato, la prensa sindical tiene, entre otros componentes que la identifican, la 
interpelación directa al trabajador sindicalizado, la búsqueda militante de una so¬ 
ciedad opuesta a la sociedad capitalista y su condición estricta de prensa obrera 
que la separaba de la prensa partidaria de aglutinamientos ideológicos afines a 
los trabajadores. Esta última condición descansaba, y descansa, en dos premisas 
que los grupos partidarios no pueden cumplir: está escrita y realizada por asala¬ 
riados de una rama de la producción industrial o del sector servicios y expresa las 
aspiraciones de sus organizaciones. 4 

A modo de ejemplo, entre la palabra de Ciase Obrera y Forjando existen diferencias: 
mientras el primero se autodefine «vocero de un proyectado sector político de 
extracción obrera —Partido Socialista Obrero—» y, desde allí, se erige en vocero 
extraoficial de los gremios, en especial el metalúrgico; el segundo era el vocero 
oficial de la untmra y por lo tanto reflejaba las opiniones y acontecimientos sindica¬ 
les sin detenerse en adscripción política. A su vez, el primero fue editado durante 
gobiernos nacionales del Partido Colorado y por tanto el nivel de confrontación 
queda incrementado por esta notoria disparidad de interlocutores. Forjando, en 
su última etapa, fue editado durante el primer gobierno del Frente Amplio y la 
coincidencia ideológica de este partido con la mayoría de la dirección de la untmra 
atemperó el discurso sindical, ahora confrontado de manera exclusiva a la patronal, 
pero no a las autoridades nacionales. Es notoria, además, la participación de exdi¬ 
rigentes sindicales entre las jerarquías del Ministerio de Trabajo, realidad que no 
elimina, pero atenúa aún más, el escenario de confrontaciones discursivas. 


El sindicato y la cultura 

En los periódicos resalta la presencia minoritaria, pero más o menos constante, de 
informaciones o notas referidas a las fiestas celebradas por el sindicato con números 
artísticos —cantantes, recitadores, otros—, al teatro, al cine, a la literatura y al carnaval. 

En la década del 40, las actividades culturales eran organizadas por las comisiones 
juvenil y de cultura. Una nota del periódico El Metalúrgico refiere a la importancia 
de las actividades deportiva, cultural y social y relaciona así las acciones que pue¬ 
dan desprenderse con estos tres ítems. 

Cuando la cultura estuvo presente en actividades festivas lo hizo imbricada con 
el entretenimiento. De esta manera, y dadas las características del encuentro en 
cuestión, los asistentes podían disfrutar del canto y del baile y en la misma fiesta 
apreciar la proyección de un filme italiano o el recitado de poesía. 


4 Lobato, 2009, pp. 16-17. 


155 



Luego, algunas notas reflejan la opinión de los dirigentes sindicales respecto al 
fenómeno artístico. Los voceros de Ciase Obrera entienden que existe un arte de o 
para los trabajadores y un arte de la burguesía y, en este último caso, se identifica 
con la frivolidad del cine hollywoodense de inicios de los años 50. 

Esta impronta ideológica fue patente al defender y promocionar el teatro del elen¬ 
co de la institución teatral, El Galpón, en 1952, al que identificaron como un teatro 
«clasista y revolucionario» contrario al «convencionalismo obsecuente del arte ins¬ 
trumental de la burguesía», 5 y, meses después, al condenar la censura de parte de 
la prensa batllista [El Día ) al cine soviético. 6 

El repertorio de informaciones, notas, opiniones y otras referencias culturales seña¬ 
la el cruce entre productores y obras provenientes de los sectores populares y los 
sectores medios y letrados de la sociedad. En términos siempre odiosos por su es¬ 
quematismo, aunque ilustrativos, se trata de un cruce entre la alta y la baja cultura. 

Así, las fiestas de los metalúrgicos tuvieron números de títeres, conjuntos musicales 
con Cantares del Caribe, guitarristas y cantores gauchescos y, al mismo tiempo, un 
tenor y un filme del cine italiano. 

En relación con la poesía aparecieron piezas y citas de Pablo Neruda, Bertolt Brecht 
y Erich Fried. En narrativa, ubicamos un comentario de un trabajador sobre la obra 
del escritor portugués, José Saramago, y la reproducción de una nota del escritor 
uruguayo, Eduardo Galeano. El popular mundo del cómic estuvo representado por 
una nota de Julio E. Suárez, Peloduro, y el Carnaval, por una información panorámi¬ 
ca sobre las murgas montevideanas. 

También el teatro fue en alguna instancia punto de atención. El sindicato organizó 
una función especial del sainete Juancito de la Ribera, de Alberto Vacarezza en la 
sala de El Galpón, y otra de la comedia Sarita y Michelle, de Eduardo Sarlós, esta 
vez en el local sindical, acciones que se suman a la anterior apuesta a concurrir a las 
funciones regulares del grupo galponero, medio siglo antes, y a la existencia, en los 
años 40, de un elenco de actores que constituía el cuadro artístico sindical, del que 
no tenemos más datos que su existencia. 

En la zona híbrida entre cultura y entretenimiento se ubica la página de acertijos, 
crucigrama e informaciones varias incluida en una edición de Forjando. 

Este panorama está referido a productos culturales creados por otros. Las páginas del 
periódico no recogen cuentos, poesías u otras producciones de ficción de los trabaja¬ 
dores. La única y excepcional referencia en este sentido tiene que ver con la existencia 

5 (Julio de 1952). Teatro El Galpón. Una inquietud al servicio de la cultura obrera y popular. Clase Obrera, p. 2. 

6 (Setiembre de 1953). Discriminación racial y censura. Clase Obrera, Montevideo, p. 2. 


156 



4 


LA PRENSA 
PERIÓDICA 


del cuadro artístico o elenco teatral antes mencionado. La actividad cultural parece 
ser, desde hace algunos años, una dimensión desatendida e incluso desaprovechada 
por el sindicato. Durante nuestra intervención puntual desde la investigación aquí 
referida, en especial en el taller literario, detectamos el interés de diez trabajadores 
por escribir cuentos, canciones y poemas con apreciable solvencia y asiduidad. En un 
gremio multifacético y extendido a 7800 trabajadores en todo el país es seguro que 
existe un número mayor de aficionados a distintas disciplinas artísticas. 


La reflexión sobre la propaganda 

En dos oportunidades, los metalúrgicos reflexionaron sobre la función del periódi¬ 
co sindical, sobre la escritura y la lectura del obrero. 

En la primera de ellas, la directiva de la untmra refirió a la necesidad de incrementar 
la frecuencia y el tiraje del periódico y, al hacerlo, destacó el papel en tanto discurso 
de propaganda que le cabe a este medio de prensa sindical. 

La segunda reflexión está firmada por Ariel Soto y remarca la necesidad de la for¬ 
mación literaria y cultural de los trabajadores para alcanzar su ansiada liberación, 
con detalles sobre la lectura —que reclama incrementar— y la escritura —de la que 
propone el formato breve—. 

Entre 2010 (año en que dejó de ser publicado el periódico Forjando ) y principios de 
2012 (momento en que realizamos una última consulta sobre este tema), la untmra 
no poseía un periódico oficial. Tampoco había logrado reconstituir su comisión de 
cultura. No sabemos si estas falencias fueron subsanadas en los meses siguientes. La 
tradición del gremio, la eficacia de los antecedentes y la demanda de sus integrantes 
son factores que siempre posibilitan el resurgimiento de estas vías de expresión. 

Entonces, en nuestra indagatoria recabamos el ejemplo de un puñado de pu¬ 
blicaciones sindicales de los trabajadores metalúrgicos que, en algún momento, 
estimaron necesario destinar un espacio para la cultura. Lo que sigue es una síntesis 
de las notas y de los comentarios culturales hallados en este relevamiento. 

El Metalúrgico (1943-1946) 

Algunas noticias de la actividad cultural promovidas por el suim aparecieron durante 
1946 en los pocos números del boletín Et Metalúrgico, reservados en los archivos de 
la Biblioteca Nacional y de consulta pública en formato de microfilme. Se trata del 
boletín oficial del suim, entonces adherido a la central ugt. El redactor responsable 
de este periódico era Julio Borges. 


157 



LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


El Metalúrgico comenzó a editarse en 1941 y pervivió con intermitencias durante 
varios años. La Biblioteca Nacional solo conserva tres ediciones de este boletín sin- 

VIDAL 

dical. La primera corresponde al n.° 5 del segundo año de edición, 1943, y contiene 
de manera exclusiva información laboral y gremial. 

El siguiente número está fechado en febrero de 1946 e indica año I y n.° 2, nueva 
numeración que seguramente corresponde a una segunda época del periódico, 
aunque no lo explícita. 

En esta ocasión, una breve nota informativa convoca a los trabajadores metalúrgi¬ 
cos a colaborar con la creación de la biblioteca sindical, asunto que referimos en el 
apartado correspondiente. 

El n.° 6, también del primer año de edición de El Metalúrgico en esta etapa, está 
fechado en setiembre de 1946. Incluye una nota de la comisión juvenil en la que 
anuncia que «ha decidido que debía de comenzar de inmediato el trabajo tendien¬ 
te a dar vida a una amplia actividad deportiva, cultural y social». 

Las actividades prometidas abarcan desde el boxeo hasta el baile y el teatro. El baile 
social está anunciado para el 5 de octubre, del boxeo prometen un campeonato 
«en breve» y, respecto al teatro, informan que ya existe un «cuadro artístico» di¬ 
rigido por Luis A. Colotta y que al parecer necesitaba la incorporación de actrices, 
puesto que el llamado está dirigido a las obreras del gremio: 

En la actividad cultural se cuenta con un cuadro artístico, está siendo dirigido por 
el Sr. Luis A. Colotta, quien hace un llamado a las obreras de nuestra Industria 
aficionadas al teatro, agradecemos, lo mismo que a su Director por la voluntad 
magnífica demostrada. 7 

El sindicato contaba, además, con una comisión de cultura, a juzgar por una nota 
publicada en el mismo número del periódico y firmada: «Encargado de cultura: J. 
D. L. S.», iniciales correspondientes a un nombre que no hemos podido identificar. 8 

No tenemos noticias sobre la evolución del periódico El Metalúrgico durante los 
años siguientes, a excepción de un dato indirecto. El 20 de abril de 1951 el perió¬ 
dico, Clase Obrera, dio cuenta de la aparición del primer número de El Metalúrgico, 
vocero sindical al que saluda, con el sindicalista, Aníbal Iturburu, como redactor 
responsable. 9 Se trataría en este caso del inicio de una tercera época del referido 
periódico sindical. 


7 (Setiembre de 1946). Comisión Juvenil. El Metalúrgico, p. 8. 

8 Encargado de cultura J. D. L. S. (Setiembre de 1946). Una Juventud Mejor, El Metalúrgico, p. 3. 

9 (Abril de 1951). Apareció El Metalúrgico, Clase Obrera, p. 3. 


158 




Clase Obrera (1949-1953) 

Entre 1949 y 1953 salieron a la calle 46 números del periódico Ciase Obrera, 10 voce¬ 
ro de la Agrupación Socialista Obrera (aso), un sector fundado en 1948 con fuerte 
incidencia entre los trabajadores de varios gremios, entre ellos el metalúrgico. Este 
medio de comunicación fue vocero extraoficial de dicho gremio y su único medio 
de difusión hasta abril de 1951 cuando comenzó a editarse El Metalúrgico. 

Clase Obrera era publicado en cuatro páginas de formato tabloide, impreso 
en blanco y negro. Sus redactores responsables fueron F. M. Gorosito (enero 
1949-abril 1950), José D'Elía (mayo 1950-agosto 1951) y Gerardo Cuesta (setiem¬ 
bre 1951-octubre 1953). 

Desde su primer número, el periódico se autodefinió representante de una corrien¬ 
te de pensamiento socialista, anticapitalista y sindical. * 11 

El repaso de las ediciones conservadas en la Biblioteca Nacional permite apreciar 
una variedad de actividades culturales que detallamos a continuación. 

Picnic bajo lluvia 

En noviembre de 1949 el periódico organizó un picnic de confraternidad para reunir a 
los hacedores y a los lectores del periódico Clase obrera y a trabajadores metalúrgicos. 

La nota que informa del encuentro agradece a la concurrencia que participó, 
a pesar del mal tiempo que dominó en esa jornada de lluvia, frío y viento. 
No informa con mayor detalle de lo sucedido en este encuentro, pero sus ca¬ 
racterísticas recuerdan otros picnics realizados por agrupaciones anarquistas, 
socialistas, de iglesias protestantes, sociedades de beneficencia y otras, desde 
fines del siglo xix y en adelante en Montevideo. También entonces era corriente 
que los periódicos sectoriales —políticos o sindícales— realizaran picnics para 
reafirmar la confraternidad entre los participantes de una misma corriente de 
pensamiento o de acción y, de paso, recaudar fondos para el periódico o para 
alguna causa solidaria. 12 

El 25 de mayo de 1952 los militantes afines a Clase Obrera realizaron una fiesta 
de confraternidad, convocada como fiesta de homenaje por «los iv años de lu¬ 
cha» de esta hoja sindical y en desagravio al «atropello policial cometido con el 
camarada Gerardo Cuesta». Una breve crónica informa del éxito del encuentro, 

10 El periódico tuvo una edición posterior de dos páginas, pero el ejemplar conservado en la Biblioteca 
Nacional no incluye fecha ni referencia alguna que especifique otros datos. 

11 (Enero de 1949). Contra el capitalismo imperialista, por la revolución socialista, Clase Obrera, p. 1. 

12 (Noviembre de 1949). Nuevo paso: el picnic, Clase Obrera, p. 2. 


159 



pero no brinda datos sobre si hubo o no animación artística, solo oratorias a 
cargo de destacados dirigentes. Otra reunión fraternal fue realizada el 5 de julio 
del mismo año, esta vez para recaudar fondos para el local. La fiesta terminó con 
un chocolate que se sirvió a los presentes y la disertación de un compañero. 13 

Resulta notoria la periodicidad de encuentros de fraternidad o fiestas como las 
anteriores. Así, el sábado 16 de agosto de 1952, esta vez en el local gremial y 
con motivo del iv aniversario de la fundación de la Agrupación Socialista Obrera, 
fue realizada una «reunión-Zuncft de confraternidad proletaria». 14 El 22 de no¬ 
viembre de ese año, hubo otra «fiesta de camaradería del gremio metalúrgico» 
en el local del Ateneo Popular de Río Negro 1180, organizada por la fomu, esta 
vez, al menos, con un baile. 15 

Tenemos noticia de un segundo picnic realizado por Clase Obrera, esta vez 
en el verano de 1953 en Pajas Blancas, con motivo de la celebración del iv 
aniversario del periódico. 

La fiesta fue convocada para que participaran los trabajadores con sus familias. 
Contó con un torneo de fútbol entre equipos de los trabajadores de las empre¬ 
sas Mack, Pesce y Simeone y Clase Obrera: fue triunfador el primero. Hubo pista 
de baile, «juegos y competencias deportivas y números sorpresa». Es probable 
que haya habido números artísticos y juegos, tal como era costumbre en este 
tipo de encuentros. 16 

Otra fiesta (quizás el tercer picnic de estos años) fue realizada el 8 de noviembre 
de 1953, otra vez en el balneario Pajas Blancas. El anuncio, publicado en la primera 
página de la entrega del periódico del mes de octubre de ese año, promete «baile, 
fútbol, concurso de cantores, asado y transporte, todo incluido a $ 3,50 el ticket». 
Como en las anteriores fiestas, el encuentro estuvo centrado en la consolidación de 
la herramienta organizativa, ideológicamente marxista-leninista. De modo que el 
picnic, más que un encuentro de entretenimiento y diversión, según sus organiza¬ 
dores, sería «expresión de la adhesión de los sectores más esclarecidos de nuestro 
proletariado, al servidor de sus intereses históricos de clase, a la consigna política 
del momento para el proletariado: ¡Formar el Partido Obrero revolucionario!». 17 


13 (Junio de 1952). ASO en LUCHA. Fiesta de camaradería, Clase Obrera, p. 3. 

14 (Julio de 1952). ASO en LUCHA. Fiesta el 16 de agosto, Clase Obrera, p. 3. 

15 (Octubre de 1952). Gran fiesta de camaradería del gremio metalúrgico, Clase Obrera, p. 1. 

16 (Noviembre de 1952). Gran picnic de Clase Obrera, Clase Obrera, p. 3 y (enero de 1953). Éxito rotundo 
del picnic a Pajas Blancas, Clase Obrera, p. 2. 

17 (Octubre de 1953). ASO EN LUCHA. Gran picnic el 8 de noviembre a Pajas Blancas, Clase Obrera, p. 1. 


160 



4 


LA PRENSA 
PERIÓDICA 


Fiesta aniversario 

El periódico Ciase Obrera continuó como epicentro de actividades que aunaban el 
mundo sindical, con fuerte presencia de los metalúrgicos, con acciones culturales. 

En marzo de 1950 se realizó la fiesta del primer aniversario, con una parte oratoria a 
cargo de Gerardo Cuesta (presentado como «joven dirigente» de los metalúrgicos y 
quien luego sería secretario general de la fomu), La Greca (por los obreros joyeros), 
López (del gremio de la bebida) y Gorosito (de la aso). 18 

En esta ocasión la parte artística estuvo a cargo de Los Títeres y el Conjunto Típico, 
de quienes no hemos obtenido otras referencias que nos permitan contextualizar- 
los, «que le dieron a la fiesta un ambiente de alegría sana y cordial». La nota no 
informa del lugar ni la fecha en que se realizó dicha fiesta. 

El periódico fue receptivo a las acciones culturales emprendidas por otros colegas. 
En junio de 1950 dio cuenta de la edición del periódico, Cuiturai, vocero de la 
Federación Teatral de Flores dirigida por Luis Sangrinet Cabral, sin aportar mayores 
datos. Se trataba de «excelente material de lectura, fundamentando la acción de los 
estudiantes liceales, industriales y de la Asociación de obreros y empleados local, 
haciendo obra de información y de cultura, de orientación popular». 19 

La fiesta por el segundo aniversario de Clase Obrera también contó con el ingre¬ 
diente cultural. 20 Esta vez se trató de un picnic como el realizado pocos años antes, 
en una quinta «a pocos minutos de ómnibus del centro», el domingo 4 de marzo. 
Los organizadores convocaron una vez más a los lectores y a los trabajadores a 
concurrir a este encuentro que contó con «baile, diversiones, sorpresas y juegos». 21 

Tampoco en esta ocasión aparecieron otras notas en el periódico que ofrecieran 
otros detalles del encuentro de confraternidad. 

Entre el cine y los desalojos 

En abril de 1951 el gobierno uruguayo participó activamente en la organización del 
Primer Festival de Cine de Punta del Este. La actividad, de alcance internacional, con¬ 
citó la atención de un activo sector intelectual que desde hacía al menos dos décadas 
trabajaba a nivel profesional en la crítica cinematográfica desde la prensa periódica 
hasta revistas especializadas como Filme, Cine Club y Cine Radio Actualidad. 


18 (Marzo de 1950). La Fiesta del primer aniversario de Clase Obrera, Clase Obrera, p. 2. 

19 (Junio de 1950). Nuestra opinión. Buen trabajo. Clase Obrera, p. 4. 

20 (1 de febrero de 1951). Una gran fiesta por los dos años de "Clase obrera". Clase Obrera, p. s/n. 

21 Ibídem, s/n. 


16 1 




LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


El Festival insumió al Ministerio de Relaciones Exteriores una cuantiosa inversión, 
punto que disparó las críticas de parte de algunos sectores, tal como puede ras¬ 
trearse en las páginas de Marcha (con la firma de Carlos Quijano) o del periódico 
comunista Justicia. Asimismo, el hecho de que las dos primeras películas premiadas 
fueran dirigidas o contaran con participación de alemanes entre su elenco polarizó 
el debate en tiempos en que la derrota del nazismo —Segunda Guerra Mundial— 
era demasiado reciente y comenzaban a conocerse los escalofriantes testimonios 
sobre los campos de exterminio nazis, el genocidio judío. 22 

El debate desbordó el espacio intelectual para inyectarse en el movimiento obrero, 
claro que de la mano de la pátina ideológica. 

En ese mismo mes de abril de 1951 el periódico del gremio metalúrgico, Clase 
Obrera, protestó por la realización del festival de marras, calificado por los voceros 
sindicales como «fiesta de banalidades», cuando, casi en simultáneo, eran desalo¬ 
jadas de sus casas 270 familias de Vichadero, en el norte del país. 

El incidente sirve para calibrar la noción de cultura entre los hacedores del perió¬ 
dico obrero y para apreciar los límites que entendían que debían considerarse al 
invertir en actividades relacionadas con el arte. La nota está titulada «Festivales y 
Desalojos» y dice lo siguiente: 

Muchos miles y miles para darnos el lujo de un festival cinematográfico. Es el afán de 
imitamicos [sic] que ciertas castas sociales no pueden abandonar. Páginas enteras de 
los grandes diarios, para decirnos con lujo de detalles cómo comían o cómo evacuaba 
tal astro o tal estrella. 

Algunos negociados de por medio. Muchas crónicas sesudas de los especialistas. De 
periodistas consumados. Al mismo tiempo en 5 o 6 lugares del país, hombres y muje¬ 
res, familias enteras eran desalojados de las tierras que trabajaban. 

Como el caso de Vichadero, donde 270 personas quedaban en el camino. 

Estas cosas no merecieron atención. 23 

Pero el cine en sí no fue objeto de rechazo de Clase Obrera, sino su contenido y 
la ideología que, en principio, representaban sus protagonistas y organizadores 
—grandes estrellas de Hollywood y, por tanto, del imperialismo yanqui, así como 
reconocidas figuras del fascismo italiano—, el gobierno nacional que financiaba los 
festivales y la extracción ideológica de los periódicos patrocinantes. 

22 En el Primer Festival de Cine de Punta del Este resultó ganadora Domani é troppo tardi (Italia, 1950) 
dirigida por Leónide Moguy; en segundo lugar fue premiada Cielo sulla palude (Italia, 1949), de Augusto 
Genina, un creador que había trabajado bajo el régimen fascista italiano. Testimonios sobre este importan¬ 
te Festival de cine de parte de los críticos Hugo Rocha y Eduardo Alvariza, entrevistados por Nicolás Der 
Argopián, pueden leerse en Rocca, 2009, pp. 239-248 y 249-258. 

23 (Abril de 1951) Festivales y Desalojos, Clase Obrera, p. 3. 


162 




De hecho, el cine fue considerado por la fomu a la hora de organizar su festival con 
el objeto de fortalecerse económicamente «para las futuras luchas que tendrá que 
librar [el sindicato] frente a la reacción patronal» y, en esta ocasión, recibió el apoyo 
total del periódico Ciase Obrera. 21 ' 

Este festival se realizó el 26 de setiembre de 1951 en el cine Astor, con capacidad 
para 1400 personas. El programa completo transita entre la zona culta —el cine 
neorrealista italiano, un tenor italiano— y la popular —cantores gauchescos, el hu¬ 
morista y animador, Roberto Barry—. 

La organización estuvo a cargo de una comisión especial presidida por C. Vicente 
González (obrero de la Metalúrgica Americana), acompañado por Alfonso, Berletta 
y Tiregín (obreros de Pesce & Simeone), Camaranno (de Alpax), Rodríguez y 
Domínguez (de Lostorto), I. Rodríguez (de Quemaco), Beltrame y Lambruschini 
(trabajadores de la firma M. Americana). 

La fiesta se abrió con la proyección de Cuatro pasos en las nubes (1942), presentada 
como «una extraordinaria película italiana con [la actuación protagónica de] Gino 
Cervi y Adriana Benetti». El guión del filme es de Cesare Zavattini, considerado un 
referente del neorrealismo italiano ( El lustrabotas, Milagro en Milán), la dirección 
estuvo a cargo de Alessandro Blasetti. La película, en tono de comedia, narra la pe¬ 
ripecia de Paolo Bianchi, un vendedor ambulante que se hace pasar por el esposo 
de una muchacha que conoce en un autobús. 25 

En la misma fiesta, el público disfrutó de la música y del canto del conjunto, 
Nochecitas del fogón, dirigido por el ya entonces reconocido payador, Héctor 
Umpiérrez, y también de la actuación del «precoz recitador Piquito de Oro, los can¬ 
tores gauchescos, José Hernández [posiblemente un seudónimo] y Adolfo Berta». 

Un número especial consistió en la presentación del «gran tenor italiano, Otello 
Maggiolini». También participó el conjunto, Los Antillanos, quien tuvo a su car¬ 
go la interpretación de Cantares del Caribe y la guitarra de Uruguay Zabaleta. El 
programa señala que la fiesta sería animada por Roberto Barry, «cotizado artista 
radio-teatral». Es cierto que, además de cotizado, Roberto Barry (1917-1981) era 
en 1951 un reconocido artista popular. Había iniciado su carrera en 1936 como 
cantante en el cine Centenario de Montevideo y, enseguida, como cantante radio¬ 
fónico en El Espectador. En 1948 obtuvo el primer premio de la categoría Revistas 
en el Carnaval. Roberto Barry fue actor, libretista, periodista, cantor, pero el perfil 

24 (Setiembre de 1951). Gran Festival Metalúrgico, Clase Obrera, p. 3. 

25 El mismo argumento fue retomado por el cine italiano en 1956 con el mismo título español y Fernandel 
en el rol protagónico. Cuatro décadas después el cine americano presentó el remake Un paseo por las nubes 
(1995) con Keanu Reeves y Aitana Sánchez-Gijón a cargo de los roles protagónicos. Información de estos 
filmes pueden ubicarse en http://www.decine21.com/peliculas/4-pasos-por-las-nubes-12864. 


163 



profesional por el que siempre se le recordará es el de cómico especializado en 
chistes verdes o humor para adultos. 

Cabe preguntarse si el repertorio cultural de esta fiesta reflejó, a su vez, la diversi¬ 
dad de gustos e intereses de los trabajadores metalúrgicos de la década del 50. Es 
casi seguro que así fue, puesto que, por los datos brindados más arriba, conviene 
advertir que no se trató de una fiesta improvisada ni organizada por uno o dos di¬ 
rigentes o un comité de base, sino por una comisión de trabajadores provenientes 
de distintos comités de fábrica, quienes seguramente incidieron en la heterogenei¬ 
dad del programa llevado adelante. 

La fiestas entre obreros continuaron, en especial metalúrgicos y del periódico Ciase 
Obrera. En mayo y en agosto de 1952 fueron realizadas otras reuniones de este 
tipo, pero no contamos con mayores detalles para dar cuenta de sus contenidos. 26 
El propio gremio metalúrgico organizado en la fomu comenzó a realizar fiestas 
como la celebrada el 22 de noviembre de 1952 en el Ateneo Popular. 27 

El teatro El Galpón y los sindicatos 

En 1952 la institución teatral El Galpón inició en su sala, ubicada entonces en 
Mercedes y Carlos Roxlo, funciones con descuentos para trabajadores agremia¬ 
dos a la fomu y a la Asociación de Personal de Talleres Automotrices (apta). 

La novedad fue celebrada por Ciase Obrera que consideró esta iniciativa como 
«una inquietud al servicio de la cultura obrera y popular». 28 

El acontecimiento y la nota de salutación y comentario interesan para reafirmar la 
visión que los voceros de Clase Obrera tenían respecto del arte, en este caso, del 
teatro. Tal como lo habían hecho antes para el cine, ahora reflexionaron sobre la 
presencia de, al menos, dos modelos e ideologías culturales contrapuestos. 

Por un lado, existe «la cultura y la educación oficiales» que «se dosifican para 
difundir y justificar la estructura infame del régimen de explotación que so¬ 
portamos». Por otro, existe «un teatro clasista y revolucionario» esto es «un 
arte marxista que se opone al convencionalismo obsecuente del "arte" instru¬ 
mental de la burguesía». 29 


26 Las fiestas del 25 de mayo y del 16 de agosto fueron celebradas en el local sindical de Chimborazo 
3415 (mayo de 1952). 25 de mayo Fiesta de camaradería. Clase Obrera, p. 1 y (julio de 1952). Fiesta el 16 
de agosto. Clase Obrera, p. 3. 

27 (Octubre de 1952). Gran fiesta de camaradería del gremio METALÚRGICO. Clase Obrera, p. 1. 

28 (Julio de 1952). Teatro El Galpón. Una inquietud al servicio de la cultura obrera y popular. Clase Obrera, 

p. 2. 

29 Ibídem, p. 2. 


164 



4 


LA PRENSA 
PERIÓDICA 


El periódico entiende que en esta etapa el teatro El Galpón no podrá obedecer a 
los cánones del teatro revolucionario, de todas formas, entiende que el suyo es 
«un plausible esfuerzo por llegar a la inmensa mayoría de la población con un 
mensaje cultural saludable y humano». 30 

Por este motivo, y tras confirmar el acuerdo de El Galpón con fomu y apta que 
promueve descuentos del 25 % en el precio de las entradas, Ciase Obrera aprobó 
esta iniciativa y convocó a los trabajadores a concurrir a las funciones ofrecidas 
por aquel elenco. 

El teatro El Galpón fue fundado en 1950 por un grupo de artistas provenientes de 
los sectores medios y de militancia o simpatía con sectores políticos de izquierda, 
en especial con el Partido Comunista, y constituyó desde entonces y hasta hoy un 
puntal del movimiento del teatro independiente en Uruguay. 

Contra la discriminación racial, la pornografía y la censura 

En setiembre de 1953 el periódico Ciase Obrera salió al cruce de un acto de cen¬ 
sura y de manifestaciones realizadas por el periódico El Día, el antiguo vocero 
de los sectores batllistas del Partido Colorado, entonces identificado con la lista 
14, de los hijos de José Batí le y Ordóñez, defensor de una línea de pensamiento 
fuertemente anticomunista. 31 

Ese año en una escuela de Malvín fue proyectada la película soviética, Flores de 
Piedra, y el episodio mereció la censura de un editorialista de El Día. El vocero 
sindical también rechazó otro gesto censor, esta vez de parte de un periódico que 
no identifica, desde cuyas páginas un periodista solicitó que fueran retirados de 
los archivos del Sodre películas como Alexander Nevsky y El Acorazado Potemkin. 

Al fin, otra breve nota incluida en la misma edición de Clase Obrera rechaza 
tanto la pornografía como la censura. La primera porque la califica de «arte po¬ 
drido y decadente»; la segunda, porque la considera una acción condenable en 
sí misma y porque, en el caso que dispara el comentario, proviene de «círculos 
reaccionarios o interesados». 32 


30 Ibídem, p. 2. 

31 (Setiembre de 1953). Discriminación racial y censura. Clase Obrera , p. 3. 

32 (Setiembre de 1953). En 4 líneas, Clase Obrera, p. 2. 


165 




LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


El boletín sindical untmra-pit-cnt-uis del metal 

DANIEL 

vidal (1984-1990) 


Entre 1984 y 1990 el sindicato metalúrgico contó con un boletín interno de difusión 
de asuntos gremiales y laborales denominado untmra-pit-cnt-uis del metal, siglas que 
hacen referencia al nombre del sindicato del sector y de las centrales nacional e 
internacional correspondientes. 

Se trató de un boletín de formato pequeño, mitad de una hoja A4, de cuatro páginas 
e impreso a una tinta, excepcionalmente con tapa y contratapa color, seguramente 
de distribución gratuita. 

Las ediciones de este boletín a las que hemos podido acceder no tienen numera¬ 
ción y abarcan el período comprendido entre el 14 de diciembre de 1984 y abril de 
1990. En total suman 14 ejemplares de las respectivas ediciones. 33 

En la edición de junio-julio de 1988, el boletín da cuenta de la resolución del 
Consejo Directivo Nacional respecto a las características que en el futuro debería 
adoptar este medio de comunicación gremial. De acuerdo con las aspiraciones de 
la Directiva, el boletín debería tener desde entonces una periodicidad mensual y un 
tiraje de 10 000 ejemplares, con ocho a doce páginas cada cuatro meses y de cuatro 
a ocho páginas en los meses restantes. 

Es imposible confirmar sí este plan de edición fue cumplido a cabalidad. Es pro¬ 
bable que se tratara de un objetivo a alcanzar, integrado a la propaganda y a la 
necesidad de consolidar una imagen de fortaleza del sindicato. La confesión de 
tirajes de periódicos de cualquier índole, difícilmente corresponde a la realidad y 
debe considerarse, a lo sumo, como una aproximación. 

Junto a la aspiración sobre periodicidad y tiraje, los hacedores del boletín sintieron 
la necesidad de argumentar ante sus compañeros sobre la importancia de la pro¬ 
paganda y de la edición de un periódico sindical: 

La propaganda ha jugado un papel muy importante en la historia de la 
untmra, el movimiento sindical y popular, y si lugar a dudas lo seguirá 
haciendo. Estas mejoras que los trabajadores incorporamos a la organi¬ 
zación, no nos deben hacer bajar los brazos y así dejar de hacer lo que 
venimos haciendo, este periódico mensual no va a suplir los boletines de 
empresas que se hacen, ni las fajas, ni las carteleras. Es una nueva incorpo- 

33 Ediciones fechadas de la siguiente manera: 14 de diciembre de 1984; 23 de diciembre de 1984; 1 de 
enero de 1985; abril de 1986; abril de 1987; febrero de 1988; marzo-abril de 1988; junio-julio de 1988; 
julio-agosto de 1988; octubre-noviembre-diciembre de 1988; abril de 1989; julio-agosto de 1989; noviem¬ 
bre-diciembre de 1989; abril de 1990. 


166 




ración que la hacemos al frente de propaganda que como decíamos antes 
va a ayudar mucho a la organización general. 34 

La nota-editorial no lleva firma, por lo que bien puede atribuirse a un sentimiento 
casi consensuado entre los editores o responsables de esta edición. 

Pablo Neruda y Juancito de la Ribera 

En tres oportunidades, de manera complementaria a la dominante información 
interna, laboral, organizativa y salarial, el boletín de la untmra incorporó información 
o textos relacionados con la literatura. 

En dos ocasiones, dos ediciones de 1988, el boletín de los trabajadores metalúr¬ 
gicos reprodujo un fragmento de un poema de Pablo Neruda a modo de saludo y 
augurio de un mejor año: 

Este año nuevo compatriota 

es tuyo, 

ha nacido de ti 

más que del tiempo 

escógelo mejor de tu vida 

y entrégalo al combate. 35 


En el boletín de julio-agosto de 1988, una nota-aviso anuncia la representación 
de la pieza teatral Juancito de la Ribera, de Alberto Vacarezza, en el teatro El 
Galpón para el martes 13 de setiembre, convocada en «Homenaje a los mártires 
de la untmra». La breve nota no ofrece otra información, no indica autor, director 
ni actores que se harían cargo de la representación de esta obra; ni en los boleti¬ 
nes anteriores ni en los siguientes hay más información sobre los resultados de la 
función teatral realizada en exclusividad para los trabajadores metalúrgicos y con 
el fin recién mencionado. 

Juancito de la Ribera, pieza presentada como «romance del arrabal», con direc¬ 
ción y versión de Rubén Yáñez y asistencia de dirección de Pedro Piedrahita, 
fue representada con singular éxito en 1988 por un nutrido elenco del teatro El 
Galpón integrado por Arturo Freitas, Alejandro Camino, Diego Artucio, Eduardo 
Migliónico, Gustavo Durán, Edgardo Ipar, Elizabeth Vignoli, Alberto Rosales, 

34 (Junio-julio de 1988). Por qué la necesidad de un periódico mensual. UNTMRA PIT-CNT UIS DEL METAL, 
P . i. 

35 Neruda, P. (octubre/noviembre/diciembre 1988). (s.t). UNTMRA-PIT-CNT-UIS DEL METAL, p. 8. 


167 



Norma Sghirla, Elsa Mastrángelo, Pedro Piedrahita, Carlos Hernández, Arturo 
Freitas, Ángeles Vázquez, Amelia Porteiro y Claudia Trecu. 36 

Informe Metalúrgico; Informe del Metal y afines 
(1993-1995) 

En 1993 la untmra comenzó la edición de una publicación periódica denominada 
Informe Metalúrgico (posteriormente Informe del Metal y Afines). El acápite reza: 
«Publicación de la Unión Nacional de Trabajadores del Metal y Ramas Afines. 
Filial pit-cnt». Cada una de sus ediciones era de 8 páginas, tapa y contratapa 
impresas en color, y formato variable, igual a una hoja A4 en algunos casos, a la 
mitad de ella, en otros. 

En el archivo sindical existen ejemplares fechados entre agosto de 1993 y 
febrero de 1995. 37 

Cada una de estas ediciones contiene información interna del sindicato relaciona¬ 
da con sus movilizaciones, convenios, salarios, etc. En ningún caso incluyen notas 
culturales. Se trató de un boletín informativo impreso que intentó mantener una 
comunicación directa de asuntos sindicales prioritarios de acuerdo con el criterio 
tradicional y hegemónico que hemos mencionado. 


Forjando (1995-2010) 

Forjando fue el periódico más reciente del sindicato de trabajadores metalúrgicos, 
publicado entre 1995 y 2010. 

Su acápite recuerda que se trata de una «Publicación de la Unión Nacional de 
Trabajadores del Metal y Ramas Afines untmra-pit-cnt», esto es, vocero oficial de dicha 
entidad. Así, la dirección del periódico (o Consejo de Redacción) está ocupada por el 
Consejo Directivo Nacional de la untmra. Por su parte, el Consejo Editorial lo integran 
varios de los miembros de aquella directiva sindical: Marcelo Abdala, Julio Cabrera, 
Miguel Rodríguez, Carlos Aulet, Mario Armesto, Gabriel Alfonso, Ernesto Kroch, Carlos 
Vieira y Claudio Iturria. De todas formas, en las ediciones consultadas no hemos encon¬ 
trado notas firmadas por ninguno de los integrantes del Consejo Editorial. La mayoría 
de los artículos no llevan firma, modalidad que puede considerarse como una política 
editorial adoptada de común acuerdo o de hecho por los responsables del periódico. 


36 Vacarezza, A.Juanáto de la Ribera. El Galpón. [Programa de mano]. 

37 El n.° 0 es de agosto de 1993, luego aparece una serie de la II época: año I, n.° 0 de febrero de 1994, n.° 
1, de setiembre de 1994. Los suplementos de octubre y de noviembre de 1994 y el suplemento de febrero 
de 1995, este último de 12 páginas. 


168 



4 


LA PRENSA 
PERIÓDICA 


Las ediciones numeradas del 1 al 29, correspondientes al período que va de julio 
de 1995 a mayo de 2010, repiten dos formatos: uno de ellos es estilo tabloide, el 
otro, la mitad del primero. Cuentan entre 4 y 16 páginas, con tapa y contratapa en 
color e interior en blanco y negro, otras veces toda la edición está impresa a una 
sola tinta. Rara vez incluye algún aviso, hemos encontrado tres en la edición n.° 14 
de abril-mayo de 2000. Utilizan fotografías y, a veces, dibujos y otras ilustraciones. 

La periodicidad no es regular y posiblemente haya estado condicionada por la dispo¬ 
nibilidad económica del sindicato, la necesidad de difundir novedades o situaciones 
específicas de los metalúrgicos (movilizaciones, negociaciones y convenios salariales) 
o generales de la central sindical y de los trabajadores (convocatoria al acto del 1 de 
Mayo, por ejemplo) u otras circunstancias que no hemos podido identificar. 

El periódico intentó, en algunas oportunidades, una periodicidad mensual, pero la 
discontinuidad fue, en realidad, su constante. En total, y siempre para el período 
que hemos podido relevar, suman 29 ediciones de Forjando. La untmra conserva 
ejemplares de 24 de estas ediciones. 38 

Galeano, Peloduro, Fried y Brecht 

La literatura, el arte, los autores han estado presentes en algunas de las ediciones 
repasadas. 

El n.° 12 de Forjando, de diciembre de 1999, reproduce un artículo de Eduardo 
Galeano sobre las elecciones nacionales realizadas en nuestro país titulado 
«Elecciones en Uruguay: Teoría de la vaca», publicado el 1 de diciembre de aquel 
año en el periódico Página 12 de Buenos Aires. 

La misma edición destina tres páginas, de la 10 a la 12, al artículo del caricaturista, 
Julio E. Suárez, Peloduro, titulado: «PELODURO. Historia de mis personajes», ilustra¬ 
do con dibujos del artista uruguayo y recortes de algunas de sus caricaturas. 

La literatura en su formato estándar aparece en la edición n.° 14 de abril-mayo de 
2000 con la edición de los poemas «Razones», de Erich Fried, y «A quien vacila», 
de Bertolt Brecht. 


38 Los ejemplares conservados en el archivo de la untmra comienzan en una segunda época y segundo 
año ubicado en julio de 1995 y el número siguiente salta a marzo de 1996. Enseguida, aparecen otros 
dos números ese año, en los meses de setiembre y octubre, pero ya en la siguiente edición esta breve 
periodicidad mensual se corta al pasar una inmediata edición fechada en marzo de 1997. Los números 
siguientes abarcan junio, julio y setiembre de 1997. Luego de esta última aparece un hiato hasta abril de 
1998. La intermitencia continúa con una regularidad de dos a cuatro ediciones por año entre 1999 y 2001. 
Entre los años 2002 y 2010 solo hemos podido relevar cuatro ediciones; los faltantes llenan los huecos que 
van hasta el n.° 28, fechado en 2010, seguramente en el mes de marzo a juzgar por algunas de las noticias 
incluidas en su edición. 


169 




LAS LECTURAS 
DE LOS 

TRABAJADORES 

METALÚRGICOS 


Saramago: lectura para los trabajadores 

DANIEL 

vidal El premio nobel de literatura, José Saramago, es considerado en dos de las edicio¬ 

nes aquí repasadas. 

Primero, un trabajador anónimo y autor de la columna de opinión titulada 
«Cuaderno de Bitácora», aparecida en la edición n.° 16 de Forjando, de diciembre 
2000-enero 2001, cita a Saramago en una parte de su discurso. Al interpretar el 
proceso político y social del Uruguay de las últimas décadas, reflexiona: 

Plaza financiera, país de servicios, mucha ideología para que la «contrarrevolución 
productiva» no se detenga en esta tierra, que supo de «caminos de los quileros» por¬ 
que entre el latifundio monárquico y el latifundio republicano no se ven diferencias* 
y nunca dejaron espacio para mucho más. (*José Saramago, en Levantado del suelo )} 9 

En la entrega siguiente del periódico sindical, n.° 17 de marzo-abril de 2001, tam¬ 
bién un trabajador-periodista anónimo da cuenta del libro La caverna, de Saramago. 
Esta vez se trata de una reseña de esta novela, que ocupa la mitad de la página 10, 
titulada: «Una obra de alfarería literaria. La caverna, de José Saramago». 

El articulista realiza una minuciosa descripción de la trama de la novela, luego de 
aclarar que su personaje principal, Cipriano Algor, era alfarero, no metalúrgico, 
«pero a los efectos del trasfondo de la historia no hace diferencia, la arcilla igual 
que el hierro han [síc] sido desplazado por el plástico, materias sintéticas en un 
caso y en otro». De esta manera, queda implícita la invitación a leer el libro y adver¬ 
tir que la peripecia del alfarero puede ser la de un trabajador-artesano universal y, 
ante los ojos del público de Forjando, un obrero metalúrgico. 

Luego resume la historia narrada por Saramago y, hacia el final, destaca el estilo 
del escritor portugués, su escritura —sin puntuación, con insistentes preguntas al 
lector— y su contenido, es decir, su interpretación del mundo capitalista contem¬ 
poráneo, su crítica y su vindicación de pureza y humanidad retratada en Cipriano 
Algor. Importa destacar que el comentarista advierte una sustantiva complicidad 
entre la escritura de Saramago, el mensaje que transmite y el acto de lectura que 
exige o provoca. Entonces, este libro está: 

Contado con el peculiar estilo de Saramago que, a cada tanto, intercala reflexiones, pre¬ 
guntas al lector, diálogos lúcidos entre padre e hija o con el yerno, todo sin puntos y [ni] 
signos de interrogación con la fluidez que borra los límites entre la acción y el pensamien¬ 
to de los personajes, como de Saramago mismo. Sin duda, leer «La caverna» requiere 
cierta concentración, pero ésta se ve ampliamente retribuida por la gran riqueza humana 
que se va descubriendo con el autor bajo las condiciones adversas de nuestro mundo.® 


39 (Diciembre de 2000-enero de 2001). Cuaderno de Bitácora. Forjando, p. 4. 

40 (Marzo-abril de 2001). Una obra de alfarería literaria. La caverna, de José Saramago. Forjando, p. 10. 


170 




Las murgas del pueblo 


En la misma edición de marzo-abril de 2001, arriba citada, aparece un artículo sobre 
el Carnaval uruguayo firmado por El murguista. 

Se trata de una reflexión sobre uno de los fenómenos artísticos más relevantes del 
Uruguay, identificado por El murguista como «parte de nuestra cultura». 41 

El artículo focaliza su reflexión en dos de las expresiones tradicionales del Carnaval: 
la murga y el candombe, pero solo se explaya sobre la primera de ellas. Recuerda 
las primeras murgas de inicios del siglo xix y destaca la fundación de la murga Araca 
la Cana, en 1942, La Soberana, en 1969 y en la década de los 80, La Reina de La Teja, 
y sus innovaciones, como la incorporación de instrumentos atípicos (guitarra, flau¬ 
ta, quenas). El murguista agrupa las murgas quejugaron un rol determinante en «la 
lucha contra la dictadura»: Falta y Resto, La Reina de La Teja, Diablos Verdes y otras, 
todas a las que «el pueblo las cobija llamándolas murgas del pueblo». 

Este primer grupo de murgas está identificado con el Frente Amplio, pero el arti¬ 
culista no reduce su lectura a una pertenencia político-partidaria de estos grupos 
carnavaleros, sino a un mayor o menor compromiso con el pueblo. Así, tenemos el 
grupo de murgas de La Teja y, por otro, las murgas de La Unión: Los Saltimbanquis, 
Los Arlequines, Don Timoteo, Nueva Milonga, etc. Entonces, «estas últimas estaban 
más aferradas a lo tradicional de la murga con la denuncia, pero sin comprometer¬ 
se demasiado con los verdaderos problemas del pueblo», que no detalla. 

El artículo concluye con el reconocimiento de valores artísticos y novedades en 
murgas como La Mojigata, Los Rebeldes, Contrafarsa; anuncia nuevas reflexiones 
sobre el tema y convoca a los lectores a enviar sus aportes, que siempre «serán muy 
bienvenidos». En los números siguientes de Forjando no hemos hallado nuevos 
artículos sobre el Carnaval y las murgas, aunque es probable que hayan aparecido 
en algunas de las ediciones faltantes en los archivos del sindicato. 

Una obra de Eduardo Sarlós 

El 10 de agosto de 2001 los trabajadores metalúrgicos pudieron ver una obra 
de teatro representada por artistas profesionales en su local sindical de Luis A. 
de Herrera 3972. 

Se trató de Sarita y Michette, de Eduardo Sarlós, con dirección de Carlos Aguilera, 
representada por Susana Groisman y Daniel Bérgolo. Un artículo incluido en la edi¬ 
ción n.° 18 de Forjando de julio-agosto de 2001 recuerda aquella representación 


41 El murguista. (Marzo-abril 2001). Carnaval. Forjando, p. 10. La misma referencia para las siguientes citas 
de este artículo. 


17 1 



teatral y, en especial, su «calidad teatral y humana». 42 Resume los galardones ob¬ 
tenidos por esta versión teatral (respectivos premios de la Intendencia Municipal 
de Montevideo y del Ministerio de Educación y Cultura en 1993, primer premio 
del Instituto Internacional del Teatro, en 1994, dos premios Florencio —mejor 
actriz Susana Groisman y mejor autor nacional Eduardo Sarlós—), así como su 
participación en los festivales de Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) y del Teatro de 
Asunción del Paraguay. 

Luego, rescata frases de la crítica en las que resalta «la alta calidad humana» de 
esta obra y de su puesta en escena y recuerda varios de los requerimientos para su 
representación en varias ciudades del Uruguay. 

La breve nota no ofrece otros detalles de aquella función teatral ni respuesta o 
reacción del público de trabajadores que asistió a verla. 

Entretenimiento cultural 

Los editores de Forjando decidieron incorporar en la edición n.° 20, de octubre de 
2002, una página de entretenimientos de carácter cultural. 

La sección ofreció a sus lectores tres enigmas y acertijos, un crucigrama, citas de 
dos escritores (Charles Dickens, Thomas S. Eliot) y de un filósofo (Henry Frederic 
Amiel) e información de carácter general: la naturaleza del agua existente en el 
planeta (salada y dulce); el sistema de espionaje electrónico del fbi denominado 
Carnívoro o DCS1000; y la historia del crucigrama, quizás una fórmula indirecta 
para justificar este tipo de entretenimiento en un periódico sindical. 

Ninguna de estas informaciones y entretenimientos revela un vínculo o una refe¬ 
rencia a la realidad o a la cultura nacional. 

El primer enigma exige calcular la reproducción de la planta de nenúfar en un 
estanque durante 30 días; el segundo requiere el cálculo de la cantidad de hambur¬ 
guesas que tres individuos cocinan, teniendo en cuenta el tiempo que cada uno de 
ellos tarda por cocción y de los enseres que disponen para ello; el tercero pregunta 
sobre la forma en que un empresario falleció en su casa del desierto de Sahara. 

El crucigrama está organizado en función de palabras referidas a la cultura univer¬ 
sal y la única referencia a la sociedad o a la realidad regional tiene que ver con el 
nombre de la «organización del fútbol argentino», si bien este entretenimiento es 
presentado como «Crucigrama de la casa». 43 

42 (Julio-agosto de 2001). Sarita y Michelle. Forjando , p. 2. La misma referencia para las siguientes citas 
de este artículo. 

43 (Octubre de 2002). Crucigrama de la casa. Forjando, p. 13. La misma referencia para las restantes citas 
e informaciones incluidas en la página de entretenimientos. 


172 



4 


LA PRENSA 
PERIÓDICA 


Las citas de los intelectuales mencionados más arriba refieren a la condición del ser 
humano. Son las siguientes: 


El hombre nunca sabe de lo que es capaz hasta que lo intenta. 

Charles Dickens (1812-1870, escritor inglés) 

Bendito sea el hombre que no teniendo nada que decir, se abstiene de demostrár¬ 
noslo con sus palabras. 

Thomas S. Euot (1888-1965, poeta y dramaturgo angloamericano) 

El hombre que pretende verlo todo con claridad antes de decidir, nunca decide. 

Henri Frédéric Amiel (1821-1881, filósofo suizo) 


Y, a modo de acápite, en el cabezal de la página, aparece la siguiente cita: 

Cuando se elimina lo imposible, todo lo que queda, por muy improbable que sea, es 
la verdad. 


Arthur Conan Doyle 


La edición incorpora, a vuelta de página, la solución a las Palabras Cruzadas y a los 
Enigmas & Acertijos. 

En ninguna de las restantes ediciones de Forjando aparece otra página de este tipo. 
La estructura y su contenido hacen pensar que estamos ante la reproducción de 
información escueta y entretenimientos aparecidos en cualquiera de las numerosas 
revistas de pasatiempo circulantes en nuestro país y, en su mayoría, provenientes 
de España y de Argentina. 

Leer más, escribir con brevedad 

En el año 2000, Ariel Soto reflexionó sobre la lectura y la escritura de parte de los tra¬ 
bajadores metalúrgicos. Ese año publicó en el n.° 13 de Forjando un artículo titulado 
«Trabajando en la forja», dirigido a los lectores y hacedores del periódico sindical. 

Soto reconoció entonces que la lectura —en general, y entre los trabajadores en 
particular— ha retrocedido en la sociedad contemporánea a favor de los medios 


173 



audiovisuales de comunicación, en especial la televisión, a la que describe, para 
el caso uruguayo, como «un oligopolio en manos de cuatro o cinco poderosos 
grupos económicos ». 44 

Interpreta este avance como negativo, ya que pone en riesgo no solo la lectura, 
sino también «el relato oral» y, en especial, la capacidad de imaginar, porque mien¬ 
tras la televisión «no da tiempo ni para pensar», por la velocidad de las imágenes 
expuestas ante nuestros ojos, la lectura exige «pensar e imaginar»: 

Para leer hay que pensar e imaginar, para dialogar hay que escuchar a los otros y 
también imaginar . 45 

Ariel Soto recuerda que los abuelos «de los que hoy tenemos cuarenta años» fue¬ 
ron inmigrantes semianalfabetos que se lanzaron hacia las oportunidades que 
ofreció la escuela vareliana y la educación pública en todos su niveles (Primaria, 
Secundaria, utu y Universidad). La cultura fue el territorio natural para ellos: 

No solo ejercitaron la escritura, sino también el cálculo, el diseño, el dibujo geomé¬ 
trico, la lectura analítica, la oratoria, los idiomas "extraños", aprendieron y practicaron 
los principios de la mecánica, la biología y la física. 

Soto se lamenta de la realidad actual, diametralmente opuesta: «La gente (o sea 
nosotros) lee menos» y, además, «los actuales metalúrgicos no terminamos (pro- 
medialmente) el ciclo secundario (utu, liceo )». 46 

Sin embargo, Soto entiende que esta deficiencia de lectura y de cultura no será 
superada con la práctica de la escritura extensa, con la edición de artículos largos 
en el periódico sindical. Ofrece ejemplos de lo que considera contraproducente o 
nocivo y reclama la práctica de una escritura periodística guiada por la síntesis y la 
brevedad. En un caso reconoce que la extensión puede contener «calidad», pero 
aun así la cuestiona. Así por ejemplo, 

En la métrica gráfica el artículo de «Peloduro» es largo. Tres páginas, doce columnas, 
pero mucha vida, la suya y las de sus personajes del relato. Es más su obra (sus perso¬ 
najes dibujados y dialogados) se incorporan y clarifican el texto. El mucho texto no va 
en este caso en contra de la calidad. Otro ejemplo: el artículo sobre MOLVENO, tiene 
muy poco texto, escrito con gran capacidad de síntesis y con un relato fotográfico 
muy bueno. Poca letra y mucha comunicación e información . 47 


44 Ariel Soto. (Febrero-marzo de 2000). Trabajando en la forja. Forjando, p. 10. La misma referencia para 
las siguientes citas del mismo artículo. 


45 Ibídem, 10. 

46 Ibídem, 10. 

47 Ibídem, p. 10 



Entonces, la normativa promovida por Soto exige una escritura simple, con¬ 
creta y escueta: 

¿Dónde está escrito que para reflexionar, analizar, ayudar a pensar, pensar colectiva¬ 
mente, etc., hay que escribir mucho y complicado? Debemos ejercitarnos en hablar 
y en escribir en concreto, ejercitando la síntesis, apoyándonos en lo vivo y en lo que 
cada compañero y cada trabajador asocie e identifique con su vida cotidiana y su 
experiencia individual y colectiva . 48 

Soto identifica este debate con la práctica del periodismo sindical y su experiencia 
en Forjando, periódico que sintetiza el trabajo colectivo de quienes «escribieron, fo- 
tocopiaron pasaron los textos en la pantalla, manejaron vehículos, fotografiaron, le 
hicieron la persecuta a Fulano o Mengano para que terminara su artículo y también 
para los compañeros gráficos que lo diagramaron y lo imprimieron ». 49 

Además, el periódico debe combinar imágenes y palabras para que el trabajador 
pueda leerlo con mayor facilidad: «No vamos a recuperar o mejorar la capacidad de 
lectura y de análisis porque carguemos de un saque mucha tinta y texto. Debemos 
combinar lo visual (fotos, videos, dibujos, gráficas) con lo escrito ». 50 

Al final, Soto señala la escritura y la cultura en general como caminos de liberación 
de los trabajadores y la necesidad de adoptar un «lenguaje de clase»: 

No olvidemos nunca que todos tenemos una tarea principal a la hora de trabajar por 
la liberación de nosotros mismos: llenar la zanja que existe en [tre] el trabajo manual 
y el trabajo intelectual. Para hacer esa tarea debemos partir y tomar en cuenta la 
situación real y concreta de los trabajadores, sus hábitos, su capacidad de lectura, 
sus tiempos de ocio y recreación. Si, como decía un maestro, hablamos de lectura y 
escribimos en jeríngoso o hablamos con el lenguaje de clase . 51 


48 Ibídem, p. 10 

49 Ibídem, p. 10 

50 Ibídem, p. 10 

51 Ibídem, p. 10 



CONCLUSIONES 



Los trabajadores de la untmra son protagonistas de procesos culturales que atañen a 
toda la sociedad. Sus relaciones con la literatura y con la lectura revelan esa inclusión. 
Al desmenuzarlas, quedan patentes al menos dos fenómenos: primero, la retracción 
de la incidencia de la educación institucional, básicamente estatal y, junto a ella, del 
universo de lecturas cultas o, al menos, canonizadas por la intelectualidad de los sec¬ 
tores medios; segundo, el avance de lo que Achugar llamó «la ciudad mediática », 1 en 
contraposición a la «ciudad letrada» diseñada por Ángel Rama. 

Estas constataciones sobresalen porque preexiste un acuerdo impuesto sobre la 
necesaria prevalencia de la cultura letrada en el sujeto social, y esta primada des¬ 
cansa en la tradicional dicotomía de culturas que opone el mundo letrado al no 
letrado y, dentro de ella, ubica las bellas letras, la buena y la verdadera literatura 
como único horizonte de valor, y al libro impreso como el objetivo fetiche por 
excelencia, la prueba primera y última de esta densidad cultural. Tras asumir estas 
premisas, evaluamos como negativos todos los indicios o datos que constaten el 
retroceso de esta cultura. Este fue el lente con el que se evaluó la cultura y la socie¬ 
dad uruguaya en forma mayoritaria desde la ciudad letrada, hasta no hace mucho. 

Si desmarcamos este régimen, tal como propone Achugar, entonces desactivamos 
la posible condición negativa de esta primera verificación. 

Hemos visto que entre los trabajadores metalúrgicos sindicalizados que leen libros, 
los temas de la espiritualidad y los best sellers ocupan un renglón destacado del 
conjunto. Enseguida advertimos la reiteración de lectores que mezclan lecturas, 
variadas en cuanto a estatus y condición. Tercero, observamos que la cultura elec- 

1 Achugar, 1997, p. 118. 


177 



trónica y mediática ha desplazado al libro como volumen impreso (elegido solo por 
el 23 % de los trabajadores). 

Estas tres constataciones operan de manera negativa si aspiramos a que la cultu¬ 
ra obrera —en especial en este rango de la literatura y la lectura— se acompase 
con el régimen de exigencias de la cultura letrada, o refieren a una constatación 
inequívoca: las bellas letras, la sagrada biblioteca, que representaba esa cultura he- 
gemónica, había comenzado a sucumbir hace al menos veinte años y la fotografía 
que tomamos de las lecturas de los trabajadores metalúrgicos es una toma más 
reciente de esa debacle. 2 

Sin embargo, si desplazamos el punto de vista e imaginamos el de un trabajador 
metalúrgico o el de otra persona que tenga otra mirada de lo aquí resumido, po¬ 
dríamos escuchar la evidente positividad de estos resultados. 

La lectura de libros de espiritualidad compensaría la llaneza del mundo material, 
mientras que la lectura de best sellers aportaría el ingrediente imaginativo en sin¬ 
tonía con formas narrativas contemporáneas. Y si, por un momento, dejamos de 
lado la tendencia positivista de constatar hechos y porcentajes, admitiríamos que 
el trabajador encuentra mayor placer en las lecturas no ideologizadas a la manera 
tradicional, y que la tecnología le ofrece otras satisfacciones a esos mismos impul¬ 
sos del deseo. 

Luego, la convivencia de lecturas variadas, a veces distantes y hasta ideológicamen¬ 
te contradictorias en un mismo individuo, más que acusar desvarios o debilidades, 
confirman el ejercicio de una libertad de elección de parte de lectores que se es¬ 
fuerzan por colocarse en un mismo rango con el resto de los agentes que hacen 
que ese libro y no otro esté a su alcance. 

¿Y qué sucede con el avance de la industria cultural globalizada? Los trabajadores 
demuestran permeabilidad a estos avances y, al mismo tiempo, mirado desde la 
vereda de enfrente, esos mismos trabajadores ofrecen signos de resistencia a esa 
avanzada cultural sin fronteras y disolvente de los proyectos de clase sindicales. 

¿Y por qué no seguir la lectura evidente, que traza una línea entre la confirmación 
de nulos o bajos niveles de lectura en altos porcentajes de obreros, y la prevalencia 
de los medios electrónicos en detrimento del libro impreso hacia el diagnóstico 
nefasto de una preocupante disminución cultural? 

Volvemos a girar el punto de vista para afirmar que la sola constatación de altos 
porcentajes de abandono de la lectura en general y de la lectura de libros en parti- 

2 Sobre el tema, cf. Achugar, 1994, pp. 20-21. Podría argumentarse que esta hegemonía de las bellas letras 
convivió con literaturas de recepción masiva ajenas a aquel proyecto y eliminadas de las historiografías 
literarias, de los premios, de los libros de lectura educativos y del periodismo cultural. 


178 



cular, los altos índices de lecturas de entretenimiento o espirituales, la elección de 
medios electrónicos en detrimento del libro impreso no alcanzan para confirmar 
debilitamientos ideológicos ni culturales de un colectivo sindicalizado. Afirmaciones 
vinculantes de este tipo exigen otros estudios complementarios: determinar signos 
de la o de las culturas y de lo ideológico, explicar convivencias y distanciamientos. 

Aportamos otros datos: esos mismos trabajadores que no leen desde hace meses o 
años, que leen solo mensajes de texto, correos electrónicos o best sellers están sin- 
dicalizados y, al menos, concurren a asambleas y posiblemente gran parte de ellos 
participaron, por ejemplo, de la Huelga General realizada en setiembre y octubre 
de 2011, o protagonizan actos solidarios individuales pero relevantes, cotidianos, 
sin mayor difusión. 

Así como durante un siglo y medio el dirigente sindical intentó consagrar la imagen 
del «militante íntegro y ejemplar», que acudía a todas las asambleas con el perió¬ 
dico sindical bajo el brazo, que leía doctrina o biografías sindicales en altas horas 
de la noche, que no concurría al estadio porque el fútbol es el opio de los pueblos, 
ahora tenemos elementos para acercarnos a la imagen del activista de a pie, el que 
escucha cumbia y lee a Isabel Allende, el que va a trabajar con la camiseta de su 
club favorito debajo del uniforme, el que fuma un porro y toma cerveza en la puer¬ 
ta del local de la asamblea general. Tal vez sea el mismo activista que en los años 50 
y en los 60 iba a ver una pelea de boxeo o a escuchar a Roberto Barry. Ni entonces 
ni ahora la cultura obrera parece haber sido lacerada por la industria cultural del 
entretenimiento y el vacío mental. Claro que esta simple constatación no disminu¬ 
ye la relevancia de todas las evidencias. Solo digo que son muchos y distintos los 
mensajes que dejan en pie, y que necesitamos variados intérpretes para sintonizar 
sus frecuencias y entender de qué están hablando. 

Esta investigación también resguarda una colección de buenas impresiones. Son 
muchos los obreros que leen, que aprenden leyendo, que viven y reviven expe¬ 
riencias, que imaginan y se proyectan en y desde un libro. La lectura y la cultura 
libresca del obrero no desaparecieron y nada indica que vayan a desaparecer, tal 
como ha anunciado Armando Petruccí para la lectura en general. La lectura ha 
sido destronada de su imperio, pero no ha sucumbido, convive con fenómenos y 
prácticas que no la sustituyen. 

Es bueno preguntarse cómo lo hace, para qué, con qué proyección, por qué, 
además del acto individual o del ejemplo de trescientos o ciento sesenta firmes 
lectores, cabe proyectar la mirada hacia una organización que los resguarda, aspira 
a representarlos y, cada día, a leerlos. 


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Colección Rubén Cassina es una colección 
de la Comisión Sectorial de Extensión y 
Actividades en el Medio de la Universidad 
de la República que busca difundir la 
producción de conocimiento generada a 
partir de o en vínculo con procesos de 
extensión universitaria. 

Este libro, dirigido por Daniel Vidal, da 
cuenta de la peculiar manera en la que los 
obreros metalúrgicos organizados en su 
sindicato participan del mundo de la 
lectura y de la literatura. 

"¿Y qué sucede con el avance de la indus¬ 
tria cultural global izada? Los trabajadores 
demuestran permeabilidad a estos avances 
y, al mismo tiempo, mirado desde la vereda 
de enfrente, esos mismos trabajadores 
ofrecen signos de resistencia a esa avanza¬ 
da cultural sin fronteras y disolvente de los 
proyectos de clase sindicales".